Aura Lucía Mera

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Lunes 15 de octubre 2018

Llego a Colombia, todavía con las retinas deslumbradas por los colores de Porto, Coimbra, Obidos, Batahala, Sintra, Cascais, Lisboa, Sevilla, Madrid .

Un recorrido-ráfaga por pueblos medioevales, castillos imponentes campos de olivares, callecitas empedradas, artesanías, acantilados golpeados por olas bravías, toros de lidia, museos y cielos de un azul indescriptible. Sentimientos, olores, recuerdos y sensaciones apelotonadas.

Apenas aterrizo me entero que Oswaldo Viteri celebra su cumpleaños en Quito, y los colores del viaje se me llenan con los colores de su paleta que han iluminado las mejores galerías de arte del mundo y plasmado su obra monumental .

Comenzaba la década de los años setenta ,y con Domingo Dominguín (Domingo González Lucas, matador de toros y empresario español afincado en Ecuador) iniciaba una nueva vida en un nuevo entorno, lleno de magia, volcanes, nieblas, situado en el centro del mundo, donde el sol cae perpendicular, llamado Quito.

No sabía que esos años serían los más importantes e intensos de mi vida, ni tampoco que los amigos seguirían siendo para siempre.

Por esto, quiero dedicarle a Oswaldo Viteri estas líneas en su cumpleaños. No al Oswaldo pintor, reconocido internacionalmente, no al artista ni al maestro, no al infatigable lector y descubridor de ritos y tradiciones. No al mito.

Quiero dedicarle estas líneas al amigo incondicional. Al que recibió el cuerpo yacente de Domingo Dominguín cuando llego en un avión desde la ciudad de Guayaquil donde se había suicidado, y lo acogió con amor y ternura mientras yo permanecía encerrada en una celda inmunda en Guayaquil.

Él y Marta, su compañera de vida prestaron la sala de su casa para la velación de su cuerpo.

Quiero dedicarle estas líneas al amigo aficionado a los toros, a la poesía, al flamenco, a los libros. Al que nos descubrió las maravillas del Limpiopungo en el Cotopaxi y nos hizo acostarnos en la tierra helada del páramo para que sintiéramos las vibraciones de la Pachamama.

Al amigo que siempre tenía la chimenea prendida y los discos de poemas de la España prohibida por Franco, en las voces inmortales de Fernando Fernán Gómez y Berta Riaza. Al que nos deleitó con sus anécdotas, y nos enseñó a descubrir los secretos de San Francisco de Quito.... de Cantuña... de la ermita de San Diego... del Padre Almeida...

Me decía un psiquiatra que la amistad es la forma más delicada del amor, porque es incondicional y sale del fondo del alma.

Oswaldo amigo. Gracias por tu amistad. Qué sigas cantando y pintando y llenando de magia la vida como siempre lo has hecho! Marta, Ileana, Carmen, Maribel... esas cuatro mujeres que entendieron tu universo de pinceles y colores, tintas y plumillas, cinceles y piedras, sueños y poemas. ¡Gracias, por ser también parte de mi vida... saben que las llevo en mi corazón!