Ana María Correa Crespo

Salvar los muebles

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Jueves 16 de agosto 2012
16 de August de 2012 00:00

¿Quién responderá por los platos rotos? ¿Habrá alguien entre los acólitos iniciales de ese gran banquete cuasi monárquico que asuma la responsabilidad política por los actos de acción y omisión que permitieron que este proceso llegue a este clímax de personalismo y rampante desinstitucionalización?

Leer la entrevista a M.P. Romo en estos días, deja un amargo sabor. Las respuestas quedan cortas frente a la necesidad histórica de que los que se juntaron a la gran caravana del triunfo y parecían tener convicción democrática, asuman su responsabilidad sobre el devenir del proceso y hagan un mea culpa sobre por qué permitieron este engranaje institucional.

¿Qué el juicio político al ex fiscal Pesantez fue el detonante que transformó al otrora democrático líder, en una especie de semidios inquisidor dueño y controlador de todos los hilos? Sería ingenuo y desapegado a la realidad afirmar una cosa así. Cuando se dio la coyuntura del juicio político, el destino de irremediable concentración de poder en manos de Correa estaba consumado. Él ya había probado tiempo atrás que su voluntad doblegaría cualquier impedimento sin importar cuál fuera el medio para hacerlo. Si alguien osaba oponerse al tren histórico, su destino eran las fuerzas de choque. ¿Antidemocrático? Para nada, era lo legítimo y deseable.

Dice que no eran parte del Gobierno cuando esas fuerzas asaltaron el TSE, destituyeron a los diputados e instalaron los manteles. ¿Excusa válida? Faltaban pocos meses para que ellos integren las listas del Gobierno para la Asamblea, pero guardaron silencio ante la violencia y atropello con la que el Régimen y sus antiguos aliados operaban para remover los obstáculos.

En el fracaso del proceso de reinstitucionalización hubo varios hitos. La toma de la justicia mediante la mascarada de la consulta – detonante de su separación-, fue solo uno de ellos – uno por demás burdo – pero antes sucedieron otros frente a los que estos iniciales y entusiastas defensores del Gobierno callaron.

El más clásico de todos, fue cuando Pazmiño –amigo cercano de Correa - autoprorrogó la vida del transitorio Tribunal Constitucional y lo transformó en Corte Constitucional. ¿Cómo se guardaba silencio ante la consumación de la violación del régimen de transición de la sacramentada Constitución?

Pero lo fundamental está allí, en el bebé parido en Montecristi. ¿Quién puede creer que los artífices de ese documento de mínima vida, no estaban conscientes de que a la par de que enumeraban unos cuantos derechos y garantías, creaban y garantizaban la vida de un superpoder presidencial blindado y autorreferencial encarnado en la figura de Correa?

¿Salvarán los muebles solo hoy que son minoría y sufren el acoso del monstruo que crearon?