6 de noviembre de 2018 00:00

Los juegos de Finados perduran en la zona alta de Píllaro

En una canchulla se practica el boliche; pueden jugar hasta 3 personas. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO.

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Modesto Moreta
Redactor
(F - Contenido Intercultural)

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Los boliches y la canchulla son los juegos autóctonos que los habitantes de las comunidades de Tunguipamba, Marcos Espinel, Guaguivana y San Miguelito del cantón Píllaro, en Tungurahua, aún conservan. Son una forma de reunir a la familia y los vecinos, especialmente en noviembre.

Los patios de las viviendas son adaptados para recibir a los concursantes. Esta diversión se inicia una semana antes de la fiesta de Finados y termina cinco días después del 2 de noviembre como recordación a los familiares muertos. Estos saberes y conocimientos son transmitidos de generación en generación en estos poblados de Tungurahua.

Luis Lara, historiador de Píllaro, cuenta que la canchulla se está perdiendo en las comunidades, a causa de la tecnología. Pocos niños y jóvenes se interesan por esta diversión sana. “Los teléfonos celulares, la computadora y otras tecnologías reemplazaron a estos saberes tradicionales de más de 200 años”.

La canchulla es un juego indígena que sobrevive hasta la actualidad y que antiguamente se practicaba durante todo noviembre. De acuerdo con las investigaciones y estudios realizados por Lara lo practicaban las antiguas culturas Panzaleos y Puruhaes, que se asentaron en territorio pillareño y que aún se mantienen en las comunidades altas del cantón. Antes se jugaba con una bola de 10 centímetros de diámetro, tallada en piedra.

Esta era empujada con un mazo de madera y debía derribar a los muñecos (similares a los peones del ajedrez), ubicados a 20 centímetros de distancia. Cada figura tiene un puntaje, que es anotado en un tablero similar a los quipus (nudos) que usaban antiguamente las culturas para las operaciones matemáticas.

El ganador es quien logra acumular 4 perros o nudos, similar al juego de bolos. “La tradición se mantiene, pero con algunos pequeños cambios, ya no se usa las bolas de piedra que eran talladas por los aborígenes. Ahora se las hace de madera y son más livianas, es decir, un juego ancestral fue evolucionando”, explica Lara.

Antiguamente se apostaban la guagua de pan y la colada morada y se jugaba hasta la primera semana de noviembre, incluida el Día de Difuntos. Gilberto Moya, de 55 años, es experto y conocedor de las reglas de estos juegos en la comuna San Juan de la parroquia San Miguelito.

Ahora sus hijos aprenden el significado que tiene esta práctica. “En el barrio de la comunidad tratamos de que estos juegos ancestrales no desaparezcan y todos los años en noviembre los realizamos, la idea es que se olviden por unas horas de la tecnología y se adentren a la época antigua”.

En la casa de Aída Huachi, en el centro de San Juan, instaló en su casa esos juegos. Niños, jóvenes y adultos llegaban para divertirse. Las apuestas son comida, como un plato de cuy con papas, fritada, caldo de gallina o un vaso de colada morada. También, ropa y en ocasiones dinero”.

Los boliches se juegan con ocho bolas de colores celeste y blanco. Son lanzadas en una especie de tina, hecha con cemento. Cuando la bola celeste cae en la parte redonda es considerada par y ganan los concursantes; si cae en una pequeña cajita significa nones, es decir, no hay anotación.

Un estudioso de estos juegos es Néstor Bonilla. Afirma que los sitios donde se practican los juegos se llaman boliches y se juegan en equipos de dos o tres personas. El concepto de los juegos tradicionales durante los Finados son de origen indígena. “Las antiguas culturas desarrollaron la intención del juego y poco a poco se fue perfeccionando, como tal, hasta la actualidad”.

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