El Día de la Mujer, de los discursos a los cambios

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Domingo 08 de marzo 2020

Hoy se conmemora el Día Universal de la Mujer. Fecha para una seria reflexión y compromiso de cambio.

África, Asia y América todavía demuestran cifras de exclusión, segregación por género y maltrato.

Todavía hay mujeres maltratadas y en estado de semiesclavitud en muchas partes del mundo, cuando no sometidas abuso sexual, trata de personas y prostitución.

La fecha histórica nos retrotrae a 1975, cuando Naciones Unidas fijó la fecha de la conmemoración. Una cita anterior también buscó marcar un día especial en el calendario.

El incendio de una fábrica textil en Chicago en el siglo XIX con las obreras dentro, a quienes se obligaba a trabajar 16 horas diarias, es un símbolo de esta lucha desigual. El camino ha sido largo y es pedregoso.

En el Ecuador, es símbolo de la lucha por los derechos civiles es Matilde Hidalgo. La primera mujer sufragante en el continente.

El dictado de leyes progresistas y abiertas es un punto a favor en el Ecuador. Pero el cumplimiento cabal de esas normas y el ejercicio del derecho sigue restringido.

La incursión de la mujer se da cada vez más con vigorosa presencia en la universidad, en la vida política y laboral, en esta última en desventaja.

El principio de igual trabajo e igual remuneración no rige en todas partes del mundo y tampoco en el Ecuador. En algunos casos, las mujeres ganan menos que los varones.

El punto crítico más horripilante es el de la violencia de género. El maltrato físico y verbal, el hogar convertido en un infierno, son temas de condena cotidiana que toda la sociedad debe cambiar ya y a fondo.

El machismo sigue imperando y la violencia sexual es una lacra que como país nos avergüenza. Violaciones, muertes y golpes, tortura psicológica; abuso en casa y en la calle; violaciones a niñas en el hogar y en la escuela, son la peor de todas las herencias de una sociedad anacrónica que debemos cambiar radicalmente.

Solo así podemos hablar de un mundo mejor, para ellas y para la sociedad. Es un mandato moral, más allá de los avances y enunciado.