Juan Cuvi

Sumak kawsay

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9 de April de 2012 00:01

La marcha indígena evidenció el distanciamiento cada vez mayor entre mundo urbano y mundo rural. Más allá de la solidaridad expresada en cada pequeña ciudad por donde pasaron los marchantes, así como de la adhesión del pueblo de Quito el 22 de marzo, ya no se percibe el mismo entusiasmo citadino de los levantamientos de los años 90. Es como si el imaginario democratizador que se auguró por la irrupción política de los indígenas, estuviera hoy desconectado de los nuevos imaginarios urbanos.

La gente de la ciudad reconoce y acepta las demandas indígenas y campesinas por sus derechos; entiende la diversidad cultural como componente de la sociedad ecuatoriana; rechaza la arbitrariedad y el abuso con que el Gobierno Nacional pretendió desarticular las protestas; pero ya no intuye que en la integración pluricultural se encuentre una respuesta a la construcción de un proyecto de país que responda a sus expectativas.

La urbanización del ethos nacional aparece como una tendencia incontenible, entre otras causas porque el crecimiento urbano va aparejado con el despoblamiento rural. La migración campo-ciudad no se detiene.

El Gobierno no solo que no ha definido una estrategia para revertir esta tendencia, sino que ha profundizado un discurso que hegemoniza el imaginario urbano. Únicamente así se entienden las políticas neodesarrollistas que aplica en forma avasalladora. La tozuda defensa del extractivismo como opción “razonable” de desarrollo constituye el más palpable alineamiento con un paradigma de transformación social caracterizado por la parafernalia consumista y metalizada de la satisfacción humana. El saco de oro del mendigo es una burda alegoría de la modernidad más destructiva: hace referencia a la riqueza fácil, a la codicia, a la supremacía de la economía sobre la naturaleza y a la subordinación del proyecto humano al dinero.

El discurso oficial está dirigido principalmente a los consumidores, cuyos principales referentes son los estilos urbanos, hoy universalizados como consecuencia de la globalización. Por ello su mensaje convence a ciertos grupos sociales: porque garantiza continuidad a los actuales consumidores y ofrece esperanza a los consumidores marginados.

El mundo rural ecuatoriano enfrenta un dramático desafío cultural, que podríamos calificar como supervivencia civilizatoria. Además de las políticas concretas, estamos obligados a debatir sobre la trascendencia que le vamos a asignar al sector rural en el sumak kawsay.

Hay que preguntarse si la trillada frase de “volver los ojos al campo” deja de ser un saludo a la bandera para convertirse en un proyecto responsable de construcción de una nueva sociedad, por oposición a la modernidad capitalista uniforme y salvaje que está imponiendo el correísmo.