Juan Cuvi

Agricultura y matriz productiva

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4 de June de 2013 00:01

Fisiocracia significa gobierno de la naturaleza. Como doctrina económica fue desarrollada en el siglo XVIII, en la Francia prerevolucionaria, y tuvo gran influencia en las escuelas económicas posteriores.

Su principal postulado fue que la agricultura es el único sector realmente productivo de la economía, puesto que la naturaleza tiene la virtud de generar excedentes en forma permanente e indefinida. Según sus principales ideólogos, solamente la naturaleza permite que el producto obtenido siempre sea mayor que los insumos utilizados en su producción. Esto, en lenguaje tecnocrático actual, no es otra cosa que la sostenibilidad de un sistema.

Los fisiócratas quedaron en desuso frente a la arrolladora imposición de la revolución industrial. No obstante, algunas de sus ideas están siendo recuperadas al tenor de la crisis ambiental. Los límites ecológicos y económicos del modelo tecnológico-industrial plantean una reconsideración urgente del actual sistema de producción mundial.

El tema agrario en América Latina sigue siendo crucial. Tanto, que las actuales negociaciones de paz entre las FARC y el Gobierno colombiano atraviesan justamente por su debate. No es casual que el primer punto de entendimiento apunte precisamente a una transformación de la estructura agraria de ese país. Es bien sabido que las guerrillas colombianas se originaron y subsistieron como consecuencia de las profundas desigualdades rurales. Con un aditamento: la violencia crónica se acentuó por la irrupción de otro fenómeno también anclado a una lógica agraria: el narcotráfico. A menos que alguien descubra cómo sembrar coca en las veredas, ese negocio seguirá dependiendo de la disposición y control de extensas zonas campesinas.

En el Ecuador, nuestro potencial agrícola pasó a engrosar la larga lista de entelequias con que se ha pretendido copar el imaginario nacional. La producción petrolera -y la consecuente sustitución de importaciones de los años setenta- asignó al sector agrícola un rol secundario. En esa lógica, la muletilla de "sembrar el petróleo", con la cual se auguraba un futuro de felicidad para todos, no pasó de ser una amarga alegoría; en realidad, de lo que se trató fue de sembrar las condiciones más propicias para un proceso de modernización que, como prioridad, favoreció las demandas de los sectores urbanos: carreteras, infraestructura productiva, comercio, consumo, turismo, electrificación.

Hoy el correísmo debe hacerle frente a un desafío inminente: ningún cambio de la matriz productiva puede producirse de espaldas al agro, lo cual implica responder a las demandas de los sectores campesinos e indígenas que cuestionan tanto la política minera del Gobierno como la desidia legislativa frente a la urgencia de una reforma agraria profunda.