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Así se vive al filo del abismo en una zona de riesgo, en el norte de Quito

Estefanía Pabón vive en su casa con sus tres hermanos y su madre, al borde de la quebrada Carretas.Foto: Julio Estrella / El Comercio

Estefanía Pabón vive en su casa con sus tres hermanos y su madre, al borde de la quebrada Carretas.Foto: Julio Estrella / El Comercio

Estefanía Pabón vive en su casa con sus tres hermanos y su madre, al borde de la quebrada Carretas. Foto: Julio Estrella / El Comercio

Los vecinos del barrio Puertas del Sol, en Carapungo (norte de Quito) temen que las lluvias causen más derrumbes y la quebrada crezca y se lleve sus casas. Piden ayuda del Municipio. Aquí el testimonio de Estefanía Pabón:

Cuando mis papás compraron la casa en el barrio Puertas del Sol, en Carapungo (norte de Quito) hace 22 años, lo que más me gustaba era el enorme terreno en la parte trasera del lote.

Había al menos 25 metros hasta la quebrada Carretas, donde podíamos correr y jugar con mis perros. Pero el paso de los años y de las lluvias ha hecho que ese barranco se vuelva una pesadilla.

En invierno, el agua que baja de la parte alta de la zona va desgastando las laderas y llevándose poco a poco la tierra. Es como si la quebrada estuviese viva. Ya se devoró todo el terreno trasero, ahora amenaza con llevarse mi casa.

La fuerza del agua hizo que se formara un socavón debajo de la construcción en la que vivo con mi mamá y mis tres hermanos. Pero no solo es eso, en la parte alta hay casas asentadas que lanzan sus aguas sucias a la quebrada y eso también nos afecta.

El barranco tiene 38 metros de profundidad, por lo que salir al patio se volvió un riesgo no solo para nosotros sino para nuestras mascotas.

Yo rescato perros, los llevo a mi casa y los trato con amor. Ellos sienten cuando va a haber un deslizamiento y ladran. Se mueven de un lado a otro advirtiendo el peligro. Debido a la crecida del río y al desmoronamiento de las laderas, seis de mis mascotas han caído a la quebrada.

El barranco tiene 38 metros de profundidad, por lo que salir al patio se volvió un riesgo para la familia Pabón en Carapungo, norte de Quito. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO


La única que ha logrado regresar es una gata que puede ver solo con un ojo. La bauticé como Valentina, por su valentía para sobrevivir.

Por seguridad, construimos un muro lanzado y pusimos una cerca, pero el problema no se resuelve con eso. Hace 15 días, esas paredes comenzaron a cuartearse.

No es solo el miedo de quedarte sin casa. Los olores son insoportables. Desde la ventana se pueden ver plásticos, basura y hasta excrementos, que muchas personas que viven colina arriba arrojan.

Tenemos que cerrar las ventanas para que el hedor no entre a los cuartos. El problema no solo afecta a mi familia, sino a mis vecinos.

Con ellos nos unimos para formar el colectivo Vigilantes de la quebrada Carretas, que actualmente tiene cientos de seguidores en Facebook, Twitter y Tik Tok.

Allí publicamos información relacionada con el barrio. También abriremos una cuenta en YouTube para denunciar con videos.

Yo los represento y hago las gestiones para que el Municipio nos escuche y ayude. Estoy pendiente de dejar oficios, hablar con las autoridades, pero a ratos siento que todo es infructuoso.

Soy comunicadora social especializada en el manejo de redes y producción audiovisual. Tuve que dejar mi trabajo para dedicarme completamente al colectivo. Somos decenas de hogares que convivimos con el peligro.

Una familia vive arrinconada al fondo de su casa. Retiraron todos los muebles de la sala y los guardaron en una habitación porque temen que hagan peso y se hunda la construcción.

Hace dos semanas, una señora me llamó desesperada para contarme que se produjo un deslizamiento y perdió parte de su terreno.

Tuve que consolarle, darle ánimos y decirle que continuaremos luchando por proteger nuestros espacios, pese a las críticas y burlas.

La emergencia más fuerte ocurrió justo hace un año, mientras descansábamos.  Poco antes de las 06:00 sentimos un sacudón en la casa. Al salir vimos una nube de polvo. El patio estaba en el aire. Me dolía no poder hacer nada. Solo me senté y lloré, no por el miedo sino por la impotencia.

En el Municipio nos dijeron que debemos reubicarnos por seguridad, pero eso es imposible. No tenemos dinero para pagar la renta.

En esta semana tuvimos la inspección de las autoridades municipales y nos dieron una solución.

Es imposible embaular el caudal por los altos costos, pero hay un proyecto para interceptar las aguas servidas. Nos indicaron que comenzará a ejecutarse desde el 2022 y debemos esperar.

Ahora buscamos que el Alcalde nos visite, constate los daños y declare a esta zona en emergencia. Ojalá lo haga, porque he dialogado con él y me ha dicho que tiene varias cosas que hacer.

La autoridad

El Municipio indicó que se está trabajando en la eliminación de las descargas directas a taludes en la zona.

También en la impermeabilización de grietas y fisuras de las casas más afectadas.

Además, hay un plan para que las casas en riesgo aprendan a manejar el agua lluvia.