
La final de la Copa del Mundo generó muchas teorías conspirativas y acusaciones contra Argentina. Uno de los argumentos para la llamada “campaña antiargentina” es que, a diferencia de muchas selecciones, no había jugadores afrodescendientes en la selección argentina. Esto motiva a indagar históricamente y concluir que es un país racista.
El actor estadounidense Samuel Jackson llevó la discusión más lejos al afirmar que “Argentina es el país más racista del mundo”. Esta afirmación proviene de alguien de un país donde, recién en la segunda mitad del siglo XX, los negros del sur adquirieron algún derecho. Estados Unidos es, como el resto de América, un país construido sobre el racismo, que se mantiene hasta ahora. En este aspecto, Argentinano es la excepción en la historia.
Sin embargo, como dijo el sociólogo argentino Pablo Alabarces en el programa 540°, “un norteamericano no puede decir que Argentina es el país más racista de la tierra porque experimenta en el cuerpo el racismo segregacionista. Hace seis años Alabama recién suprimió la ley que impedía el casamiento interracial“, dijo.
El escritor Martín Caparrós también se sumó al debate y rechazó que su país sea el más racista del mundo. En su cuenta de X, no negó que hay una historia de esclavitud, discriminación y desprecio hacia indígenas, negros, pobres e inmigrantes internos. Sin embargo, enfatizó que el racismo argentino no se consolidó como un sistema legal de segregación. “La diferencia no está en la piel sino en la caja fuerte”, escribió sobre la discriminación en su país, que es más clasista que étnica.
Aunque sí hay, en el país, como en Estados Unidos, cierto rechazo, lugares comunes y estereotipos que se reproducen en el lenguaje y, sobre todo, en el fútbol. Cuando juega Boca Juniors, muchos equipos, especialmente en el Superclásico, los hinchas de River Plate cuelgan banderas de Argentina. En los cánticos se van contra Boca por tener hinchas bolivianos, paraguayos y peruanos, las mayores inmigraciones externas desde mediados del siglo pasado.
Argentina, como Estados Unidos, también se construyó sobre la migración desde mediados del siglo XIX. En un país inmenso territorialmente, el escritor argentino Juan Bautista Alberdi escribió en ‘Bases y puntos para la organización política de la República Argentina’ (1852) que “gobernar es poblar”. Lo decía en términos de la disputa entre civilización y barbarie que sostenía Domingo Faustino Sarmiento: la migración debía ser blanca y europea para civilizar y educar a los argentinos.
Como sostenía otro escritor, Ricardo Piglia, ya en el siglo XXI, sobre esa disputa entre civilización y barbarie se construyó la nacionalidad argentina. Argentina nunca ha cerrado las puertas a la migración. El prólogo de su Constitución lo respalda: “Nosotros, los representantes del pueblo de la Nación Argentina (…) con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.
No obstante, no fue la migración que esperaban las élites argentinas en el siglo XIX. Llegaron mayormente judíos, italianos del sur, españoles e irlandeses. Todos ellos eran pobres que huían de la crisis en sus países. El flujo migratorio nunca se detuvo hacia Argentina, donde no es complejo conseguir la residencia.
Argentina tiene otra migración, la interna, que se consolida desde los años 40 con el ascenso de Juan Domingo Perón. Las élites de Buenos Aires veían espantados como personas de provincias llegaron a poblar la ciudad capital y sus aledaños. Los llamaron “cabezas negras”. Y de aquellos son muchos -si no la mayoría- de los jugadores de la Selección de Argentina.
No es menos cierto que la imagen presidencial de Javier Milei no ha ayudado mucho a la imagen internacional del país. Su postura pro sionista y su amistad con Netanyahu y Trump generan preocupaciones sobre xenofobia y derechos sociales. Sin embargo, a pesar de estas controversias, la mayoría de argentinos votaron por él, pero la imagen internacional se deteriora.