
Víctor Arregui guardó un secreto durante 35 años, pero el cine le permitió revelar el abuso que padeció en 1987. En esos tiempos era militante de izquierda y fotógrafo de campaña, fue víctima de un abuso sexual que lo dejó marcado para siempre. Calló por décadas, hasta que decidió romper el silencio con El día que me callé, su última película y la más íntima y brutal.
Arregui se reconoce como un muchacho indisciplinado, callejero. Pasó por al menos seis colegios de Quito, entre ellos el Brasil y el Indoamericano, y terminó sus estudios en un nocturno. Su adolescencia se alimentaba de caminatas sin rumbo, de buses tomados al azar, de la Jipijapa a la Villaflora, de la Kennedy al centro. Su historia personal se forjó fuera de las aulas, en la calle y en la militancia política de los años ochenta.
En ese tiempo, militó en el Partido Comunista y en Liberación Nacional, donde aprendió a tomar fotos y filmar. Allí comenzó lo que luego sería su oficio: contar historias con imágenes. No pasó por la universidad ni siguió una formación académica tradicional; su escuela fueron las reuniones de partido, las campañas políticas, los amigos y el aprendizaje autodidacta.
La película nace de un episodio devastador. En 1987, durante la campaña de Frank Vargas Pazzos, Arregui fue víctima de un abuso sexual brutal. Lo calló por más de tres décadas, cargando con la culpa y la vergüenza. Fue su codirectora, Isabel Dávalos, quien lo impulsó a escribir por primera vez lo ocurrido. De esa escritura visceral, casi un vómito, surgieron las crónicas que luego se convirtieron en guion.
En las proyecciones, el eco de la película se multiplica. Desconocidos se acercan y le dicen en voz baja: “Gracias por contar mi historia”. Lo que parecía un testimonio personal se revela como una experiencia compartida, un espejo en el que otros también reconocen su propio silencio. Arregui confiesa que el estreno fue duro: revivir el trauma, ver cómo la pantalla lo multiplicaba, y al mismo tiempo sentir la catarsis de que su secreto ya no era solo suyo.
Ese hecho marcó su salud y su destino. Tres infartos, siete stents, dos bypass. El cuerpo, dice, guarda las huellas de la violencia. Sin embargo, no se dejó aniquilar: formó una familia, tuvo dos hijos, hizo cine, se sumergió en excesos y volvió a emerger. Su vida es la suma de esos vaivenes, como las ciudades que filma: crudas, contradictorias, entrañables.
Con El día que me callé, Arregui transforma el dolor en cine. La película no solo narra un abuso, sino que expone el peso del silencio y la vergüenza. Es un acto de memoria, pero también un gesto de liberación. Como toda su obra, se sitúa entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo que duele y lo que puede sanar.
