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De diálogos y lanzas

En un coloquio de filosofía que tuvo lugar en vísperas de la movilización de la Conaie, el profesor colombiano Guillermo Hoyos (duro crítico del presidente Álvaro Uribe) y otros participantes, se refirieron al diálogo como sustento de la democracia participativa.

La tesis la ha sustentado Habermas. En apretado resumen: si los actores sociales deciden dialogar racionalmente, superando sus particulares intereses estratégicos, su acción comunicativa permitirá alcanzar consensos válidos.

A ese diálogo, que implica una ciudadanía informada y libre, debe contribuir una opinión pública responsable y crítica.

Así, diálogo y democracia participativa tienen ese mítico encanto del buen vivir, el sumak kawsay y los derechos de la naturaleza. Son incontestables…

El problema que subyace en esa tesis es el supuesto equilibrio entre quienes se comunican. Participarían de iguales códigos y de igual disposición de canales de comunicación. Tendrían que despojarse de sus intereses particulares en aras del bien común.

Poseerían igual poder político, económico y cultural. Quizá esto haya sucedido en algún idílico cantón suizo roussoniano.

En realidad, la comunicación es asimétrica. A los señores de la guerra o a los causantes de la crisis financiera apenas si les llega el rumor de sus víctimas.

Pero en cambio ellos sí se dejan oír siempre en las estructuras del poder político. Romper la asimetría es parte de la acción política democrática.

Sin embargo, no hace falta ser habermasiano para comprender que incluso una democracia imperfecta requiere formas de diálogo basadas en el respeto entre interlocutores, en la apertura de estos para comprender las razones ajenas, para argumentar y convencer, en la disposición para modificar al adversario y para modificarse a sí mismos.

Un gobernante demócrata debería en cierto modo despojarse del poder del que se está investido.

Quizá hasta haya un lado positivo en ciertos desatinos de nuestro Presidente, pues contribuye a desmitificar la “majestad” del poder al exhibirlo desnudo.

Que la verdad sea luminosa es una idea teológica. Talvez el Rey Sol creía tener la fuerza de la verdad en la luz de su espejo. Semejante idea hoy resulta vanidad pura. En el mundo profano reina el claroscuro. Por ello, hay que aprender a ver junto a los otros, junto al adversario, al distinto.

Se podría pensar que hoy día ninguna guerra se gana con lanzas.

Pero, ¡qué valor simbólico pueden adquirir unas lanzas levantadas en nombre de la dignidad, cuando a todos nos enseñan a escucharnos, a respetarnos mutuamente!

Columnista invitado

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