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Olga Guillot

Olga Guillot cumplió años. ¿Cuántos? Más de 80. Fui a darle un beso, junto a mi mujer. La admiro intensamente y ella lo sabe. Tampoco ignora que estuvo junto a mí en el momento más dramático de mi vida. 

Amo los boleros. Crecí oyendo, bailando  y disfrutando boleros,  género español que en el siglo XIX los cubanos perfeccionaron, acompañados de guitarras, ron y percusión.

Olga es contralto. Tiene una voz grave y hermosa, rara, muy potente, con la que vocaliza como nadie. Pero su voz no es más importante que su interpretación.

Es una cantante que actúa. O una actriz que canta maravillosamente. Por eso el bolero es su cauce natural. Los boleros hablan de desencuentros, traiciones, celos incontrolables, placeres eróticos.

El crítico venezolano Blanco Fombona, tras leer la poesía de Juana de Ibarbourou, estrenó un adjetivo para calificarla: clitórica. De algunos boleros de Olga se pudiera decir lo mismo. Lola Flores tomó de ella algunos gestos. En la cubana  había algo de gitana apasionada y ferviente. Tenía duende, tronío, carácter.

Y ahora mi historia. Como tantos  muchachos,  asociaba a Olga con “el momento más oscuro”, que decía Manzanero. Pero llegó la dictadura comunista,   comenzó la resistencia estudiantil y acabé en la cárcel condenado a 20 años, acusado de  “conspirar contra los poderes del Estado”.

En aquella celda, el preso político más joven tenía  11 años y los mayores 17. En la cárcel,  además de los guardias regulares, nos custodiaban antiguos presidiarios comunes. A uno de ellos,  que trabajaba en un taller, le compré una hoja de sierra para cortar los barrotes y  evadirme. Era un plan disparatado.

La noche elegida -marzo de 1961- comencé mi trabajo febrilmente, pero el ruido y la vibración eran excesivos. El guardia cabeceaba tras la reja de la entrada con su fusil entre las piernas. Puse la radio. Era un programa dedicado a Olga Guillot (luego prohibieron sus canciones). Mientras cortaba el barrote, escuché Tú me acostumbraste, La noche de anoche, No, La gloria eres tú. Muchas. Trataba de pensar en sus canciones para reducir el miedo atroz a que me descubrieran. Finalmente, el barrote cedió. Creo que Olga en ese momento le pedía a su amante que le mintiera porque su maldad la hacía feliz.

Todo sucedió  rápidamente. Sólo Rafael Gerada y yo conseguimos saltar antes de que se diera la voz de alarma. Corrimos velozmente. La voz de Olga se  apagaba en la distancia y se mezclaba con los gritos de los soldados y los ladridos de los perros. Mágicamente, la aventura salió bien. Desde entonces, cada vez que la veo, cada vez que la oigo, la asocio a una emoción muy fuerte. Olga es la libertad. Mi libertad.

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