
Diego Alejandro Jaramillo, director general de IDE Business School, explica en La Pizarra EC que el talento se forma y se alinea a un propósito para sostener la productividad en Ecuador y el mundo. El académico advierte que la inteligencia artificial exige ética, pensamiento crítico y cercanía directiva para no deshumanizar el trabajo.
La Pizarra EC, el laboratorio de ideas de EL COMERCIO, recibió a Diego Alejandro Jaramillo para conversar sobre “talento con propósito”. El invitado sostuvo que el talento no es un don aislado.
El talento integra la persona, la formación y la experiencia, y se potencia con un propósito claro. El académico pidió a las organizaciones dirigir con cercanía y dedicar tiempo a formar personas en un entorno de cambio acelerado.
Jaramillo definió el talento como la suma de tres dimensiones: “Lo que soy como persona, lo que he estudiado y lo que he vivido”. El experto afirmó que la inteligencia ordena estas piezas y que la voluntad las pone en acción. El directivo pidió a las empresas distinguir qué competencia fortalecer en cada caso. Si el déficit es técnico, la respuesta es estudio y entrenamiento.
Si la brecha es práctica, la vía es experiencia en campo. Si la necesidad es personal, el camino es tutoría, mentoría o coaching. “El talento se forja. Se forma”, dijo.
El invitado señaló que las organizaciones enfrentan un desafío inmediato por la irrupción tecnológica. Mencionó la demanda de ética, pensamiento crítico, adaptación y cambio constante. El académico alertó sobre el riesgo de “tragar entero” lo que ofrece la inteligencia artificial. “Necesito gente ética”, insistió.
En el ejercicio de cierre, calificó con –8 el riesgo de una IA “sin humanizar” y con –6 la negativa a cambiar. Al lado positivo, ubicó la cercanía con 9 y el talento con propósito con 10.
Jaramillo afirmó que la dirección moderna exige dedicar “el 30% del tiempo” a las personas. El directivo planteó escuchar, retroalimentar y comprender el momento vital de cada colaborador. Definió el coaching como la mayéutica socrática que ayuda a “parir ideas” con preguntas.
Diferenció la mentoría como enseñanza por ejemplo y trayectoria. Relató un caso de transformación empresarial en el que el “coaching style” permitió pasar de operaciones a tecnología y mostró resultados. “Esto no se hace para ser buena gente; se hace para que funcione”, señaló.
El invitado describió cambios en las motivaciones. Observó jóvenes con varios empleos en pocos años. El fenómeno no siempre refleja inestabilidad; puede expresar búsqueda de aprendizaje y entornos atractivos. “Yo necesito que se queden, que se formen y que me den ideas”, dijo.
El directivo recomendó alinear el propósito personal con el propósito de la organización para lograr compromiso. Rechazó los clichés generacionales y pidió mirar necesidades vivenciales concretas: tiempo, vida personal, experiencias de impacto y labor social.
Jaramillo recordó que la gestión empresarial pasó de objetivos y procesos a competencias y, ahora, a personas en contexto. Subrayó que la cercanía es operativa: saludar, conocer la realidad del equipo y tomar decisiones con información humana. Reconoció que la inteligencia, la formación y la experiencia pueden chocar con contingencias emocionales, por lo que el liderazgo requiere criterio y humanidad.
El académico propuso un mapa práctico: diagnosticar la competencia a desarrollar; decidir si la intervención será formativa, experiencial o personal; sostener procesos de coaching y mentoría; y medir resultados.
“Si tengo talentos formados con propósito, me resuelven todo”, dijo. El concepto, sostuvo, sirve en la empresa y también en el hogar, la paternidad y la vida cotidiana.
La conversación fue conducida por Jorge Imbaquingo en los estudios de EL COMERCIO. La Pizarra se reafirma como un espacio donde las ideas se ponen en acción y se someten a prueba con preguntas, ejercicios y casos prácticos.
