Juan Cuvi

Desesperados

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Hay desesperación en las filas del oficialismo. Se huele. Seguramente la cúpula correísta dispone de cifras reales sobre las tendencias electorales.
Cuenta con los recursos indispensables para hacer mediciones diarias. Sus perspectivas frente a las próximas elecciones deben oscilar entre la adversidad y la debacle. Se siente.

El desgaste natural de Alianza País se ha acelerado debido a la inocuidad de su principal candidato y a los escándalos de corrupción.
El binomio verde-flex combina inercia con desconfianza, y así es muy difícil ganar una elección.

Como reacción primaria y ofuscada, el Gobierno ha exacerbado las más refinadas prácticas electorales del viejo populismo. Las ofertas de campaña desbordan toda lógica y todo realismo.

De la mesura bonachona, Lenín Moreno ha pasado a la más agresiva demagogia. Con estos juegos pirotécnicos pretende disimular las presunciones de corrupción. Vano propósito: la descomposición moral del régimen terminará ahogando los afanes continuistas.

La propaganda desbocada y las arbitrariedades electorales complementan este cuadro de ansiedad colectiva. Sin la más mínima vergüenza, el oficialismo atropella leyes y reglamentos. Funcionarios públicos fanatizados, chantajeados o amenazados hacen campaña por el partido de Gobierno, a plena luz del día. Echan mano de todos los recursos estatales que tienen a su alcance. Incluso se llegó a divulgar una encuesta falsa desde un dispositivo electrónico de un alto funcionario pagado con fondos públicos.

Los correístas quieren ganar a la brava un partido que –para fortuna de los ecuatorianos– se resuelve en el coto reservado de la conciencia individual. Aquí sí cabe la vieja y trillada frase de que el voto nos hará libres. Libres de la manipulación y del abuso de poder, libres de la corrupción y del autoritarismo.

Por si fuera poco, el Presidente ha entrado de lleno, y por senderos escabrosos, en la campaña electoral.
No –como se suponía– a favor de una consulta que, al parecer, a nadie interesa y ya está perdida, sino para apuntalar unas candidaturas que se desvanecen.
Pero parece que a sus estrategas no les sirve de mucho la experiencia: como en 2014, mientras más intervenga Correa en la campaña, más amplia será la derrota de Alianza País.

No obstante, si el correísmo no percibe los estertores de su mal llamado proyecto, las fuerzas de la oposición tampoco reflexionan sobre el día después.
Frente a un desplome anunciado, ya se debería pensar en la reconstrucción de la democracia, en la recuperación de los derechos y las libertades, en la generación de un proyecto alternativo que recupere el sentido y la dignidad de la política, en las vías para un auténtico cambio.
No solo hay que desmontar el correísmo; hay que superar el populismo. Un siglo de los mismo es demasiado.