Desde la terraza del restaurante se puede apreciar los sectores de El Ejido y San Roque y el río Tomebamba.Fotos: Xavier Caivinagua para EL COMERCIO

Desde la terraza del restaurante se puede apreciar los sectores de El Ejido y San Roque y el río Tomebamba. Fotos: Xavier Caivinagua para EL COMERCIO

Sábado 06 de julio 2019

Cuenca recupera otro patrimonio

Giovanni Astudillo. Editor
(F-Contenido Intercultural)

Los bordados y los tejidos a mano del traje típico de la Chola Cuenca y, en especial, su colorida pollera sirvieron como inspiración para los diseños de los vitrales que se instalaron en el Hotel Cruz de El Vado.

Esta casona, que pertenece a la cadena Arthotels, está ubicada en el Barranco del río Tomebamba de la capital azuaya. En los vitrales se destacan los motivos de flores en tonalidades verdes, azules, rojas, entre otras. Fueron elaborados por el arquitecto Patricio León.

El inmueble fue construido hace 90 años con técnicas ancestrales y forma parte del patrimonio cuencano. La primera crujía está edificada con ladrillo artesanal, que ahora está a la vista. Son muros de 50 centímetros de espesor.

En este inmueble, que tiene cuatro  plantas, funciona el Hotel Cruz del Vado, de la cadena Arthotels

En este inmueble, que tiene cuatro plantas, funciona el Hotel Cruz del Vado, de la cadena Arthotels

La fachada está cubierta íntegramente con mármol tallado. No son fachaletas ni placas, sino bloques o rocas que están pegadas a los muros de ladrillo. Hay figuras geométricas combinadas de arcos rebajados y de medio punto.

Las paredes de la planta baja, en cambio, son de adobe y las del segundo, tercero y cuarto pisos son de bahareque. Tiene estilo republicano con influencia francesa.
El proyecto de intervención empezó en el 2014 con la contratación de los estudios de planificación para que el inmueble, que estaba convertido en un conventillo, sirva para el funcionamiento de un hotel.

La decoración fue realizada por las arquitectas Maisa Donoso y Andrea Vergara.

La decoración fue realizada por las arquitectas Maisa Donoso y Andrea Vergara.

Los diseños duraron un año y los trabajos empezaron en septiembre del 2015.
La dirección de la rehabilitación, reconstrucción y los acabados estuvo a cargo de los arquitectos Sebastián Lloret y Verónica Maldonado. En cambio, el diseño interior y la decoración fueron realizados por Maisa Donoso y Andrea Vergara, del estudio Uio Design District. Ellas son propietarias de la cadena de hoteles.

Según Lloret, esta casona no estaba en buenas condiciones estructurales debido a la falta de mantenimiento y porque estaba expuesta a la humedad porque carecía de cubiertas de vidrio en el patio principal.

El agua mojaba las paredes de tierra y los pisos de madera. La casona estaba convertida en un conventillo, por lo que los dueños anteriores acondicionaron más de ocho baños y cuatro cocinas, que se edificaron con bloque. “La humedad dañaba la estructura de tierra y el revoque de barro. Además, la madera estaba apolillada”.

La construcción se hizo con técnicas ancestrales.

A nivel general, dice Lloret, se realizó un reforzamiento de la estructura con piezas metálicas. Las paredes internas de bahareque del segundo y tercer piso de la segunda crujía fueron reconstruidas porque estuvieron en pésimas condiciones. Allí, se reciclaron los carrizos y la tierra.

Esta última se clasificó y tamizó para los diferentes usos. La tierra fue separada para tres necesidades: revoque, empaste y pintura. Lloret explica que para el revoque se empleó la más gruesa y que tenía algo de impurezas como pequeñas piedras. También se usó paja para evitar agrietamientos.

Los muros perimetrales de la planta baja son de adobe y estaban en condiciones aceptables, por lo que se mejoraron los revestimientos y revoques de tierra, asegura Lloret.

La decoración se ajusta al estilo del hotel.

La casona de 1 500 metros cuadrados de construcción está emplazada en un terreno de cerca de 450 m². Son cuatro niveles. En el último solo está el restaurante y una terraza que tiene vista hacia el río Tomebamba y los sectores de El Ejido y San Roque. Desde la parte posterior del restaurante los visitantes pueden observar la Catedral de la Inmaculada o Nueva.

Tiene 26 habitaciones, de las cuales cuatro son suites y están ubicadas en la parte frontal del edificio. Cuatro están en la planta baja, 11 en el segundo piso y 11 en el tercero. Hay habitaciones para personas con capacidades especiales.

Los pasamanos son de hierro con motivos que son tradicionales en la capital azuaya. “Los originales solo eran unos postes sin diseño”, señala Lloret. Las tejas artesanales, por su parte, estaban en buenas condiciones. La mayoría de las piezas fueron recuperadas y las que estaban rotas fueron reemplazadas por otras de antiguas de casas demolidas. Según Lloret, el hotel cuenta con todos los requerimientos y de nueva tecnología para brindar seguridad y comodidad.