
Junto al agua, la vegetación verde es exuberante y rodea a San Isidro, una comunidad kichwa de Cotopaxi, en donde vive la primera ecuatoriana que ganó el Premio Mundial de la Alimentación, Josselyn Vega Rojas; el galardón es una especie del ‘Nobel de la Agricultura’.
Norman E. Borlaug ganó en 1970 el Premio Nobel de la Paz por todas sus contribuciones, como científico, para aumentar la producción mundial de alimentos y prevenir el hambre, la hambruna y la miseria en el mundo, se lee en la página web del World Food Prize.
Se recuerda que tuvo una lucha incansable por integrar las diversas líneas de investigación agrícola en tecnologías viables para multiplicar los alimentos. Así se ganó el título del “Padre de la Revolución Verde”.
Por eso, solía decir que había sido nominado al Premio Nobel de la Paz, ya que no existía un Premio Nobel dedicado a la agricultura, una distinción que, según él, debía crearse. Poco después de recibir el galardón acudió al Comité del Nobel para solicitar su creación. No pudo convencer a Alfred Nobel. No desistió y Borlaug creó el Premio Mundial de la Alimentación (World Food Prize, sus siglas en inglés) en 1986.
De ahí que se considera que este galardón es una especie de Premio ‘Nobel de la Agricultura‘, que la ecuatoriana Josselyn Vega lo recibirá del 20 al 22 de octubre de 2026 en Iowa (Estados Unidos), de donde es originario el creador de este reconocimiento.
Cuando la ecuatoriana, de 29 años, recibió la noticia, se sintió feliz y contenta, “fue una sorpresa muy bonita”, cuenta, pero confiesa que no dimensionaba su significado e importancia.
Fue días después, luego de recibir llamadas y ver publicaciones en los medios, que el premio adquirió un gran significado. “Sentimos una inmensa felicidad por el logro, porque es un trabajo de miles de personas. El nombre es mío, pero realmente este es un esfuerzo de muchas personas”. Ella se refiere a la Asociación de Productores Agroecológicos de Cotopaxi, de la cual es su presidenta, y la feria De la mata a la olla, y al Movimiento Indígena y Campesino de Cotopaxi (MIIC).
No le gusta hablar de sí misma, sino de los demás. Tiene una frase que repite cada vez que alguien la felicita. “Yo soy el rostro”, dice, y enseguida nombra a la comunidad y a la organización que, según ella, sostienen su trabajo. Rosa Rodríguez, coordinadora de la Fundación Heifer, la escuchó decirlo más de una vez. Heifer acompaña a San Isidro en su larga lucha por el agua, la tierra, la agroecología, la capacitación y el liderazgo para fortalecer a las personas y a la comunidad.
Josselyn Vega es una mujer fuerte y ágil que camina entre lechugas, zanahorias, pepinos, rábanos y una infinidad de alimentos que crecen en su Granja Agroecológica Kay Pacha, en la comunidad ancestral San Isidro de Pujilí, situada a 29 80 metros sobre el nivel del mar. La maneja junto a su esposo Milton Guamán, sus dos hijos (Perla, de 11 años, y Fernando, de 8) , su madre Nancy y su único hermano Robin.
Fue en esas tierras, que ahora están llenas de muchos alimentos, donde nació y se crío. Ahí empezó su historia de luchas, esfuerzo, perseverancia, resistencia, también de algunas frustraciones e inforturnios, y su visión de producir alimentos libres de químicos, para cuidar la tierra y el agua, los dos mayores tesoros de San Isidro. Así la describen quienes la conocen y trabajan junto a ella.
San Isidro era una gran hacienda, que con la reforma agraria se dividió y se repartió a los indígenas huasipungueros, entre ellos los abuelos de Vega y antepasados de 112 familias, que ahora son algo más de 500 personas. Ella dice que se liberaron de la esclavitud del huasipungo y tuvieron acceso a la tierra, pero había mucha desigualdad (la hay hasta la actualidad, dice) para acceder al agua.
Jonathan Copara la conoce desde que iban a la escuela. Él es el presidente de la Organización del Pueblo Indígena de Jatun Juigua, que agrupa a 14 comunidades y una de ellas es San Isidro.
Copara, quien también vive en San Isidro, la recuerda como una niña estudiosa en la escuela y el colegio. En ella vio constancia en lo que hacía y siempre acompañada de su madre y su hermano.
Mientras crecían, el agua marcó sus vidas. San Isidro accedió al riego hace unos 16 años, después de una pelea larga, cuenta Copara. Llegó por un canal de cerca de 24 kilómetros y Vega estuvo entre los dirigentes que lo hicieron posible. Fue secretaria de la comunidad durante dos años. En ese tiempo caminó las mingas, cuidó el páramo comunitario y aprendió el peso de cada turno de trabajo. En el páramo había un campamento que los comuneros vigilaban por semanas, uno tras otro. Hasta hoy, un aguatero recorre los sistemas cada día para que el riego no falte en las épocas secas.
Fue también en esa trama de dirigencias donde encontró a Milton Guamán, su esposo. Él presidía la comunidad cuando ella era la secretaria; hoy ambos siguen en su lucha por agua y tierras sanas, libre de químicos como lo hacen en su granja. “Son una imagen a seguir”, dice Copara de la pareja.
De ese páramo, considerado una área protegida, tienen agua para consumo humano, pero aún es entubada, cuenta Vega. Ese patrimonio -como denomina Copara al agua- es un elemento sagrado para los pueblos indígenas que debe ser protegido y cuidado, insiste Vega. “No podemos desperdiciarlo. El agua y la tierra nos dan vida. No es posible tener nada sin agua y sin tierra”.
El agua representa prosperidad y tierras cubiertas de alimentos todos los días para San Isidro. Antes de que tuvieran riesgo, su comunidad era totalmente empobrecida, olvidada y sin medios de subsistencia. Lo recuerda con mucha nitidez, porque así fue su niñez, creciendo con su madre Nancy Rojas y su hermano.
Josselyn tenía 16 años y su organización la postuló como promotora, y desde entonces Rodríguez la sigue de cerca. La vio convertir su finca en una especie de laboratorio: conservación de semillas, respuestas al problema del agua, ensayos con plantas, incluso unas pequeñas máquinas que ella misma ideó para recoger hojas. Y la vio insistir en una pregunta: “Avanzamos en agricultura, cuidamos la tierra, pero ¿quién nos consume? ¿Quién les compra?”.
De esa pregunta nació, junto a otras mujeres, la feria De la mata a la olla. Empezó con ocho mujeres y ahora son 116, a quienes se sumaron cuatro hombres. Mayra Osorio, socia de la asociación, cuente que empezaron en junio de 2017, con el acompañamiento de una escuela de agroecología y el apoyo de varias organizaciones no gubernamentales y el movimiento indígena de Cotopaxi.
Vega recuerda infortunios y frustraciones. La primera vez con su feria sufrieron violencia, maltrato físico y burlas de los demás mercaderes en el espacio que les dieron en el mercado de Latacunga. No las dejaron vender y apenas sacaron 25 centavos. Luego las botaron con sus productos a la calle, en un día lluvioso. El Municipio las corrió y ellas enfermaron.
En ese peregrinaje encontraron un espacio en Pujilí, pero al poco tiempo el Municipio les clausuró el área y tampoco las dejaron vender. Jugaron con sus sentimientos, manifiesta Vega. Actualmente, están en un predio del MIIC.
Hoy la asociación reúne a 120 productoras y venden cada lunes y jueves. Esos días bajan con legumbres, tomate de árbol, lechugas, lechuguines, brócolis, rábanos, cilantros y perejiles. La Asociación tiene su propia biofábrica de bioinsumos, que emplean en sus plantas para el crecimiento, floración y engrose, repelentes, a cargo de Osorio, quien es la coordinadora.
Vega dirige la Asociación por su devoción a la tierra y por su mirada joven, clara y decidida. Cuando cambiaron de directiva, las socias buscaron gente joven. “Alegre, humilde, tranquila”, la describe Osorio, quien entonces le dio su voto. Vega tenía 24 años. No se guardó nada para sí: mandó a sus compañeras a charlas y a cursos de género, para que ninguna dependiera solo del marido.
Su conocimiento ancestral fue fortalecido con sus estudios académicos. En la universidad estudió Gestión para el desarrollo local de la sostenible y actualmente cursa una maestría en Desarrollo local, que le sirven para fortalecer la organización campesina.
No todo fue cuesta abajo. Rodríguez recuerda la pandemia: Vega y otras familias armaron un catálogo y llevaron comida hasta barrios de Quito como Calderón y Chillogallo, con protocolos para limpiar hasta las llantas del camión. San Isidro dio de comer a quienes no podían ir a comprar a los supermercados.
La ecuatoriana ganadora del Premio Mundial de Alimentación resume el logro De la mata a la olla así: “la feria ha hecho que nos liberemos, nos ha dado autonomía, que nos expresemos abiertamente y que pensemos en el futuro, en nuestros guaguas, qué tierra y agua les va a quedar para el futuro”.
¿Cómo es Josselyn Vega? Rodríguez la pinta menuda, de poco más de un metro y medio, con una trenza atrás que suelta solo en ocasiones especiales. Ágil, caminadora, rigurosa en la chacra, donde mete la mano en la tierra y discute con su marido cada paso.
Curiosa hasta el detalle: en una cumbre en Camboya —su primer viaje en avión, fuera del país— tomaba fotos de plantas y se quedaba mirando a los pájaros.
Tiene, dice Rodríguez, un liderazgo suave, hecho de preguntas más que de órdenes. “Libro que le entregas, libro que te lee”. Plantea, propone, empuja a pensar en grande. Por eso Heifer Ecuador la sumó a su cuerpo directivo como voz campesina, incluso antes de que llegara el premio.
Ese reconocimiento de los Top Agri-food Pioneers 2026 distingue a 40 pioneros de los sistemas alimentarios; Rodríguez lo compara con un ‘Nobel de la agricultura’, nacido de la figura de Norman Borlaug.
En la lista de este año están investigadores de la papa, yuca, biotecnología, aplicación de la inteligencia artificial, fitopatólogos y más científicos, pero solo hay una mujer del campo y es de Ecuador: es una campesina joven de Pujilí, que ordeña, siembra, vende en la feria y comanda a más de un ciento de mujeres empoderadas. En la ceremonia, que será del 20 al 22 de octubre en Estados Unidos, Vega, fiel a su costumbre, dirá que el rostro es suyo, pero que el trabajo es de todas.
Información externa: Este el Premio Mundial de Alimentación
Josselyn Vega Rojas es una campesina kichwa de 29 años, de la comunidad ancestral de San Isidro (Pujilí, Cotopaxi), y la primera ecuatoriana en ganar el Premio Mundial de la Alimentación, considerado una especie de “Nobel” de la Agricultura.
Contexto: Vega maneja la Granja Agroecológica Kay Pacha junto a su esposo, sus dos hijos, su madre y su hermano, donde produce alimentos libres de químicos para cuidar la tierra y el agua. Llega al galardón como rostro de un trabajo colectivo: la Asociación de Productores Agroecológicos de Cotopaxi, la feria De la mata a la olla y el Movimiento Indígena y Campesino de Cotopaxi. Ella resume su postura con una frase que repite cada vez que la felicitan: “Yo soy el rostro”, para nombrar enseguida a la comunidad y a la organización que sostienen su trabajo.
El Premio Mundial de la Alimentación (World Food Prize) fue creado en 1986 por Norman E. Borlaug y se lo considera una especie de “Nobel” de la Agricultura porque distingue a pioneros de los sistemas alimentarios, un campo que el propio Borlaug consideraba que el Nobel no reconocía.
Contexto: Borlaug ganó el Premio Nobel de la Paz en 1970 por sus contribuciones como científico para aumentar la producción mundial de alimentos y prevenir el hambre, lo que le valió el título de “Padre de la Revolución Verde”. Como no existía un Nobel dedicado a la agricultura, pidió al Comité del Nobel que lo creara; al no lograrlo, fundó este premio. La edición de este año reconoce a 40 pioneros de los sistemas alimentarios, entre los que figura una sola mujer: Josselyn Vega.
De la mata a la olla es una feria agroecológica de Cotopaxi que empezó en junio de 2017 con ocho mujeres y hoy reúne a 116 mujeres y cuatro hombres, que venden cada lunes y jueves productos cultivados sin químicos.
Contexto: Nació de una pregunta que Vega insistía en hacerse: “Avanzamos en agricultura, cuidamos la tierra, pero ¿quién nos consume? ¿Quién les compra?”. Arrancó con el acompañamiento de una escuela de agroecología, varias ONG y el movimiento indígena de Cotopaxi. El camino tuvo infortunios: en el mercado de Latacunga sufrieron violencia, maltrato y burlas, vendieron apenas 25 centavos y las sacaron a la calle un día lluvioso; en Pujilí el Municipio les clausuró el espacio. Hoy funcionan en un predio del MIIC, con su propia biofábrica de bioinsumos a cargo de la coordinadora Mayra Osorio. Vega resume el logro así: “nos ha dado autonomía, que nos expresemos abiertamente y que pensemos en el futuro”.
El agua significa prosperidad para San Isidro, que accedió al riego hace unos 16 años gracias a un canal de cerca de 24 kilómetros; Vega estuvo entre los dirigentes que lo hicieron posible y fue secretaria de la comunidad durante dos años.
Contexto: Antes del riego, la comunidad vivía empobrecida y sin medios de subsistencia. Para los pueblos indígenas el agua es un elemento sagrado: “El agua y la tierra nos dan vida. No es posible tener nada sin agua y sin tierra”, dice Vega. En su etapa como secretaria caminó las mingas y cuidó el páramo comunitario, una área protegida de la que obtienen agua para consumo humano, aún entubada. Hoy un aguatero recorre los sistemas cada día para que el riego no falte en las épocas secas. En esa misma dirigencia conoció a su esposo, Milton Guamán, que presidía la comunidad cuando ella era secretaria.
Josselyn Vega recibirá el premio del 20 al 22 de octubre de 2026 en Iowa (Estados Unidos), estado de origen del creador del galardón, Norman Borlaug.
Contexto: Cuando recibió la noticia se sintió feliz, “fue una sorpresa muy bonita”, aunque al inicio no dimensionaba su importancia; el significado creció con las llamadas y las publicaciones en medios. Heifer Ecuador, que acompaña a San Isidro en su lucha por el agua, la tierra, la agroecología y el liderazgo, facilitará su presencia en la ceremonia. Fiel a su costumbre, Vega dirá que el rostro es suyo, pero que el trabajo es de todas.