Los que no hemos tenido la suerte de ser futbolistas de verdad, los que tenemos que conformarnos con verlo en la tele y los graderíos, casi siempre lo hacemos con el vaso de cerveza, algún traguito, acompañado de amigos, con los que salen a flote conversaciones sobre cualquier cosa que nos deja el partido. De eso se trata este blog: hacernos a la idea de que somos amigos, de que estamos en un bar o en la sala de una casa hablando de fútbol, de este mundial Rusia 2018. Twitter: @santiaestrella
Santiago Estrella
Periodista de EL COMERCIO desde el 2002. Es hincha de Aucas y de Racing de Avellaneda.

Odio las inauguraciones de los mundiales

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Hay gente -al menos conozco a algunos- que están más pendientes de la ceremonia de inauguración. Está bien que prefieran eso. Que cada uno tenga sus gustos. Pero personalmente no me agradan para nada y las encuentro una interrupción a lo que realmente quiero ver: el fútbol.

Además, las inauguraciones de los mundiales siempre han sido de segundo orden si lo comparamos con las de los Juegos Olímpicos, que tampoco me interesan mucho. Es cierto que las ceremonias de hoy son otra cosa si recordamos a las de antes. Ahora hay más cantantes famosos. Son realmente un espectáculo, pero siempre serán fácilmente olvidables ante lo que realmente importa: el fútbol.

Mi desagrado con las inauguraciones tiene dos razones fundamentales.
El primero es porque suelen ser alegóricos, contienen grandes mensajes para la humanidad: la paz, por ejemplo. Y en ese sentido, no han variado con el tiempo.

La primera inauguración que vi fue la de Argentina 78. Parecía una fiesta como la que se hacen en juegos nacionales. Si no fueran por los aportes tecnológicos, todas son en el fondo lo mismo: un desfile y representaciones escénicas bailables en medio de la cancha. La única inauguración memorable por distinta fue la de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, cuando un arquero dispara su flecha para encender el fuego olímpico.

La otra razón es a lo que vinimos: el juego.

En el momento en que escribo estas líneas Rusia ganó 5-0 a Arabia Saudí. Ya todo el mundo decía que iba a ser el peor de los partidos del Mundial. Pero no está nada mal el resultado (lo que queremos es goles, ¿no?) y hubo al menos tres golazos. Pero es cierto: no son grandes equipos.

Contra los que deploraban este partido inaugural, seguramente olvidan que ninguno de los primeros partidos fue realmente bueno. Desde el 74 al 2002 jugaba el campeón del torneo anterior. Tampoco eran buenos. En realidad, eran decepcionantes. Algo debe haber de pánico escénico. Y sí, este primer partido de Rusia 2018 confirmó los pronósticos: un partido menor, jugadores con poca técnica. Pero estamos, al fin de cuentas, viendo el mejor fútbol del mundo. Seguramente Rusia no hubiese jugado si no fuera local; y Arabia Saudí ganó su derecho a jugar.

Estamos ante lo mejor que tiene cada continente en cuanto a fútbol. No canchereemos: seguramente decían que el partido Ecuador-Costa Rica de Alemania 2006 generaba en otros países la misma sensación de tedio anticipado como este en nosotros. A nosotros nos emocionaba; seguramente un saudí decía de aquel juego lo mismo que nosotros de este. Mejor gozar del mundial y con esto no quiero decir que no se genere crítica, lo que digo es un poco de visión más comprensiva de lo que existe. En palabras criollas, decir: es lo que hay.

UNA COSA EXTRA: Ya sé que el idioma es una marca identitaria. Que los anfitriones tienen derecho a reivindicar su lengua, pero, en serio, qué mala onda los rusos. Que las camisetas los nombres tengan la grafía rusa, pero solo ellos lo podrán leer. Es como si los saudíes los escribieran con la suya y ahí sí que no entenderíamos nada.