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El verano es la época de mayor contraste cromático, pues los colores del cielo y de la flora se vuelven más intensos. Esto se debe a que algunas condiciones meteorológicas cambian.
Especies como el fresno ahorran energía, por la baja humedad y los fríos intensos de la noche. Luis Baquero, biólogo del Jardín Botánico de Quito, explica que las hojas dejan de alimentarse del árbol, lo que da paso a tonalidades amarillentas. En especies como el arupo, la cucarda o el cholán, la descarga de energía acumulada en época de lluvias y la gran cantidad de luz del verano originan flores que propician la polinización. Adornan la planta con tonos rosados, rojizos, amarillentos o violetas.
Hay otro factor: la luz, compuesta por ondas de frecuencias de distinta intensidad y longitud. Al mediodía, los tonos azules y violetas tienen más protagonismo, pues son de alta frecuencia y longitud corta. En cambio, al atardecer los rojos y anaranjados se notan más, por su mayor longitud y menor frecuencia. Esto permite el contraste entre el azul del cielo y las nubes pintadas de rosado, por el reflejo de los rayos solares.
Las fotografías fueron tomadas en junio y julio últimos.
Un cardo de la ruta ecológica del Chaquiñán.