9 de junio de 2019 00:00

Entre 2014 y 2018, el trabajo infantil se duplicó en Ecuador

Niña ofrece caramelos, en las valles Amazonas y Tomás de Berlanga, norte de la urbe. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

Niña ofrece caramelos, en las valles Amazonas y Tomás de Berlanga, norte de la urbe. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

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Elena Paucar y Valeria Heredia. 
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Luis y Pedro lo niegan. “No trabajamos”, dicen, como para convencerse de que esa realidad no fue parte de sus primeros 10 años de vida. Con sus miradas esquivas dejan dudas, y luego admiten que uno realiza tareas de limpieza y el otro está vinculado a la construcción y a la venta informal.

Los pequeños, de contextura delgada y talla baja, combinan sus actividades laborales con las educativas. Con estas últimas esperan salir de la pobreza en la que viven.

Luis anhela convertirse en marinero. Mientras que Pedro, quien además se encarga del cuidado de sus hermanos menores, sueña con ser dibujante. “Quiero ayudar más a mi mami; por eso estudio”, dice.

“El rol de esos niños es de proveedores”, señala María de los Ángeles Páez, del componente de Protección de DYA, fundación enfocada en chicos trabajadores desde 1997.

El cambio de papeles -dice- es consecuencia del trabajo infantil, que en el país llegó el año pasado (2018) a 201 634 chicos, de 5 a 14 años. Representa más del doble de lo reportado en el 2014, con 99 500 chicos que viven así. Se trata de proyecciones levantadas y reconocidas por el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES), basadas en la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil 2012, y en la de Empleo, Desempleo y Subempleo.

El incremento del número de niños vinculados a actividades laborales responde a la desaceleración económica, que afectó desde el 2013, según Darío Terán. Es director de Prevención de Vulnerabilidad de Derechos del MIES.

Al no tener los resultados esperados y al ponerse una meta alta para el 2021 (pasar la tasa de trabajo infantil del 5,4% al 2,7%), el MIES reorientó la política de erradicación del mal.

Desde abril ubican a la familia como el núcleo que decide enviar o no a un niño a laborar en construcción, a cuidar carros o a tareas de comercio informal, transporte o agricultura, entre otras. Por ello buscan la inclusión de padres a programas e incentivos económicos y productivos: entrega del Bono de Desarrollo Humano o facilidades en créditos productivos. Y de sensibilización.

Un niño vende frutas en la avenida República, entre Eloy Alfaro y Amazonas, en Quito. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

Un niño vende frutas en la avenida República, entre Eloy Alfaro y Amazonas, en Quito. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

Un niño -dice Terán- gana entre USD 17 y 20 al mes. Es menos del 5% de un salario básico unificado (USD 394). Lo que cambiará sus vidas es que estén en la escuela y que haya espacios para alejarlos de peligros en canteras, calles o prostíbulos, según la Organización Internacional del Trabajo.

En fundaciones, los pequeños trabajadores acceden a varias actividades lúdicas.

María Augusta Abad es directora del coro Niños Cantores del Pueblo, de Onozone y el MIES. Por medio del arte, les enseñan a elaborar un proyecto de vida. La idea se reforzará en el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, el 12 de junio.

En Durán, fundaciones como Ideas han cambiado la realidad, por ejemplo de las nietas de Eufemia. Las niñas de 12 y 13 años saben que los adultos deben protegerlas, permitirles estudiar y jugar, y no pueden obligarlas a trabajar.

Tres años atrás no era así. Ellas, como otros niños de la cooperativa El Cóndor del cantón Durán, ayudaban a sus padres en el reciclaje. “Los más grandes los acompañaban a buscar material en la calle, hasta las 03:00. En casa, los chicos seleccionaban los desechos”, recuerda Andrea Ormaza.

La vocera de Ideas dice que la ONG, formada por psicólogos, trabajadoras sociales y educadoras, busca erradicar el trabajo con acceso a educación, salud y recreación. Es miércoles y la cancha del barrio se llenó de color. Algunos de los 80 niños, parte del programa, se reunieron para colorear y recordar sus derechos. Muchos no iban a la escuela.

Sus madres casi siempre los acompañan a los talleres. Juana lleva a sus hijos de 10 y 5 años. El mayor aún le ayuda a vender comida, pero cada vez menos, para poder pintar.

“Creamos conciencia en los adultos -añade Ormaza-. Muchos padres dicen: yo también trabajé cuando era niño y no es malo. Pero cuando les planteas lo que no tuvieron, como ir a la escuela o jugar, entienden que sus hijos pierden su niñez”.

Alain Vélez es coordinador zonal del MIES en Guayaquil, Durán y Samborondón, donde 1 200 chicos son atendidos. El Bono de Desarrollo Humano es una herramienta para prevenir los casos. “Los beneficiarios cumplen corresponsabilidades y una es que los niños no trabajen”. En el país, 107 000 familias acceden a este bono variable, que llega a USD 150.

Si los hijos de América no estuvieran en casa, en sus tareas, se los vería bajo algún semáforo. “Yo vendía cosas y ellos limpiaban parabrisas. Hoy solo estudian”. Su hogar, en la cooperativa Cerro Redondo, Durán, se abre una vez por semana para talleres de Ideas, con 35 niños, antes vendedores informales.

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