Juan Cuvi

Participación y autonomía

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14 de November de 2013 00:01

La participación ciudadana sigue siendo un cuello de botella para las sociedades modernas. Sobre todo para las sociedades con una débil institucionalidad democrática, como la nuestra. Los desencuentros entre representación electoral y acción directa de las organizaciones sociales no encuentran una forma viable de superación. Al contrario, la lógica y las urgencias del poder político han relegado a un plano secundario a la dinámica de la sociedad civil.

Por encima de la retórica oficial, o de los contenidos constitucionales, los movimientos sociales enfrentan un permanente y peligroso proceso de devastación. El desmantelamiento de organizaciones populares, ONG, gremios, asociaciones, comités, etc. ocurrido en los últimos años, ya sea por cooptación o por asfixia, es obvio.

La ficción de que el Estado puede hacerse cargo de la agenda social es cada vez más frecuente en el discurso del gobierno y de Alianza País. Supuestamente, el hecho de que antiguos militantes de estos movimientos ocupen hoy altos cargos de gobierno asegura la realización de las aspiraciones ciudadanas.

Pero esta visión no es más que una reedición del viejo sueño estatista de inicios del siglo XX. El problema es que tal aspiración no solo demostró su inviabilidad democrática en su momento, sino que resulta inaplicable en las actuales condiciones del mundo. Al vértigo, la precariedad y la transitoriedad que caracteriza a las sociedades contemporáneas (lo que Zygmunt Bauman denomina modernidad líquida), hay que añadir, en el caso ecuatoriano, una diversidad sociocultural imposible de encasillar en un proyecto uniforme.

La propia denominación del Estado como plurinacional refleja una realidad incuestionable: no se trata de un simple ejercicio de técnica constitucional, sino de la constatación de una pluralidad indispensable para la convivencia social.

En una reciente publicación del Contrato Social por la Educación (Participación ciudadana, políticas públicas y educación) se sintetiza en la noción de autonomía el sustento de una participación ciudadana efectiva. Frente a la lógica absorbente del Estado, los proyectos de vida surgidos desde el imaginario de la base social constituyen la única garantía para democratizar el poder y la política. Además, son la estrategia más consistente para sustentar cualquier transformación social.

No obstante, el correísmo ha identificado en esa multiplicidad de proyectos de vida autónomos una amenaza para su modelo de control social centralizado y autoritario. Como señala Mario Unda en el libro mencionado, desde el Gobierno se ha promovido una "expropiación de la iniciativa popular por parte del Estado, que se presenta como el actor privilegiado -acaso único- de la posibilidad de cambios ".