Privados de libertad denuncian la pésima calidad de sus comidas

En los operativos en las cárceles para realizar requisas suelen encontrarse todo tipo de objetos y armas. La comida, en cambio, escasea. Foto: EL COMERCIO.

La búsqueda de un buen servicio de alimentación para las cárceles del país no termina. El Gobierno, a través del Servicio Nacional de Atención Integral a Personas Adultas Privadas de la Libertad (SNAI), ha intentado por seis ocasiones contratar nuevas empresas que presten este servicio a escala nacional, pero no lo ha conseguido. Los procesos han sido declarados desiertos y dentro de las cárceles no ha cambiado el panorama.  

Las quejas por la mala calidad de los alimentos persisten entre los detenidos del país. Ellos, a través de fotos, videos y audios, intentan llegar hasta los organismos de derechos humanos para que les presten atención.  EL COMERCIO accedió a esas imágenes y grabaciones. En una de ellas, un detenido (cuya identidad se mantiene en reserva por seguridad) cuenta que la alimentación cada día es menos saludable. Según su relato, en la cárcel de Latacunga solo una vez a la semana comen huevo en el desayuno. El resto de días se mantienen con una taza de café y un pan.  

Así mismo, cuenta que en la mayoría de los almuerzos les dan pollo con arroz. “De una presa sacan tres pedazos. Nosotros prácticamente comemos huesos. El arroz llega crudo. La comida es insípida. El pollo suele venir dañado o no lo lavan bien. Es terrible nuestra situación”, señala. En Guayaquil, los detenidos también se quejan de los alimentos. Un hombre que salió de la Penitenciaría hace dos semanas, cuenta que bajó ocho kilos en tres meses. Su familia no lo reconoció cuando dejó la cárcel.

“Era solo pellejo y huesos. Ahí no les dan de comer”, dice su madre, quien lo fue a recoger. “Se come muy mal. El arroz tiene un tufo que huele feo. El pollo y la carne son solo piltrafas. Las sopas son agua con un poco de aceite. De la necesidad uno come, pero a veces hasta se enferma”, cuenta. Esto precisamente le ocurrió al esposo de Dilma, una mujer que vive en Mapasingue, al este de Guayaquil. Su pareja fue detenida y trasladada a la Penitenciaría en mayo pasado.

Desde entonces, se ha enfermado tres veces del estómago. “Siempre me cuenta que no desayuna porque los caporales no reparten bien. Las bandas se encargan de distribuir la comida”, relata. De esta situación conocen los organismos de derechos humanos del país. Marco Jurado representa a la Fundación Inccadi, cuenta que cada semana tienen alertas de las personas privadas de libertad sobre la precariedad de los alimentos. “Nadie le presta atención a este tema y eso hace que las tensiones aumenten”. De hecho el SNAI, en los últimos dos años, ha enfrentado al menos cuatro conatos de revueltas por quejas sobre los alimentos.

Los agentes señalan que la comida es una excusa para generar disturbios. La Comisión de Pacificación, nombrada por el presidente Guillermo Lasso, tuvo observaciones sobre los alimentos. Eso hizo que en los últimos intentos de contratación de alimentación se especificara que la empresa proveedora deberá ofrecer vajillas especiales. No hubo respuesta.

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