Jorge G. León Trujillo

Mi ‘pueblo’ es puro

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Sábado 28 de enero 2012
28 de January de 2012 00:01

¡El pueblo no asesinó a Alfaro! El gobierno quiere recuperar la Historia y, se precisa, no de reescribirla. Excelente. Se debería, dice, “reinterpretarla”, para “rectificar” que no fue el pueblo el que asesinó a Alfaro, sino “los poderes fácticos”, lo que es otra cosa. Además, esto ya fue escrito hace años. Alfaro ya no necesita ser promovido: su imagen es positiva. La disputa entre liberales y conservadores que tanta sangre y pasión suscitó, ya terminó; los serranos interiorizaron las propuestas liberales, además, varios de ellos fueron sus ideólogos.

Los archivos muestran al pueblo de Quito partícipe activo de la horrenda muerte de Alfaro, demasiados testimonios y fotos lo indican. P. Jaramillo A. mostró a instigadores, autores intelectuales y directos pero no fueron los complotados los únicos en “acompañar y violentar” a los presos desde Chimbacalle al Panóptico y a las calles de Quito. Fue mucha gente para ser solo los compactados, en Quito y Guayaquil. Esa “rectificación” minimiza los efectos de un Alfaro que polarizó emocionalmente al pueblo o la credibilidad del clero antiliberal, por ejemplo. Y del mismo modo que parte del pueblo estuvo contra la independencia o estuvo con García Moreno, también estuvo contra Alfaro.

Los juicios de valor implícitos de esa “rectificación” suponen que el pueblo siempre es “bueno”, necesariamente “progresista”, como si no hubiera sido partícipe de la polarización ideológica y política, como fueron todos, prensa incluida. Además, se considera que mal habría podido dar muerte a un prohombre. Claro, esto complica la filiación política que busca el gobierno con Alfaro, a falta de ideología propia, pues no habría la simbiosis pueblo caudillo. Pero con ello, se borra uno de los sentidos de las propuestas liberales y de Alfaro entre otros, de que a ese pueblo había que rescatarle de un clero arcaico e ignorante, lo que se logrará en buena parte ya avanzado el XX, cuando el clero también cambiaba. Esta era una de las batallas liberales principales, a lo mejor más que la hiperinflada lucha contra los terratenientes conservadores, pues, los alfaristas eran también terratenientes, banqueros, oligarcas, sectores medios y pueblo.

Las sociedades no cambian tanto por arte de alguna gesta o héroe alguno, sino por acciones y procesos que se concatenan en largos tiempos para hacer, por ejemplo, que las ideas rechazadas ayer se vuelvan parte de la vida ordinaria en otro tiempo; tal como aconteció con el laicismo. Usar la historia para valorizar la idea de líder y pretender que en el XXI se estaría haciendo lo mismo que en el XIX, con los mismos enemigos, es pasar de la conmemoración a la “rectificación” para fines políticos actuales. Se olvida de la dinámica de comportamientos colectivos, del funcionamiento y sicología de masas o de la “reacción” al cambio, sobre todo cuando se atizan las polarizaciones.