Juan Cuvi

La gran reculada

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Elcorreísmo terminó atrapado en sus propias telarañas. La tramposa estrategia electoral para lograr una mayoría absoluta en la Asamblea Nacional hoy le pasa una costosa factura.

Haber dejado a amplios sectores sociales sin representación en ese espacio de debate político obligó a la ciudadanía a tomar las calles. Y en ese campo la derrota del Gobierno ha sido abrumadora. Irreversible. Ni todos los sánduches del mundo lograrán movilizaciones significativas. En algunas ciudades, las concentraciones opositoras quintuplicaron a las oficiales.

La gran reculada del último lunes tampoco conseguirá calmar los ánimos. Más bien puede estimular una lógica contraria: las organizaciones sociales se dieron cuenta de que solo son escuchadas mediante la presión callejera. Sobre todo si afectan un interés primordial del régimen. Como la visita del papa Francisco, por ejemplo.

No sería de sorprenderse que las protestas arrecien en función de conseguir reivindicaciones aún más sentidas por la sociedad, como la derogatoria del Decreto 16, la suspensión del Plan Familia, la libertad de expresión o el pago del 40% de los fondos jubilares del IESS.

La sacudida de la semana pasada deja algunas lecturas. En primer lugar, pone en evidencia la desconexión del Gobierno con la ciudadanía. Las dos leyes de la polémica demostraron un absoluto desconocimiento de la idiosincrasianacional. La afectación a la herencia y la plusvalía desató una indignación generalizada: los ricos porque en su codicia no están dispuestos a ceder un ápice; los pobres porque en su carencia no permitirán que se sacrifiquen sus aspiraciones patrimoniales. El 15 de junio no triunfó la derecha ni los pelucones ni la clase media ni los políticos de siempre; triunfó el patrimonio familiar.

En segundo lugar, demuestra que el “proyecto” de Alianza País ha sido una simple construcción retórica. La errática política económica de estos años funcionó amparada en la abundancia de recursos. Jamás hubo una hoja de ruta ni un horizonte político medianamente definido. Todo operó en función de la improvisación y la fatuidad del caudillo.

Una vez consumidas las arcas públicas, la seguidilla de errores, contradicciones e inconsistencias no ha cesado. Las apuradas e inconsultas rectificaciones del último mes así lo confirman. En estos momentos resulta imposible predecir hacia dónde quiere ir el régimen.

En tercer lugar, prueba el agotamiento de la propaganda oficial. La campaña publicitaria con que buscan salir del berenjenal en que se metieron ha pasado de la manipulación a la fantasía. Se difunden argumentos que carecen de asidero en la realidad del país.

¿Cómo piensan revertir la desconfianza y la suspicacia que generaron con el retiro atolondrado de las propuestas de ley? Peor aún si se trata de un retiro con piola.