20 de septiembre de 2020 00:00

Maestros de 60 años viven su propia 'emergencia tecnológica'

El profesor Roberto Moncayo, de 62 años, dice ‘no tener el chip’ para usar dispositivos.

El profesor Roberto Moncayo, de 62 años, dice ‘no tener el chip’ para usar dispositivos. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Mariela Rosero
Editora (I)

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Frente a computadoras y a teléfonos inteligentes transpiran. A veces hasta lloran. Los profesores que se acercan a los 60 años se desesperan, no ven en la tecnología a un aliado sino a un desconocido. Por eso, para conectarse a clases virtuales o usar herramientas -obligados por las restricciones de la pandemia- han pedido auxilio a sus hijos e incluso han pagado por la guía de especialistas.

Me pongo muy nerviosa. Tiemblo y lloro”, admite Maritza Erazo, de 57 años, profesora de educación física de la Unidad Mitad del Mundo.

En su departamento, ubicado entre Cotocollao y El Condado, en el norte de Quito, solo Nico y Benji, dos perritos, atestiguan lo que vive.

“Estoy por jubilarme (le faltan tres años, lleva 32 en el magisterio). Así que es duro empezar de nuevo, como de cero. Yo sí sufro. He llorado con mi hijo, David Rodríguez, de 26, que me explica a través de videollamada, desde Loja”.

La maestra enfoca la pantalla de la computadora de escritorio, en el celular, para que su hijo le diga qué pasos seguir. Cuando él no puede, ya que es militar, le orienta Pablo, un joven técnico en Sistemas, a quien también envía ‘links’ con videos de rutinas de ejercicios, indicándole los minutos que le interesan, por la edad de sus alumnos, para que los edite.

En el primer día de clases con sus estudiantes en este ciclo, en Sierra y Amazonía, recuerda, “me decía ‘vamos bien profe Mary’. Algo pasó, me desconectaba, por eso tengo encendida también una portátil usada que me regaló mijo. Me tranquilizaba. Él me ayudaba de forma remota. Claro, le pago por su trabajo”.

Gilda Vargas es maestra de lengua, en bachillerato, en el Colegio 24 de Mayo.

Gilda Vargas es maestra de lengua, en bachillerato, en el Colegio 24 de Mayo. Foto: Cortesía


En este régimen, 26 988 profesores tienen de 50 a más de 65 años. Es alrededor del 27% de la planta de escuelas y colegios públicos, fiscomisionales y privados, según el Ministerio de Educación.

A los maestros de ese grupo etario, la suspensión de clases presenciales les significó un reto doble: adaptar el currículo a las nuevas circunstancias e intentar aprender de un mundo del que conocían muy poco.

En ese sentido, “la edad sí es un condicionante para incorporar conocimientos tecnológicos”, apunta Andrés Hermann, especialista en tecnologías aplicadas a la educación.

Toda tecnología se vuelve un instrumento, no importa si está en un lápiz o en una computadora, explica. Lo importante es que brinda valor añadido a las actividades humanas.

El profesor de la Universidad UTE se pone en el lugar de esos maestros que bordean o superan los 60 años. Sin duda -comenta- enfrentan una frustración porque no han sido usuarios de elementos tecnológicos. “Es como si mañana nos enviaran a la NASA y nos anunciaran que viajaremos a otra latitud. Me sentiría estresado porque no he tenido esa experiencia, no ha sido parte de mi cotidianidad”.

Esa es una buena aproximación a lo que sienten profesores como Roberto Moncayo. “Imagínese, yo nací en 1958 (tiene 62 años) y en esa época existía otra forma de comunicación, ha pasado tanto tiempo”, anota. Y relata que su hijo de 21 años, estudiante de Medicina, ha sido su soporte.

El hombre, que vive en el valle de Los Chillos, es profesor de segundo de básica de la Escuela Sumak Kawsay. “No he sentido temor, pero tampoco ese gusto de entrar en ese mundo de la tecnología”. Así que durante esta emergencia sanitaria, sin clases presenciales, se ha apoyado en su hijo; confiesa que no tiene tanta paciencia con él porque le falta ese chip, para “ir moneando ­las computadoras y los teléfonos y aprender”.

Su celular no es de alta gama, aclara. Pero le sirve para enviar explicaciones y tareas. También para hacer unas ocho videollamadas a sus alumnos, cada día. “La mayoría sobrevive. Les llamo y me dicen está en el baño, ya le marco luego. Y lo hacen a las 20:00 o más; seguramente a esas horas llega el padre, con el único teléfono. No me lo comunican”.

Un día su hijo le dijo que su celular ya iba a explotar y le enseñó a bajar los archivos a la computadora. Se le hizo complejo armar álbumes con los portafolios de deberes. “¿Qué hubiera pasado si no lo tenía a él? Yo me ponía a llorar. Un día había una reunión por Microsoft Teams y mi hijo no iba a estar en casa. Me dejó una lista con los pasos seguir. Pero no podría volver a hacerlo solo”.

Según la Cartera de Educación, ha coordinado esfuerzos con entidades públicas y privadas para ofrecer capacitación virtual gratuita a todos los docentes fiscales. “El fin ha sido fortalecer su práctica educativa y mejorar sus competencias digitales; se priorizó a quienes no dominaban herramientas tecnológicas”.

Isabel Vargas, presidenta de la nueva UNE, opina que han sido “cursos rápidos, que no se compadecen con un grupo etario que está por jubilarse”.
Gilda Vargas, de 60 años, dice haber participado en cursos del Ministerio. Pero también, apunta, hay colegas que dominan el tema y comparten sus conocimientos. “Sí me ha costado lágrimas, sinceramente”.

Pero a la vez siente que los apuros que ha vivido le han permitido desarrollar destrezas nuevas, para estar en contacto con sus “queridos estudiantes; nunca se deja de aprender, lo he confirmado”.

La docente de Lengua de la Unidad 24 de Mayo señala que muchos padres de familia han hecho esfuerzos para este ciclo darles una computadora a sus hijos. Los maestros también -asegura- han invertido en mejorar el servicio de Internet en sus hogares y en planes de datos en sus celulares.

A Nelly Miño, coordinadora de otro gremio, la Red de Maestros, le parece que hay que destacar que todos los profesores, sin importar la edad, han entrado en una dinámica de aprendizaje. Pero pide no agotarlos más, ya que deben pasar más horas frente a las pantallas, llenando matrices.

Maritza Erazo, profesora de educación física, está a cargo 15 grados, de 40 niños cada uno. Sus alumnos, de primero a tercero de básica, van de los 5 a los 8 años. Mientras conversa siguen llegando los videos: debe revisar 600 a la semana; además, tiene una hora en línea con quienes pueden; al resto los ubica por WhatsApp.

Con su sello, una sonrisa, dice que está guiando a colegas a usar la plataforma Zoom. “El ciego enseña al tuerto”.

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