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Indígenas dejan Quito por falta de trabajo: ‘No tenemos para comer’

En el barrio Ala Sur, en la parte alta de Chillogallo, un grupo de indígenas de la tercera edad no tiene trabajo. Sus hijos y nietos han vuelto al campo. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

En el barrio Ala Sur, en la parte alta de Chillogallo, un grupo de indígenas de la tercera edad no tiene trabajo. Sus hijos y nietos han vuelto al campo. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

En el barrio Ala Sur, en la parte alta de Chillogallo, un grupo de indígenas de la tercera edad no tiene trabajo. Sus hijos y nietos han vuelto al campo. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

En El Mirador 1, el barrio donde vive María Toaquiza, nadie tiene trabajo fijo. Ella y su esposo Manuel Caiza son oriundos de una comunidad indígena de Zumbahua, en Cotopaxi.

Antes de la pandemia, María, de 45 años, desgranaba choclos en el Mercado Mayorista, en el sur de Quito. Su esposo era albañil y entre los dos ganaban unos USD 70 a la semana.

“Hoy no tenemos para comer”, se lamenta la mujer. Sin trabajo fijo desde marzo, han sobrevivido gracias a pequeñas “chauchas”, pero si su economía no mejora, la opción que les queda es volver un tiempo a su pueblo. “Hay muchos que se han ido, porque no tienen para el arriendo, pero allá tampoco hay trabajo”, cuenta.

Su casa está ubicada en la cima de una empinada colina desde donde se ve todo Chillogallo en miniatura. Los caminos son de tierra desnivelada por los profundos surcos que ha dejado la lluvia. Hasta ese lugar llegaron, hace dos meses, otros familiares, también indígenas, quienes perdieron sus trabajos como estibadores en el mercado de San Roque. Ahora, en la casa están hacinadas 15 personas, ocho son adultas y ninguna tiene un empleo.

“La gente del barrio se está yendo por la falta de trabajo. Los que se han quedado es porque de alguna manera tienen tierrita y cultivan más sea choclitos”, asegura María de Cuascota. Ella es presidenta del barrio Mirador 2, contiguo a la casa de la familia Toaquiza.

Allí viven más de 400 personas, la mayoría son indígenas de Cotopaxi y Chimborazo.

La situación de movilidad indígena en la pandemia es un fenómeno del que están al tanto los dirigentes del Movimiento Indígena de Cotopaxi (MIC).

Lenín Sarzosa, su asesor, asegura que la falta de trabajos ha obligado a los miembros del pueblo panzaleo a dejar los departamentos que habían arrendado e ir a vivir hacinados con otros familiares.

Otros, en peor situación, han regresado a los pueblos. “En el campo hay más posibilidades de sobrevivir, porque tienen la chacra; en la ciudad viven del día a día”, explica.

En Quito, el 5% de la población es indígena, según un estudio del 2015, del Instituto de la Ciudad. La entidad señala que los asentamientos más grandes están en las parroquias de Chillogallo, Quitumbe, Guamaní y El Beaterio, en el sur; San Roque, en el centro, y Calderón.

Lupita Catota reside en Guamaní desde hace 24 años, cuando llegó desde su natal Cuicuno, en Cotopaxi. Antes de la pandemia vendía motes en La Villa Flora. “Hoy nadie me compra. Estoy pensando volverme a mi tierra. Mi hijo ya se volvió con mis nietos”.

Los 430 indígenas del pueblo Puruwá que viven en el barrio Runa Kawsay, ubicado en Turubamba, en el sur, enfrentan la misma situación económica.

Su presidente, Feliciano Mejía, cuenta que los vecinos que perdieron sus trabajos son ayudados por otros que se han vuelto a sus pueblos.

“Nos han hecho llegar un quintal de papitas o mellocos y más sea eso damos a todos”. Feliciano dice que la gente de su comunidad tampoco ha recibido medicina ni mascarillas ni alimentos de parte de ninguna institución. “Aquí nos hemos curado con medicina ancestral”.

Mónica Flores, administradora municipal de Quitumbe, dice que tiene comunicación constante con los líderes barriales, pero cuenta que ninguno le ha informado sobre la migración indígena. “Lo que sí tenemos mapeada es a la gente que vive con uno o dos dólares diarios y para ellos son las ayudas del Patronato San José”.

Además del desplazamiento, otra situación identificada por los líderes del MIC es la falta de acceso a créditos en cooperativas para reactivar la producción agrícola. “Nuestros compañeros están cayendo en el chulco”, agrega Sarzosa. Según el MIC, en Quito viven cerca de 13 000 indígenas panzaleos.

Julio Arpi, presidente de la Coordinadora de Barrios Altos del Sur de Quito, reside en El Rancho. Allí hay una familia que se dedicaba a la agricultura y a la venta de sus productos en las calles. “Ahora no tienen para el abono ni las semillas y la tierra está sin producir”. Él ha contabilizado a 80 indígenas que “están sin comida”.

Una de ellas es María Torres, de 61 años. Era recicladora y a la semana conseguía USD 10 que usaba para comprar su comida. “Ahorita no dejan trabajar. Los señores que están allá abajo mandan regresando”. Su casa está sobre un cerro, en donde el agua llega por tubería desde el Atacazo.

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