21 de octubre de 2018 00:00

Hay arbitrariedad en los roles

María Amelia Viteri en uno de los pasillos de la cafetería del OchoyMedio, donde a veces sostiene reuniones de trabajo sobre temas vinculados a los estudios de género. Foto: Diego Pallero / El Comercio

María Amelia Viteri en uno de los pasillos de la cafetería del OchoyMedio, donde a veces sostiene reuniones de trabajo sobre temas vinculados a los estudios de género. Foto: Diego Pallero / El Comercio

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Gabriel Flores

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El debate sobre los roles que hombres y mujeres cumplen en la sociedad volvió al escenario mediático después de las declaraciones de Valeria Morales (Miss Colombia) sobre la participación de Ángela Ponce (Miss España), en el concurso de Miss Universo. En ese contexto, María Amelia Viteri, experta en estudios de género, reflexionó sobre la vigencia de esos roles. Lo hizo unas horas más tarde de enterarse que la justicia ecuatoriana había aceptado el cambio de nombre y de sexo en la cédula de Amada, una niña transgénero.

¿Es anacrónico seguir pensando que hombres y mujeres nacieron para desempeñar determinados roles en la sociedad?


Definitivamente es anacrónico. No hay nada biológico, nada debajo de tu piel a nivel cromosómico o de ningún otro tipo que mande sobre un rol en términos de género. Lo que sabemos desde la biología es que la diversidad humana es enorme. Lo que pasa es que hemos querido encasillar esa diversidad en dos: hombre y mujer, masculino o femenino, o heterosexual u homosexual por dar tres ejemplos de estos cajones binarios antagónicos.


¿Por qué el sexo con el que nace una persona sigue primando al momento de pensar en los roles que se tiene que desempeñar en una sociedad?


Porque fue a los órganos genitales externos e internos a los que se adjudicaron los roles. El historiador Thomas Laqueur en su libro ‘La construcción del sexo’ muestra un estudio de los anatomistas del siglo XIV, en el que hombres y mujeres eran dibujados de forma similar. Hasta antes del siglo XVIII se pensaba que los dos teníamos un tipo de pene. La diferencia era que en el uno era externo y en el otro interno. 


¿Entonces en el siglo XVII este discurso binario de los roles toma impulso?


En ese siglo se produjeron muchos avances en el estudio de la medicina, que en ese tiempo estaba específicamente a cargo de hombres. En este punto hay que decir que la diferencia nunca es el problema sino la jerarquía de la diferencia que es la que creó roles diferenciados, que con el paso del tiempo se convirtieron en mejores o peores, o en más remunerados o menos remunerados dependiendo de quiénes los ejecutan. Es una prueba de que en la división de roles hay significados atribuidos de forma arbitraria a órganos genitales de hombres, mujeres y personas intersexuales.


En ese contexto, ¿cuál es el peso de instituciones como la Iglesia al momento de determinar los roles que deben seguir cumpliendo las personas?


En el caso de Ecuador, la Iglesia es determinante porque somos mayoritariamente católicos y aunque no seamos practicantes lo somos culturalmente. La mayor parte de sus discursos siempre acentúan los roles tradicionales de las mujeres como si fuesen biológicos. Dentro de esa lógica, ser mujeres es igual a ser madres por ejemplo, algo que en la realidad no se aplica a todas. 


¿Y qué pasa con instituciones como la familia?



La familia es la primera institución que enseña y legitima a los niños y a las niñas qué es ser masculino o femenino y posteriormente qué es ser hombre y qué es ser mujer. Al hacerlo, con la rigidez que se lo hacen las familias del país, lo que sucede es que se acentúan las formas estereotipadas de ser niño o niña. En ese contexto se desvaloriza, deslegitima y sanciona cualquier rol que podría estar fuera de la norma. Esto aplica a los juguetes, los colores, las prendas de vestir y luego a otras cosas como los pasatiempos y las profesiones. 


En esta dinámica se sigue creyendo que los roles de las mujeres están destinados a ser ejecutados en la vida doméstica mientras que los roles de los hombres, en la vida pública.



Ahora las estadísticas nos muestran lo contrario. Las mujeres han venido trabajando y proveyendo un ingreso económico importante a sus familias desde el espacio público hace más de un siglo. Al inicio las mujeres de familias con mejor economía accedían a este espacio, a través de extensiones de ese rol, otorgado arbitrariamente, de dadoras de cuidado. Trabajaban de enfermeras, secretarias o maestras. Lo que vemos desde hace 10 años es un acceso masivo de las mujeres a la universidad y eso debería incidir con el tiempo en un compartir equitativo de la distribución de los roles. Lo que ha pasado hasta ahora es que se ha sobrecargado a las mujeres con más trabajo, el doméstico y el profesional.

¿Por qué ha sido tan complicado que los hombres asuman los roles domésticos de una manera equitativa?

Porque les parece más cómodo seguir con el actual mandato cultural. Cuántos hombres crees que dirían yo me apunto a hacer ese trabajo de forma equitativa. Las estadísticas del uso del tiempo de las mujeres versus el de los hombres dice claramente que la mujeres urbanas y rurales trabajan más que los hombres. No es una percepción, son hechos que están basados en ideas estereotipadas que crean mandatos sociales y refuerzan roles. 


También están los roles destinados a la crianza y a los afectos.


Como dije no hay nada biológico que impida a los hombres ser tan buenos dadores de cuidado que las mujeres. Para mí la dificultad de asumir esos roles responde a que se ha trabajado poco con las masculinidades dominantes. Necesitamos que se genere un trabajo de hombres con otros hombres para que se entienda que ser tierno, cocinar, lavar, planchar o limpiar la casa no te hace menos hombre, o te convierte en un marica, mandarina o potencialmente homosexual.


¿Entonces el miedo a la discriminación es uno de los factores de mayor presión al momento de querer ejercer esos roles?


Claro, está el miedo que sienten a ser estereotipados, juzgados y a no pertenecer a un grupo de pares. Salir del molde implica un precio. Hay hombres que ya lo han hecho y están generando nuevos modelos de masculinidades o nuevas formas de ser hombres no violentos pero todavía son una minoría. Con las masculinidades dominantes los hombres pierden tanto como las mujeres.


¿Cómo los reconocimientos sociales y jurídicos a las diversidades de género, como en el caso de Amada, podrían afectar a los roles de hombres y mujeres en la sociedad?


Mi lectura como antropóloga es que este reconocimiento es un paso enorme a favor del respeto a las diversidades. Sin embargo, si bien las leyes apuntan en la dirección correcta del cambio hacia una equidad no necesariamente están cambiando los patrones culturales. Ahí entra el tema de los roles porque son una de las manifestaciones de estos mandatos sociales, que repito son arbitrarios y estereotipados. 


Judith Butler sostiene que este binarismo en la existencia de roles es uno de los factores que más desencadena la violencia de género.
Algo que lo que habla Butler es sobre la performatividad del género, que es cómo aprendes a ser hombre y mujer. También te recuerda que los roles son asignados a los cuerpos y que esos cuerpos tienen órganos. En ese contexto te muestra cómo las masculinidades y feminidades rígidas operan, y que no solo violentan a mujeres y niños sino a las comunidades glbti. Es un problema enorme porque causa discriminación en todos los frentes. 


Usted viene de la academia, ¿la división de roles funciona igual ahí?

Todavía tienes una división de género por áreas profesionales. Tienes más mujeres en las ciencias sociales, por los mismos imaginarios arbitrarios de que las mujeres son mejores para las letras y los hombres mejores para los números. Si miras el número de mujeres en espacios de decisión en el mundo académico va a ser menor al de número de hombres. La palabra género todavía es una mala palabra y los estudios sobre géneros y diversidades todavía son vistos como menos importantes que otros estudios.

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