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César Silva convierte a la viruta y aserrín en productos de embalaje

Cesar Silva creó el emprendimiento Biofábrik, que produce embalajes biodegradables. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Corría el 2014 en la isla San Cristóbal, en Galápagos. Unos pescadores invitaron a César Silva a conocer una zona de captura de langostas, cerrada al turismo y, a lo sumo, unas 200 personas tienen acceso.

Es uno de los parajes más espectaculares que vio, dice. Pero le impresionó encontrar, incluso allí, plásticos arrastrados por las corrientes.

En esa época, en la que este economista guayaquileño se interesó en temas de conservación y biotecnología, vivía en las Galápagos y trabajaba en la Secretaría de Planificación y Desarrollo. Poco después comenzó a revisar estudios internacionales, a investigar sobre biomateriales y a realizar los primeros ensayos empíricos.

Biofábrik, el emprendimiento que Silva inició formalmente en el 2019, obtuvo en agosto pasado el Premio Latinoamérica Verde, categoría Residuos Sólidos. Él produce embalajes y protectores biodegradables que reemplazan el espumafón (poliestireno expandido).

El laboratorio, un invernadero de hongos, un taller de purificación y mezcla de materiales se encuentran en una vivienda del sector industrial de la ciudadela Santa Adriana, en el norte de Guayaquil.

El galardón socioambiental más importante de la región reconoció a tres iniciativas ecuatorianas y destacó la forma en la que Biofábrik crea esquineros y protectores para embalar electrodomésticos, autopartes o muebles a partir del uso de residuos de madera, como la viruta y el aserrín.

Una caja de poliestireno o espumafón tarda 500 años en degradarse. Con este material plástico espumado de un solo uso se embala y protege todo tipo de productos.

El emprendimiento de Silva crea los mismos implementos, a partir del uso del material de desecho de aserraderos y una goma que se obtiene de la raíz (o el micelio) del hongo ganoderma, una especie comestible también conocida como reishi.

Esta mezcla de los materiales orgánicos produce una composta similar a uno sintético. Se pone en reposo, se coloca en unos moldes para darle la forma geométrica deseada y después va al secado, que es un proceso que toma al menos 10 días hasta obtener los protectores para el embalaje.

“Es un producto orgánico, se descompone en seis meses y es fuego resistente, es decir, tolera el fuego tres veces más que el espumafón”, comenta Silva, quien tiene 39 años.

La fase de comercialización empezó este año con prototipos que Biofábrik envía, todavía a pequeña escala, a tres mueblerías del país. También han tenido los primeros acercamientos con una industria de electrodomésticos.

Además de los efectos contaminantes y posibles afectaciones a la biodiversidad del uso de espumafón, también representa ingentes salidas de divisas al país. Ecuador importa al mes USD 1,5 millones en solo una de las partidas de poliestireno expandido granulado, según cifras de este año de la plataforma de comercio internacional Veritrade.

El precio internacional de un esquinero de espumafón está en USD 0,25, pero si se añade el costo de flete, seguro, desaduanización y aranceles finalmente puede alcanzar un valor de entre USD 0,75 y 0,90.

Esto sin contar con el “costo-oportunidad” de invertir dinero e importar grandes cantidades de poliestireno, para mantener las existencias en bodega, observa Silva. El mismo esquinero en material biodegradable tiene un costo de entre USD 0,75 y 0,80.

En Biofábrik reconocen que existen costumbres e ideas preconcebidas que frenan el uso de material biodegradable en el embalaje, a pesar de las diferentes ordenanzas municipales que existen en el país de reducción progresiva de plásticos de un solo uso.

“El espumafón es blanco impoluto, pero los embalajes biodegradables son mucho más rugosos y cambian de color según la consistencia de la viruta, así que hemos tenido que pintarlos de blanco para ajustarnos a lo que las empresas y sus clientes esperan”, explica.

En términos técnicos, el micelio del hongo sirve como aglutinante de la mezcla con aserrín y viruta; para ello se reproduce en placas de petri (recipiente de vidrio redondo) en el laboratorio, y luego se pasa a botellas, lo que permite escalar los volúmenes requeridos del material sin necesidad de cultivar enormes cantidades del champiñón.

Pero en Biofrábrik cultivan en una habitación-invernadero el hongo comestible ganoderma o reishi para una segunda línea de su negocio.

Ahora producen 300 frascos al mes del reishi triturado para consumir como infusión, ya que es reconocido por sus propiedades medicinales en Asia y usado como complemento para la salud cardiovascular.

Se trata del primer invernadero de Guayaquil con notificación sanitaria para comercializar el reishi; por lo pronto, está disponible en tiendas de alimentos orgánicos a escala local, pero la idea es apuntar a los mercados internacionales.

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