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Valeria Campos: A mi hija Michelle Montenegro la hemos buscado hasta en las quebradas y no pararemos

Tributo cultural y apoyo a la familia de Michelle. Foto: Archivo

Tributo cultural y apoyo a la familia de Michelle. Foto: Archivo

La madre de Michelle, Valeria Campos, muestra uno de los afiches en el cuarto de la joven. Julio Estrella / El Comercio

‘La pesadilla comenzó el 5 de junio del 2018. Ese día fue la última vez que vi a Michelle. Recuerdo que acompañé a mi hija a una cita médica, pues días atrás se realizó un trasplante de córnea. A las 13:30 regresamos a nuestra casa, en el sector de La Armenia (suroriente de Quito).

Al poco tiempo de haber llegado salí a la tienda y ella se quedó en casa.
Me demoré unos ocho minutos. Cuando regresé, mi hija ya no estaba. Solo encontré su celular en la sala. La busqué en toda la casa, pero no la encontré.
Hablé con el guardia del conjunto y él me dijo que la vio salir con un monedero en la mano.

Me desesperé, corrí a la tienda. Pregunté a vecinos, a la gente que pasaba por ahí, pero nadie la había visto. No sabía qué hacer. Solo se me ocurrió llamar rápido al ECU-911.

Después le timbré a mi esposo Fernando, que estaba en la casa de mi nieta, en Sangolquí. Le conté lo que ocurrió y se vino rápido. Apenas llegó fuimos por todo el barrio a pie.

Tributo cultural y apoyo a la familia de Michelle. Foto: Archivo

Entramos a los parques, a las iglesias y a las tiendas. A las 22:00 regresamos a la casa. Esperábamos que hubiese vuelto, y nada.

Estábamos agotados, pero cogimos el auto y recorrimos Conocoto, Sangolquí, Cashapamba, Amaguaña y no había un solo rastro. Recién a las 03:00 volvimos. Ahí nos encontramos con mi hijo y otras dos hijas.

Ellos, en cambio, difundieron por redes sociales la fotografía de Michelle y los números de contacto. ­Después de todo intentamos dormir, pero no pudimos hacerlo.

Al día siguiente, a las 11:00, con mi hijo fuimos a la Dinased (Dirección que investiga desapariciones y muertes violentas) y presenté la denuncia. Él les contó todo. Yo no podía hablar. Estaba muy nerviosa.

En la tarde, cinco personas nos llamaron a decir que la vieron por el puente antiguo de Guápulo. Con un policía nos trasladamos a ese lugar. Con toda la familia descendimos al río Machángara. No nos importó el riesgo, solo queríamos encontrarla.

Así hemos pasado estos años. Viajamos por todas las provincias en bus o en nuestro carro. Solo nos falta Zamora Chinchipe. La hemos buscado en puentes y en quebradas.

Hemos pegado afiches en tiendas, en postes, en paradas de buses, en locales, en mercados, en iglesias.

A los ocho meses de la desaparición estuvimos en Ipiales y en Pasto (Colombia). Luego viajamos a Máncora (Perú). Ahí hicimos lo mismo.
Un poco antes de la pandemia fui con Fernando, en un bus interprovincial, a Los Frailes, en Manabí. Esa era su playa favorita. Recorrimos todo. Incluso fuimos a la morgue, pero cuando llegamos estaba cerrada.

Han sido años duros. No puedo abandonar la búsqueda. Me desespero al no saber si está viva o muerta, si tiene dónde dormir o qué comer.
Solo desde agosto del año pasado hemos realizado 16 búsquedas en las quebradas de la avenida Simón Bolívar, en Quito. El último tramo que rastreamos fue el sector del puente de Gualo, en noviembre. La buscamos entre la maleza y no vimos nada.

Hemos usado todos nuestros ahorros en estas actividades. Con esos fondos, mi esposo tenía previsto comprar una furgoneta escolar para hacer recorridos, pero no se pudo.

Cuando nos quedamos sin dinero recurrimos a los amigos de Michelle.
Con ellos hemos organizado rifas y peñas. Hemos preparado cebiches, sánduches e incluso fanesca para vender. Con lo que recolectamos autogestionamos la compra de tela y pintura para hacer las banderas, imprimir los afiches y pancartas.

Esto me impulsa. He dejado todas mis actividades. Antes de que pasara lo de Michelle administraba un instituto de idiomas en Conocoto, pero dejé de trabajar para dedicarme a tiempo completo a buscarla.

El 13 de agosto del 2018 se realizó una de las búsquedas en la quebrada de Guápulo. Foto: archivo El Comercio

Las reuniones con los fiscales, revisar el expediente, las búsquedas en campo y los plantones semanales absorben todo mi tiempo. Las autoridades no se ponen en nuestros zapatos.

Por el caso de mi hija han pasado cuatro fiscales. El primero que nos asignaron duró dos días y cambiaron a otro que no avanzó nada. Íbamos a diario a su oficina a presionar y a pedirle que realizara su trabajo. Estuvo ocho meses en el cargo.

La tercera fiscal fue la que más impulsó el expediente. Realizó pruebas de ADN, lideró búsquedas con los bomberos y agentes policiales.

En julio (del 2020) hubo otro cambio y desde entonces no hay noticias.
Hemos presionado a la Fiscalía para que nos den respuestas. No nos conformamos con que nos digan que están trabajando. Revisamos el expediente y llevamos un registro de las pericias y versiones tomadas.

Tratamos de que Michelle siga en la memoria de todos. Cuando ella cumple años o cuando es el aniversario de su desaparición colocamos banderas en los puentes. El 26 de febrero pasado cumplió 28 años y pintamos un mural. Me preguntan cómo hago para seguir. La fuerza del dolor y el amor hacia mi hija me impulsan”.