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Salir de una banda, relato de dos ecuatorianos exlíderes de Latin Kings: ‘Me he perdonado’

Los ecuatorianos lamentan que después de integrar la banda tienen cerrado el acceso al mercado laboral. Foto: EFE

“Me he perdonado. Ya pagué condena”. Lo dice Javier (nombre ficticio), un ecuatoriano exlíder de la banda latinoamericana Latin Kings, y durante mucho tiempo en el objetivo de sus rivales, los etas. Como su compatriota Kevin, pudo escapar de una organización de férrea disciplina, en la que se llegó a ver muerto.

Para relatar su paso y salida de la organización ambos ponen como condición que la cámara de EFE evite grabar sus rostros y tatuajes identificativos en brazos, cuello y espalda.

Como muchos otros, Javier y Kevin llegaron muy jóvenes a España, casi solos. Sin darse cuenta se integraron en una banda latina que les permitió subir escalones hasta convertirse en “reyes” en Madrid. Hicieron “mucho daño”, reconocen a Efe, pero en el Centro de Ayuda Cristiano de la Iglesia Evangélica encontraron una nueva oportunidad.

Ingreso y Escalada

Kevin llegó a España con 15 años. No tenía amigos y empezó a ir al parque con los que poco después serían sus compañeros de banda. Le llamó la atención el “respeto” que se mostraban, así como su poder de atracción. Cuenta que le invitaban a fiestas Matinée (para menores), pero a otras no podía entrar por no ser miembro de la banda. “Te encantan (embaucan) para que parezca que ellos no te obligan a entrar”, explica.

Cuando se quiso dar cuenta ya estaba en la “probatoria”. Es la fase en la que las bandas comprueban la validez y lealtad de sus potenciales integrantes, a los que se les somete a pruebas como robar o cometer agresiones. Si no son capaces de superarlas, se les castiga con el denominado “minuto de pared”, sesenta segundos durante los que reciben golpes por parte de los “reyes” en cualquier parte del cuerpo.

La escalada de agresividad no se detiene. Para ascender de “rango” en la banda hay que ser aún más sanguinario. Javier llegó a “rey” tras participar en una gran reyerta que se saldó con decenas de heridos en Madrid.

En el madrileño barrio de Opañel, Kevin tuvo a su cargo a 32 Latin Kings. Reconoce que sembró el horror, pero también vio sufrir a los suyos. “A uno le dieron siete puñaladas en el estómago, a otro le rajaron el cuello… Vives en un drama constante“, remarca.

Una vida en la violencia

Los dos jóvenes acumularon identificaciones, detenciones y noches en el calabozo. “La Policía me tenía fichado, tuve una orden de busca y captura”, relata Javier. Estuvo implicado en numerosas reyertas con otras bandas, casi siempre frente a conocidos como los etas.

Destaca que los “mandamientos” o normas de la banda les obligaban a “ir a matar”. “Se iba a por todas, no se podía dudar”, añade. Sin embargo, reconoce que casi siempre actuaban bajo los efectos de las drogas.

Además del “minuto de pared”, el incumplimiento de las normas se pagaba con castigos psicológicos y físicos que podían acabar incluso en la muerte. Para Javier, los más duros consistían en amenazas al entorno de los miembros, en concreto a su propia familia.

La salida

Han pasado cinco años desde su renuncia. Javier vivía y dormía, si podía, en una pesadilla. “Me culpaba por lo que había hecho y tenía miedo de la banda rival y de la mía propia“, recuerda. Una vez alcanzó el rango de “rey” se convirtió en un objetivo prioritario para los etas. “Intentaron asesinarme”, afirma con la voz entrecortada.

Se sumió en las drogas y tocó fondo. Cambiar de vida no era tarea fácil, pero aprovechó que a varios de sus allegados de la banda les detuvieron o deportaron para buscar ayuda. “Quería ser un joven con futuro, paz y alegría, pero no sabía cómo”, señala de espaldas a cámara.

Como a su compatriota Kevin, su madre, que lo daba “por perdido”, lo acompañó al Centro de Ayuda Cristiano. Desde su sede, cerca de la madrileña estación de Atocha, aseguran que allí encontraron el respaldo que necesitaban para dejar su pasado atrás y empezar de cero.

Los Latin Kings les reprocharon su falta de lealtad a la banda, pero al conocer que en su nueva vida no eran una amenaza para la organización o las rivales, decidieron no tomar represalias.

Ahora, tienen un trabajo y cuidan de sus hijos. Con su testimonio, siempre calmado y reflexivo, trabajan en la reinserción de otros jóvenes para los que demasiadas puertas ya se han cerrado en la sociedad.

Una nueva oportunidad

Para ellos, el pastor Alberto Díaz es un “segundo padre”. Durante la entrevista no se separa de su lado y les recuerda que no deben utilizar su verdadero nombre. Es el portavoz del Centro de Ayuda Cristiano en España y el impulsor del proyecto Fuerza Joven, en el que se embarcan los pandilleros que buscan una segunda oportunidad.

Denuncia que la sociedad “juzga y etiqueta” a estos jóvenes, para los que muchas puertas en el mercado laboral y en otros ámbitos de la sociedad ya están cerradas a cal y canto. Esta realidad, remarca, dificulta más si cabe su salida de las bandas.

La captación es cada vez más temprana, los nuevos miembros se integran con 12 años. Esto ha obligado a Díaz y su equipo a dar un giro de 180 grados para trabajar en la prevención. Desde hace un año, acuden a colegios e institutos para que expandilleros como Kevin y Javier relaten su cruda experiencia a los estudiantes.

Tras el turno de preguntas, el pastor evangélico siempre se despide con la misma consigna: “No entrar en una banda latina es mejor que salir de ella”.

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