Víctor Vizuete E.

El Quito histórico y sus bemoles

La recuperación del patrimonio solamente por medio del arte es insuficiente. Es imprescindible rescatar los inmuebles patrimoniales que están en estado crítico.

La realidad tiene varias caras. Cada rostro posee, asimismo, muchos ángulos y perfiles que, para variar, son muy difíciles de medir y cuantificar en su verdadera magnitud.

Y aunque vivimos la época de los rascacielos ‘high tech’; los puentes y túneles más largos y los edificios inteligentes a los que solo ‘les falta hablar’… una de las tareas imprescindibles de toda urbe es preservar su legado, tanto físico como intangible.

Ahora mismo, con motivo de la celebración del bicentenario de la Batalla de Pichincha, el Municipio capitalino inició el programa “CAMINarte, ruta a la libertad”, como una propuesta de intervención urbana para la apropiación de espacios patrimoniales a través del arte.

El mural que el español Okuda San Miguel pintó en la fachada de un bien referencial del bulevar 24 de Mayo es la piedra basal, pero ha causado gran controversia por la inclusión de elementos que muchos consideran extraños a nuestra idiosincrasia y al bicentenario. ¿Ejemplo? El famoso Pikachú, la vigesimoquinta criatura del videojuego Pokémon.

Pero independientemente del éxito o fracaso de esta iniciativa, si no se extiende hacia ámbitos como el descenso de la inseguridad y la recuperación integral de los 100 inmuebles patrimoniales que están en al borde del colapso, todo será sembrar en el desierto.

La rehabilitación del patrimonio edificado es vital, porque los inmuebles son la memoria de las urbes. La misma casona donde Okuda dejó su impronta tiene una historia que abarca gran parte del siglo pasado.

En ella funcionó el Avenida, uno de los cines más populares y eclécticos del Quito profundo. Allí se pasaban filmes que iban desde el Mártir del Calvario hasta los más candentes de Isabel Sarli, la Kardashian de ese tiempo pero en modo XXX; y donde se reunían en civilizada convivencia choros, damiselas, estudiantes pobres, peristas de alto coturno y obreros cansados, quienes se desestresaban admirando al Cantinflas o al Clint Eastwood antes de regresar a casa con la mente despejada…