En medio de la adversidad, la luz de la Navidad se mantiene

Los venezolanos rezan la novena a diario y cantan villancicos tradicionales de su tierra.

Los venezolanos rezan la novena a diario y cantan villancicos tradicionales de su tierra.

Las madres adolescentes prepararon una coreografía para la visita de sus familiares. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

En esta época de nostalgia, recuentos, balances y sueños, el primer refugio suele ser la familia, aunque no todos podrán compartir la Nochebuena con sus seres queridos. Sin embargo, la magia de la Navidad hace que, de algún modo, los compañeros en las dificultades se conviertan en familia.

Eso se vive en sitios como Adole-Isis, una casa de acogida para madres de 12 a 18 años ubicada en Cotocollao, y en La Gran Sabana, en la zona industrial del norte, que es el hogar temporal de los venezolanos que quieren quedarse en Quito o tomar aliento para luego avanzar hacia otras ciudades del Ecuador o a Perú.

El jueves, las 12 adolescentes que viven en Adole-Isis prepararon un acto especial para compartir con sus familiares.

Vestían jeans, blusas blancas y gorros rojos con blanco. Compartieron un almuerzo especial con pavo y ensaladas y prepararon coreografías con villancicos al son del hip-hop y ritmos tropicales para que sus madres vieran que están mejor. Son chicas que estaban en el proceso de dejar de ser niñas cuando el reto de la maternidad temprana las sorprendió.

Algunas tienen discapacidad intelectual o motriz, pero todas tienen algo en común: han sido víctimas de violencia.

En este hogar, ellas se acompañan y reciben el apoyo de profesionales que las ayudan a superar el dolor y a reconstruir sus vidas, junto a sus pequeños que, inocentes, sonríen sin saber la historia de sus madres. Ellos tienen desde 1 semana de nacidos hasta 3 años. Todos disfrutaron de los mimos de sus abuelas y tíos. Los más grandes acompañaron al pase del Niño y luego corrieron por el patio de la casa.

Los venezolanos rezan la novena a diario y cantan villancicos tradicionales de su tierra. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

Thalía Bueno, jefa de Proyectos y Servicios de Género del Patronato San José, cuenta que este agasajo fue importante para los procesos de reinserción familiar, pues ayuda a generar vínculos ahora rotos. Hay casos en los que esa reconexión es imposible porque algunas chicas no tienen referentes familiares o la situación de violencia se vivió en el hogar.

Evelyn, de 16 años, le dio un abrazo largo y fuerte a su madre Rosa, cuando le entregó su regalo. En medio estaba el pequeño Justin, de 10 meses. Fue un momento de alegría que a Rosa le encantó. Para ella es importante saber que su hija está mejor en ese lugar y disfrutar de su “bebé precioso”, un pequeño risueño y cariñoso, de cabello y ojos claros, y largas pestañas rizadas.

Tras el bullicio y los abrazos del agasajo, las abuelas se fueron. Y las chicas se quedaron con las técnicas para hacer un intercambio de regalos. Esa costumbre común en Ecuador se combinó con la tradición del calendario de Adviento que les enseñó una voluntaria alemana. Se sortearon números entre todas y durante esta época, cada día se destapaba una fecha y las chicas ponían un regalo, cuenta Irina Amengual, la coordinadora de la casa de acogida. Los obsequios que se entregaron no eran comprados. Cada una puso su creatividad y corazón al hacerlos.

En Nochebuena, la mayoría de chicas se quedará ahí y compartirán una cena especial. El personal de Adole-Isis hizo una ‘vaca’ para comprarles obsequios a ellas y a sus hijos. Se los entregarán luego de la novena y los villancicos. Las demás pasarán en casa, con sus familias, en un espacio para conectarse de nuevo.

Los pequeños también alegran los patios de La Gran Sabana, en la avenida Galo Plaza Lasso. Basta con sonreírles para que griten “¿abrazo?” y con un sí se lanzan, cariñosos, a los visitantes. El jueves, al final de un momento de oración y villancicos, Érika miraba a su hijo Eikel y a Valeska, la hija de su amiga Vanessa, abrazando a una visitante. Sonriendo dijo: “es que ellos necesitan más cariño”. Valeska respondió sí, mientras acariciaba el cabello de su nueva amiga.

Los cuatro llevan pocos días en Quito y han vivido lo que va de la novena como una familia. “Pero no es lo mismo. Es bastante triste tener a nuestros seres queridos lejos y no sentir el calor familiar”.

Sus padres, hermanos, sobrinos, esposo e hijo mayor están en Venezuela. Hizo este sacrificio porque quería construir un mejor futuro para sus hijos. “Allá ya no teníamos ni para comer. Trabajábamos de lunes a lunes y no nos rendía ni para comprar un kilo de arroz”.

César Burbano y Karen Gómez están entre los voluntarios que coordinan el albergue y cuentan que en el momento hay 60 migrantes allí.

En Nochebuena intentarán sentir como si estuvieran en Venezuela. Cantarán villancicos de su tierra, como Niño Lindo, dice Erinson, de 29 años, y disfrutarán de comida típica de esta época, como ensalada de pollo o pan de jamón para la cena. Lo que no faltará serán sus deliciosas hallacas.

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