Juan Cuvi

Fobia a la inteligencia

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La inteligencia es la capacidad humana para elaborar ideas a partir de cierta información. No implica solamente el ejercicio de las facultades cerebrales. Según los entendidos, hasta los animales deben pensar para realizar determinados actos. El perro que reconoce a su dueño, pero muerde al vecino, también piensa: establece una diferencia entre dos situaciones.

Quizás el mayor atributo de la inteligencia sea el acto de crear, de relacionar de tal manera la información que se puedan desarrollar ideas nuevas, explicaciones diferentes sobre la realidad, sobre los fenómenos naturales, psíquicos o sociales.

Para esto justamente se crearon, entre otras instituciones, las universidades. Más que para transmitir conocimientos -como lo proclaman ciertas visiones simplonas respecto del mundo académico-, para desarrollarlos. No existe universidad sin innovación, como no existe innovación sin crítica. Para crear hay que dudar, salirse de la norma, desconfiar de las verdades oficiales.

Nueve años de régimen nos han demostrado que el correísmo tiene una animadversión casi patológica por la inteligencia. Una fobia. Empezando por el Presidente de la República, quien no soporta a nadie más inteligente que él. Lo niega, lo descalifica, lo agrede; si está en su entorno más cercano, lo refunde en los más insondables abismos del anonimato o lo expulsa inmisericordemente del paraíso verde-flex. Si pudiera, los desaparecería a todos con una varita mágica.

Esto explica, entre otros factores, la sistemática e implacable arremetida del Gobierno en contra de las universidades autónomas y de los medios de comunicación independientes. En esos ámbitos moran los que dudan de las verdades oficiales. Pero desde la homogenización intelectual con que sueña Alianza País, todo pensador ingenioso está en la mira. Salirse de la mediocridad oficial constituye un atentado, una amenaza a la pomposidad del proyecto correísta. El pensamiento crítico dejó de ser virtud para convertirse en vicio.

La Universidad Andina Simón Bolívar se ha ganado a pulso un notable prestigio académico. Dentro y fuera del país. Y no precisamente por contar con docentes y estudiantes sumisos y serviles a ningún gobierno de turno. Esta postura crítica y autónoma debe provocar rasquiña en las alturas del poder político. Solo así se entiende la tosca ofensiva desatada en contra de la elección de su nuevo rector. No se trata del atropello a un derecho; se trata del atropello a la inteligencia.

Seguramente el régimen no descansará en sus intentos por uniformizar a esta universidad bajo el rasero de la estrecha intelectualidad oficialista. Necesita de más áulicos que canten sus patéticas glorias. Por fortuna, la pequeñez es una pústula que no pasa desapercibida frente al penetrante ojo de la historia.

Columnista invitado