¿Quién gobierna?

El silencio electoral al que estamos sometidos sirve para reflexionar sobre el rito más importante de la democracia, el rito de la elección de representantes. Mañana cada elector se encontrará a solas frente a las urnas. No habrá nadie que le diga cómo votar. La campaña tiene el propósito de hacer conocer lo que proponen los candidatos que quieren representarnos; las Cortes, los Tribunales y los Consejos están para ofrecer a los ciudadanos la garantía de que las elecciones, el conteo de los votos y la proclamación de los resultados serán transparentes.

En el sistema en que vivimos, elegir representantes es elegir gobernantes, por eso la pregunta ¿quién gobierna? El sentido de la pregunta se muestra en el momento en que aparecen respuestas diversas. Gobierna la calle, dicen los partidarios de la democracia directa. Gobiernan las urnas, dicen los partidarios de la democracia representativa. La diferencia entre las dos respuestas depende de la concepción que tienen del individuo. La democracia directa exige un ciudadano consciente, informado, interesado en la cosa pública, activo y vigilante. La democracia participativa es menos exigente, solo necesita electores. El ciudadano desaparece después de las elecciones pues los representantes elegidos toman su lugar.

El Dr. Julio César Trujillo explicaba hace unos días que antes de la revolución francesa la sociedad estaba dividida en estamentos y cada estamento tenía su propia ley. El gran cambio de la revolución fue proclamar que todos los miembros de la sociedad son iguales, tienen los mismos derechos y están sometidos a las mismas leyes. La democracia representativa comienza pues con la necesidad de que el individuo se represente a sí mismo como ciudadano.

La democracia representativa está ahora en crisis. El ciudadano ya no cree en sus representantes pero todavía no quiere ni está preparado para la democracia directa. Concebirse como ciudadano implica entender y aceptar una doble condición: singulares y diferentes como individuos, iguales en deberes y derechos como ciudadanos. Para rescatar la democracia tenemos que volver a sus orígenes, transformar a los individuos en ciudadanos y a los gobernantes en representantes. El ciudadano renuncia a dictar las leyes al nombrar representantes, pero el representante no es él mismo, no puede hacer lo que le da la gana, tiene que pensar en los representados. Entonces ¿quién gobierna?

Gobierna el ciudadano si es que además de elegir representantes, los vigila, los califica y los destituye si dejan de representarle. Gobierna el representante si piensa en los representados, les rinde cuentas y les escucha. El constitucionalista Dominique Rousseau dice que el órgano de los ciudadanos es el ojo y el de los representantes la boca. No cedamos a la tentación de rechazar todas las formas de representación, añade, pero entregando a los ciudadanos las instituciones que la hagan posible. Después de las elecciones es cuando empieza el ejercicio de la democracia.

lecheverria@elcomercio.org

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