Arturo Moscoso Moreno

Nuestro futuro en juego

“Hay efectos sicológicos de mantenerse alejados de la necesaria interacción social que requieren todos, no se diga los más jóvenes”.

Como se preveía, Ómicron está haciendo de las suyas y nuevamente el coronavirus ha puesto en jaque, no solo la salud de las personas, sino también su convivencia social. Entre los primeros damnificados para contener los efectos de esta nueva ola está la educación.

En Ecuador se han suspendido nuevamente las clases presenciales en la mayoría de ciudades del país, incluidas las más pobladas, Guayaquil y Quito, disponiéndose que sean virtuales. Sin embargo, hay dos problemas graves con estas restricciones.

El primero es que en el país, de acuerdo con el INEC, en el año 2020 el porcentaje de hogares con acceso a internet alcanzaba apenas al 53,2%, es decir uno de cada dos hogares ecuatorianos no tiene acceso a este servicio, lo que impide que muchos estudiantes puedan recibir clases virtualmente, a los que deben sumarse aquellos que, por la crisis económica agravada por la pandemia, deben trabajar para ayudar en la economía de sus hogares en lugar de estudiar. Esto, a su vez, afecta la igualdad de oportunidades de quienes no pueden educarse apropiadamente, teniendo como efecto una sociedad aún más inequitativa.

El segundo problema lo constituyen las dificultades de enseñanza que genera la virtualidad, que afectan sobre todo a los niños más pequeños, a los que no pueden brindárseles herramientas adecuadas que les permitan un aprendizaje efectivo, retrasándose sus procesos de formación y maduración psicológica.

A todo esto, además, hay que sumarle los efectos sicológicos de mantenerse confinados y alejados de la tan necesaria interacción social que requiere toda persona, no se diga las más jóvenes, para mantener su sanidad emocional y mental.

Quizás es hora de que se empiece a pensar en otras estrategias de manejo de la pandemia, porque si bien, por ahora, la virtualización podría servir para frenar los contagios de covid, los efectos a largo plazo en nuestros niños y jóvenes podrían ser devastadores, poniendo su futuro, y el del país, en juego.