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La historia del Bombero que lleva 15 años apagando el fuego de montañas de Quito

Un bombero brigadista forestal muestra sus herramientas para controlar los incendios. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

El teniente Luis Guala es el líder del grupo táctico forestal del Cuerpo de Bomberos de Quito. Cuenta que de forma permanente, tras combatir las llamas en emergencias de gran magnitud, los uniformados reciben terapia psicológica.

"Sí. Por supuesto que me he quemado. ¡Cómo no, si me enfrento a olas de fuego que parecen tener vida propia y que a veces superan los 35 metros de alto! Ha habido ocasiones que durante un incendio forestal hasta se me han derretido las botas.

Tengo 42 años y hace 15 me uní a los Bomberos. Desde el primer día colaboré en el control de las llamas en las montañas. En el año 2014 empecé a especializarme en combate de incendios forestales.

Hoy soy el líder del grupo táctico forestal que está conformado por 85 personas. Hemos sido capacitados a nivel nacional y también en el extranjero. Tenemos asesoramiento del servicio de Estados Unidos, quienes comparten con nosotros su conocimiento.

En Quito tenemos un Código Orgánico que prohíbe quemas abiertas, tanto en terrenos baldíos como en la vía pública”.

Los riesgos

“En una pendiente que llega a 65 grados, el viento es el peor enemigo, porque hace que el comportamiento del fuego sea impredecible. Los momentos más difíciles que he tenido en toda mi carrera los viví justo montaña adentro.

Hace dos años hubo un incendio de gran magnitud en el Antisana. El fuego nos encerró a 14 combatientes y vivimos momentos de desesperación. Cuando nos dimos cuenta de que no podíamos apagarlo y que se nos venía con fuerza, debimos salvar nuestras vidas.

Los bomberos no querían abandonar el vehículo, pero como yo era el líder, los obligué a evacuar y se quemó nuestro querido unimog, una autobomba especial para el combate de incendios forestales. Hubo lágrimas por la impotencia de ver al vehículo en llamas.

Pero la peor de todas fue en 2012, en un incendio en el cerro Auqui. Yo no tenía tanta experiencia y estaba con el sargento Leonardo Rubio cuando el fuego nos encerró. Teníamos la quebrada de una pendiente de 150 metros de un lado y el incendio del otro. El sargento me dijo: “Me obedece o morimos”, y mandó la experiencia.

Nos botamos sobre las llamas hacia la parte de la vegetación que ya se había quemado. Rodamos por la pendiente, gateamos, nos quemamos, pero sobrevivimos. Teníamos quemaduras de primer grado en las manos, pies y brazos.

Son momentos indescriptibles. Uno no piensa en nada, solo en salir vivo y en los compañeros, en sacarlos de allí. Tan fuerte es la situación, que luego de una emergencia de ese tipo tenemos cita con la psicóloga. Ahí hablamos, lloramos, reímos, reflexionamos. Y al otro día estamos listos para combatir nuevamente el fuego”.

El tiempo es clave

Siempre apagar un incendio forestal es un reto diferente. Por ejemplo, cuando hay fuego en una reserva ecológica o montaña adentro, se tiene más tiempo para planificar la estrategia de combate y para hacer operaciones como dejar que el fuego avance hasta un lugar estratégico para combatirlo.

Cuando es en la zona conocida como interfase, es decir, cerca de viviendas, la batalla es contra el reloj. Se aplican todos los recursos para frenar las llamas.

“En el año 2014 hubo algunos incendios en el Panecillo y el fuego incluso alcanzó una carpintería. Tuvimos que evacuar a toda una familia y lamentablemente hubo varias personas heridas con quemaduras de segundo y primer grado”. Por eso es importante que la comunidad se prepare para esta época y que desbroce al menos 10 metros a la redonda de su casa cuando vive cerca de la vegetación.

“Para atender incendios forestales tenemos varias estaciones, algunas están ubicadas en Carapungo, Checa, Pifo y El Tingo, donde se encuentra varias zonas que son más vulnerables”.

Un infierno

“Debido a la radiación que sale de las llamas es imposible acercarse a ellas, más aún cuando estas miden más de un metro de altura. A pesar de que nuestro uniforme es de material repelente, el calor es insoportable.

Con la ayuda de cámaras térmicas hemos determinado que en los ataques directos llegamos a enfrentar hasta 100 grados centígrados, pero en un incendio forestal se superan los 1 200 grados. Por eso, cuando finaliza la jornada, terminamos agotados, con ampollas, cubiertos de hollín.

Usualmente, no podemos llegar hasta el fuego en auto por lo que tenemos que caminar por horas. Por eso llevamos mochilas con raciones de combate: dos litros de agua, un paquete de galletas, cloro en pastillas para desinfectar agua de fuente natural, frutas deshidratadas, barras energéticas, un atún, arroz con fréjol o granos. Es comida suficiente para un día.

Es mejor atacar al fuego en la madrugada, por el clima y el poco viento que hay a esas horas, pero hemos tenido incendios que han durado 20 días. Por eso mi esposa y mis tres hijos -de 13, 11 y 9 años- me dan su bendición cuando salgo a controlar un incendio forestal, porque saben que existe la posibilidad de que no me vean volver”.