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Hijos no dan tregua en la búsqueda de sus padres

Alba Mugmal es hija de María Túquerres. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Una información levantada por el Ministerio de Gobierno señala que, a la fecha, 243 personas de la tercera edad son buscadas por sus familiares. Los hijos esperan respuestas de los agentes que están a cargo de las investigaciones. Familiares los han buscado en morgues, hospitales, iglesias y ancianatos, pero no saben nada. Aquí, cuatro historias:

‘Dejé de trabajar para buscar a mi mami María’

Alba Mugmal. Hija de María Túquerres

Mi madre desapareció cuando tenía 80 años de edad. El 3 de mayo del 2018 salió de casa, en el sector de Conocoto, y nunca volvió. Ese día, con mis dos hijos salimos a buscarla en las tiendas, el parque y la iglesia. Pregunté a los vecinos, pero nadie la vio. Estaba desesperada y fui a denunciar en la Policía. Han pasado tres años desde entonces y no tenemos pistas. Yo trabajaba en una lavadora de autos, pero renuncié para buscarla a tiempo completo. Salía de mi casa a las 06:00 y regresaba a las 19:00. Trataba de ir a la mayor cantidad de sitios y a la Fiscalía a preguntar cómo avanza la investigación. Pegaba afiches con la foto de mi mamita en los postes y paradas de buses. Estuve en 10 ancianatos de Quito y los valles. Fui a albergues, pero ella no estaba. Necesito saber qué le paso y seguiré hasta saber algo de mi mami.

‘Son 10 años sin mi madre y no hay respuestas’

Isabel Cabrera. Hija de Leonor Ramírez

Isabel Cabrera, hija de Leonor Ramírez. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Desde el 29 de abril del 2011 no he parado de buscar a mi madre, de 73 años. Ese día salió de su casa, dijo que se iba a La Tola a visitar a mi hermana y nunca llegó. Lo único que se me ocurrió es ir a la Policía y a la Fiscalía. Pero desde que denuncié han cambiado de investigadores siete veces. Entonces, los seguimientos no han avanzado. A cada funcionario que llegaba tenía que relatarle cómo ocurrió todo. Eso fue revictimizante. A los dos años, un fiscal cerró el caso por no encontrar rastros de su paradero. No tuve otra opción que presentar nuevamente la denuncia. En el 2014 intentaron cerrarlo otra vez. Recurrí a la Defensoría del Pueblo. Allí me ayudaron, envié un oficio a la Fiscalía y logré que el expediente siguiera abierto. Pero han pasado 10 años y no se sabe nada. Ella no solo es madre, también es abuela, hermana y amiga.

‘Hemos recorrido el país en busca de mi padre’

Jimena Díaz. Hija de Jesús Díaz Espinosa

Jimena Díaz. Hija de Jesús Díaz Espinosa. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Mi papi lleva ocho años desaparecido. Ahora tendría 91 años. La última vez que lo vi fue el 18 de mayo del 2013. Ese día salió a dar un paseo por Pusuquí, pero no regresó. Lo primero que hicimos con mi familia fue buscarlo en los hospitales de Quito. Recuerdo que fuimos al Eugenio Espejo, al Pablo Arturo Suárez, al Hospital del IESS y a dos más, porque pensamos que tuvo un accidente. Pero en ninguno había ingresado un paciente con el nombre o características físicas de él. Cada fin de semana salimos con mis cinco hermanos a pegar afiches en el Trole, en las puertas de los hospitales, en postes y en las paradas de buses. En estos años hemos viajado a Santo Domingo, Esmeraldas, Imbabura, Chimborazo, Cotopaxi, Manabí, porque recibimos llamadas de personas que aseguraban haberlo visto en esas provincias.

‘Caí en depresión tras lo ocurrido con mi papi’

Orlando Valenzuela. Hijo de René Valenzuela

Orlando Valenzuela, hijo de René Valenzuela. Foto: cortesía

Busco a mi padre hace 17 años. A las 07:00 del 23 de abril del 2004 me dio un abrazo, se despidió y se marchó al trabajo. Él laboraba como distribuidor en una empresa de cigarrillos, en Cuenca. Recuerdo que a las 17:00, el jefe de mi papi llamó a decirme que no había regresado al trabajo a entregar la camioneta ni a registrar la salida. Me preocupé, así que llamé a sus compañeros. Nadie sabía dónde estaba. Ese mismo día fui con ellos a buscarlo. Seguimos la ruta de entrega de la mercancía y solo encontramos el vehículo, con las llaves puestas. Estaba parqueado debajo de un árbol, en la avenida de las Américas. Presenté la denuncia por desaparición, pero no se dice qué pasó. Esto me afectó psicológicamente. Caí en depresión y sufría de insomnio. Cuatro años estuve en terapia. Hace ocho meses retomé el tratamiento, porque recaí.