Pablo Cuvi

Memorias de un aristócrata

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Guachalá fue una de las principales haciendas de este país desde los tiempos de la Colonia, todo un símbolo de la aristocracia serrana cuyo poder se asentaba en la posesión de la tierra y de los indios. Durante algunos años del siglo XIX fue administrada por don Gabriel García Moreno y al avanzar el nuevo siglo ya estaba en manos de los Bonifaz, apellido de origen italiano que trajera al Ecuador un diplomático peruano. Precisamente, en 1932, la supuesta nacionalidad peruana de Neptalí Bonifaz Ascázubi será el pretexto para que los liberales lo descalifiquen tras haber ganado las elecciones presidenciales, desatando la Guerra de los Cuatro Días que bañara en sangre las calles de Quito.

Su delgado y eléctrico nieto, Diego Bonifaz Andrade, propietario final de la casa de la hacienda convertida en hostería, narró esa historia en un librito publicado por Abya-Yala. Y hace poco creyó necesario añadir un enfoque personal al asunto contando su exuberante y contradictoria biografía, atada a Guachalá no solo por los lazos de la sangre sino por el galope de los caballos que han sido la pasión de su vida. Bueno, los caballos y la política, para mantener una tradición que incluye a otro arrendatario pintoresco: el coronel Juan Manuel Lasso Ascázubi, fundador del Partido Socialista, quien organizaba levantamientos revolucionarios con los indios de la hacienda.

Como me encantan las memorias de personajes desenfadados y dispuestos a contar la plena, apenas obtuve ‘La vida que me busqué’, que luce una foto de la hacienda en la portada, la leí de un tirón. Aclaro: no tiene la calidad literaria de, por ejemplo, ‘El olvido que seremos’ porque Diego no es escritor profesional, pero con un lenguaje claro y directo hace un retrato irónico, angustioso a ratos, tierno y mordaz al mismo tiempo, y con ese indispensable toque de elegancia y una pizca de cinismo que uno admira en los ingleses decadentes de las películas porque jamás los encuentra en la vida real. O sea que es la pintura, no solo de sí mismo, sino de una clase social que se está desintegrando.
Si aprendimos en ‘Ana Karenina’ que cada familia es desdichada a su manera, aquí la culpa se encarna en el King, el hermano diez años mayor que sufre de parálisis cerebral, usa muletas y transgrede las normas para expresar su rechazo al mundo.

Aunque intelectual, la rebelión de Diego también juega en los límites pues es el hijo de embajador que lee ‘La náusea’ de Sartre en París, se vuelve obeso por la ansiedad e intenta suicidarse. Luego, su afán de justicia le llevará a entregar partes buenas de la hacienda en la Reforma Agraria y a volverse hippie durante sus estudios de ingeniería en Stanford.

Será también un activo militante de la ID, impulsará el Desarrollo Rural Integral y, para rizar el rizo, conquistará la Alcaldía de Cayambe como parte de Pachakutik. Sí: el último aristócrata aliado con los indígenas para arreglar el mundo.

pcuvi@elcomercio.org