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Decolonizar demanda reaprender

Handelsman durante la entrevista en un hotel del centro de Guayaquil, tema de su último libro. Es reconocido por sus estudios de literatura ecuatoriana. Foto: Mario Faustos / El comercio

Handelsman durante la entrevista en un hotel del centro de Guayaquil, tema de su último libro. Es reconocido por sus estudios de literatura ecuatoriana. Foto: Mario Faustos / El comercio

Handelsman durante la entrevista en un hotel del centro de Guayaquil, tema de su último libro. Es reconocido por sus estudios de literatura ecuatoriana. Foto: Mario Faustos / El comercio

El académico esta­dounidense Michael Handelsman abrió esta semana en Guayaquil el simposio de la Universidad de las Artes (UArtes) por el centenario de la muerte del poeta ecuatoriano Medardo Ángel Silva. Los poetas modernistas reivindicaronotras maneras de expresar nuestra humanidad -dice- y lucharon contra la distorsión que supone definir a lo útil solo como lo estrictamente rentable, todo un gesto de decolonialismo.

¿Por qué lo decolonial es un buen punto de partida para estudiar la literatura ecuatoriana?

Es un concepto desarrollado primero por Aníbal Quijano, sociólogo y teórico del Perú, y he retomado sus ideas para utilizarlas y ver cómo puedo leer y entender mejor en general la literatura latinoamericana, en particular la literatura relacionada con los afrodescendientes, y las estructuras institucionalizadas con base en la raza, el racismo y lo racializado…

¿A qué nos referimos cuando hablamos de decolonialidad?

El pensador esmeraldeño Juan García Salazar siempre decía que tenemos que desa­prender para reaprender. Es un asunto epistémico (relativo a los sistemas de creencias y los cambios racionales de opinión). Los privilegios y las diferencias que los blancos-mestizos hemos tomado como lo más natural implica jerarquías y discriminaciones.

¿Hay una diferencia entre descolonizar y el concepto de lo decolonial?

La descolonización es un camino a medias, parcial, porque reconocemos las deficiencias, las criticamos y hacemos tal vez reformas, pero no alteramos los fundamentos de nuestra sociedad. Lo decolonial aspira a superar, alterar y transgredir esos pilares del poder.

¿Hay diversas facetas del decolonialismo?

La colonialidad tiene, según lo que entiendo, cuatro ejes. La colonialidad del poder, la colonialidad del ser, con conceptos, prejuicios y valores que nos ayudan a definir lo que es un verdadero ser humano; la colonialidad del saber, lo que significa ser una persona educada, civilizada, todo es una construcción social; y finalmente la colonialidad de la naturaleza, cuál debe ser nuestra relación con la naturaleza. Antes de aprender algo nuevo, tenemos que desaprender lo que hemos asumido como lo correcto, lo normal, lo civilizatorio, lo moderno, el progreso…

¿En qué medida es una aspiración utópica?

Hay que pensar en términos de un largo y continuo proceso, que tal vez no va a tener nunca en un punto final, porque estamos constantemente en el camino y no es una línea recta, nos equivocamos…

Estamos en un terreno abierto, desconocido, por eso no es posible pasar por ese camino solos, necesitamos esa interculturalidad crítica. No se trata de un mundo sin crisis ni conflictos; no, los conflictos siempre van a existir, pero si hay también un verdadero deseo de comprender y respetar esas diferencias, podremos negociar y llegar a consensos provisionales, porque siempre estamos evolucionando. Lo importante es mantener un espíritu de tolerancia y respeto y el deseo de dialogar más que de imponer.

¿Por qué cree que el concepto de lo decolonial ha ganado resonancia?

Porque por diferentes razones, especialmente a partir de los años 80, hay una emergencia de las comunidades tradicionalmente silenciadas y marginadas, como los indígenas, los afrodescendientes, los gais, las mujeres, quienes toman la palabra. Ellos están representándose a sí mismos, y con esa apertura nosotros -hijos del poder colonial-, estamos sensibilizándonos más ante esas autorepresentaciones. Estos grupos ya no necesitan que nadie los represente, ellos pueden representarse y ahora estamos en el momento en que nos toca al resto escuchar.

¿Lo decolonial está en el centro de las luchas contra las taras sociales actuales?

Hay una gran resistencia en todo el mundo, ese rechazo a los inmigrantes, esa xenofobia que existe en todas partes es de cierta forma una reacción contra ese movimiento decolonial, porque las estructuras del poder se sienten amenazadas. Estamos permeados por la discriminación. Tenemos que reconocer que somos producto de ese sistema racista, homofóbico, patriarcal, etc, etc. El poder, entendido en términos muy amplios, sencillamente no se entrega. José Martí, en 1891, en el ensayo ‘Nuestra América’, decía que la Colonia sigue viviendo en la República.

¿Y podríamos agregar que ha encontrado la forma de perpetuarse en la modernidad?

El pensamiento decolonial habla justamente de esa relación entre colonialidad-modernidad, no puede haber una sin otra, hay que entender que la modernidad está estructurada o fundamentada en lo que es la Colonia. Los conceptos de modernidad como progreso, civilización, democracia, libertad fueron construidos desde el pensamiento Colonial; entonces, ¿de qué progreso, igualdad y fraternidad estamos hablando si uno es indígena, afro, gay, etc…?

¿Qué tanto hemos avanzado en esta búsqueda?

Creo que hay más receptividad ante esas formas de resistencia, la resistencia de lo subalterno no es nueva. Los subalternizados siempre han hablado, lo que pasa es que nosotros o no hemos querido escuchar o no hemos sabido escuchar. Lo que quiero resaltar es que el mundo blanco-mestizo-varón no puede solo lograr lo decolonial, porque sería otra imposición desde arriba. Si no hay realmente un diálogo horizontal con la plena participación de todos los diferentes grupos, no habrá una conversación posible. Esa horizontalidad, esa participación igualitaria, aún nos falta. No hemos llegado a ese punto de desarmar el mundo para rearmarlo.

¿Como asumir un reto como el que nos propone?

Con mucha humildad, porque no es fácil y a lo mejor no vamos a conseguir plenamente lo que estamos buscando, pero nos debe animar la esperanza de acercarnos más y más a ese punto de recuperar nuestra plena humanidad. Porque, digamos, no somos plenamente humanos si estamos excluyendo a los otros. Y parte del problema nuestro es que creemos ser plenamente humanos. Y no lo somos.

¿Cómo evaluar, en este ámbito, conceptos de construcción de pensamiento como los del Buen Vivir?

Lamentablemente, el poder ha tomado ese concepto y lo ha refuncionalizado, el buen vivir no se trata de consumir más para vivir bien o mejor: consumo, luego existo. La misma Constitución del Ecuador habla de que la naturaleza tiene derechos, para nosotros en el mundo occidental es muy difícil entender cómo puede tener la naturaleza derechos, allí está el reto de decolonizar nuestra manera de entender y pensar y no podemos hacerlo sin entrar en diálogos con los grupos indígenas y con su cosmovisión. Eso no quiere decir que vamos a terminar siendo indígenas, pero a lo mejor alteramos nuestra manera de convivir con la naturaleza.

¿Y tampoco quiere decir que vamos a vivir como en el siglo XV?

Los indígenas y los afros cuando hablan de sus ancestros no están hablando de volver al siglo XVI, están diciendo que tenemos que rescatar de nuestro pasado lo rescatable para contemporaneizarlo. Es muy fácil deslegitimar estas ideas acusándolas de que nos quieren regresar al siglo XVI, eso implica cerrarse a otro tipo de comprensión. Esas tendencias a deslegitimar son formas de no aceptar el cambio, se desprestigia para no tener que tratar con el tema, para no negociar con eso.

¿Y qué decir de la interculturalidad en relación con este tema?

En un primer momento, cuando se empezó a hablar de ello, se proponía como una forma de transgredir las relaciones interculturales, pero no ha llegado a ser más que otra forma de multiculturalismo, porque no estamos alterando ni transgrediendo las estructuras. Está muy bien tener leyes como las de la interculturalidad, pero no necesariamente cambian la manera de pensar.