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El duelo interrumpido es otro impacto causado por la pandemia del covid-19

En Guayaquil, Víctor Hugo Orellana ha improvisado un altar para su madre, en su casa. Falleció el 31 de marzo y todavía no encuentra sus restos. Foto: Cortesía Comité de DD.HH.

En Guayaquil, Víctor Hugo Orellana ha improvisado un altar para su madre, en su casa. Falleció el 31 de marzo y todavía no encuentra sus restos. Foto: Cortesía Comité de DD.HH.

En Guayaquil, Víctor Hugo Orellana ha improvisado un altar para su madre, en su casa. Falleció el 31 de marzo y todavía no encuentra sus restos. Foto: Cortesía Comité de DD.HH.

El último recuerdo que tienen de Yolanda es un video grabado en la sala de Emergencia del Hospital Guasmo, en Guayaquil. Una máscara de oxígeno le tapa parte del rostro, pero se la puede ver sonriendo. La tos le impide hablar, pero con sus manos hace el gesto de un abrazo.

Fue el 26 de marzo, el último día que la vieron. “Nos dijeron que debíamos salir por la epidemia y se quedó sola, esperando una camilla, en una silla de ruedas. Desde entonces no hemos tenido paz”, cuenta Julio Espinoza, uno de sus hijos.

Yolanda, de 78 años, ingresó por problemas respiratorios. Nunca les confirmaron si tuvo covid-19, porque al siguiente día, cuando acudieron en busca de noticias, ella había desaparecido de los registros.

“No sabemos si nuestra mamita está muerta o está viva en otro hospital. Estamos desesperados”, se lamenta Julio. Por esa incertidumbre no se atreven a entrar en luto. Siguen peregrinando por hospitales, cementerios y morgues, aunque el doloroso camino les vaya apagando la esperanza.

El duelo, esa serie de etapas que van de la negación a la resignación hasta llegar a la aceptación, ha sido interrumpido por la pandemia. “Algunos están anestesiados por el miedo a la enfermedad. Pero una vez que dejen ese bloqueo surgirán otras enfermedades psicológicas y siquiátricas”, dice la siquiatra Julieta Sagñay.

Ansiedad, insomnio, crisis de pánico, trastornos depresivos y síndrome de estrés postraumático -que en algunos casos podría aparecer luego de seis meses- son algunos de los diagnósticos que ella ha hecho vía telemedicina, en una red médicos de atención gratuita.

Después de sobrevivir al covid-19, Sagñay ha pasado horas al teléfono. Ha escuchado relatos aterradores de quienes aguardaron días en sus casas, junto al cuerpo de sus seres queridos ya en descomposición; algunos estuvieron al borde del suicidio. “Seguramente deberán ser tratados como quienes volvieron de la guerra de Vietnam”, dice.

La pandemia deja 2 145 fallecidos en el país por covid-19, según el Ministerio de Salud y otras 1486 personas han muerto por sospecha de la enfermedad hasta el lunes 11 de mayo del 2020. Guayas registra muertes irregulares por diferentes causas desde marzo.

El ritual del sepelio, el tocar y dar el último adiós, incluso el llanto, han sido postergados.

Para la psicóloga Cecilia Viteri, del Instituto de Neurociencias, la pandemia por el coronavirus no solo ha obligado a afrontar la pérdida del ser querido, sino también el temor desde la aparición de los síntomas, la angustia por el colapso del sistema sanitario y del servicio funerario, y en múltiples casos la incertidumbre por la desaparición de los cuerpos.

“Según el DSM5 (Manual de Diagnóstico de Enfermedades Mentales), el duelo puede causar que hasta por un año no se recuperen las actividades cotidianas, incluso emociones como la alegría. Por la pandemia habrá que prevenir el estrés postraumático”, dice Viteri.

Recuerdos angustiosos, pensamientos negativos, irritabilidad, alteración del sueño, problemas de concentración son secuelas del estrés postraumático, como define el DSM5.

Víctor Hugo Orellana ha pospuesto el duelo y ha preferido improvisar un altar en memoria de su madre. Lo elevó en la mesa de comedor con una fotografía de Piedad, rodeada por santos, un cirio, un rosario y flores. Murió el 31 de marzo en su casa; al siguiente día llegaron por su cuerpo. “Quienes vinieron nos dijeron: ¿Ustedes sí saben que después de esto nunca más volverán a ver el cuerpo de su madre?”, relata en un video difundido por el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos de Guayaquil. Desde entonces no saben dónde está.

La familia de Rosa tampoco la encuentra. Falleció el 1 de abril en el Hospital Abel Gilbert Pontón, en el suburbio de Guayaquil, y desde esa fecha en su casa mantienen encendidas velas junto a una foto de la mujer de 85 años, como una súplica para hallar sus restos.

Benita Merchán, su hija, recuerda que el 9 de marzo ingresó por una cirugía. 20 días después, cuando parecía que se había recuperado, los médicos le notificaron que había contraído covid-19. “Hace un mes no sabemos dónde está mi mamá. Les ruego nos ayuden”, pide con desesperación.

Entre las directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se hace hincapié en que “es preciso respetar y proteger en todo momento la dignidad de los muertos y sus tradiciones culturales y religiosas, así como a sus familias”.

Después de tanto insistir, los hijos de Yolanda supieron que murió por un paro cardíaco el 27 de marzo. Julio cuenta que cada día que acudía al hospital del Guasmo veían morir a decenas. En su mente ha quedado la imagen de los cadáveres tendidos en el piso, metidos en fundas. “Entramos hasta la morgue. Ahora dicen que hay un contenedor lleno de cuerpos irreconocibles que no ha sido revisado”. En aquel último video, uno de sus hijos clamaba por un milagro de salud para Yolanda. Ahora imploran por el milagro de su aparición.

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