20 de June de 2009 00:00

San Pedro recuerda a su patrono y a su historia

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Redacción Guayaquil

Manuel Lino se emociona cuando recuerda su infancia y su juventud en el antiguo barrio San Pedro, en lo que era la hacienda La Atarazana, en el norte de Guayaquil. Bajo la sombra de un árbol, mientras recibe la brisa de la tarde, cuenta parte de la historia del sector.

“Allá, en Sabana Grande, como se conocía a La Atarazana, la fiesta era bien bailada. Se elegía a las reinas y se jugaba pelota”.

También se armaban salonazos (bailes), se cobraba un sucre la entrada y la gente se divertía hasta por tres días. Después, el padre José Gómez Izquierdo la convirtió en una fiesta más religiosa.

El populoso sector de San Pedro, ubicado frente al estero Salado y junto a la ciudadela Ferroviaria, celebra sus fiestas patronales hasta el lunes 29 de junio.

Según el historiador Rodolfo Pérez Pimentel, los antepasados de los cholos llamados sampedrinos llegaron, desde Colonche, a la sabana de Guayaquil, en 1785,  huyendo de siete años de sequía.

La Junta de Beneficencia, alegando su propiedad, se propuso desalojarlos. Ellos estaban en lo que hoy es La Atarazana, el cementerio general, el colegio Aguirre Abad, la Universidad Laica…

Como ellos se resistieron a ir a la Ferroviaria, el padre Gómez Izquierdo logró convencerlos de las ventajas que tendrían a futuro.

“Aquí la Junta nos construyó 50 casas de caña, en cuatro galpones. Así nació el nuevo barrio de San Pedro, en medio del manglar. El estero estaba por un lado y el cerro por el otro. No había camino. Por aquí pasaba el ferrocarril que iba a la Costa”, acota Lino, quien estuvo entre el medio centenar de jóvenes que llegó hace 40 años.

Rómulo Rodríguez es otro de los fundadores del ‘nuevo’ San Pedro. Él nació en el anterior asentamiento, en 1943 y, al igual que Lino y muchos más, vio nacer allí a sus hijos y a sus nietos.

“Acá llegamos unas 15 familias. Algunos trajeron sus vacas, chivos y chanchos. Junto al cerro armamos un chiquero. Además de la pesca del mejillón, camarón, cangrejo, trabajábamos en las canteras y haciendo carbón”.

Rodríguez agradece el respaldo del padre Pepe, pues los organizó y formó la cooperativa, a través de la cual compraron sus terrenos y levantaron lo que hoy es el barrio. Son orgullosos de aquello.

El mejor símbolo de esa unión es la iglesia construida con esfuerzo de la comunidad. Originalmente fue una capilla pequeña. En ese sitio se levantará un monumento a Gómez Izquierdo.

A pocos metros de allí, Gloria Sánchez, de 75 años, barre los exteriores de su casa. En el viejo San Pedro era la profesora del barrio junto con su hermana mayor, Sarita. Llegaron hace 35 años. “La escuela funcionaba en la sala de la casa, con 20 alumnos”.

El barrio fue regenerado por el Municipio, en la última década. La historia de cómo comenzó el barrio San Pedro se transmite de generación en generación y cobra fuerza cuando llega el festejo al patrono, de quien se recuerda que también fue un pescador.

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