
La actriz Juana Guarderas reflexiona sobre tres décadas en el teatro ecuatoriano y el papel del humor como herramienta de conexión con el público y o¿para perder la vergüenza para la comedia, como un acto liberador. Reconocida por el fenómeno de ‘La Maruja se ha muerto con Leucemia’, o ya en la memoria popular: Las Marujas, comparte su visión sobre la cercanía con la audiencia, la importancia de perder el miedo al ridículo y su compromiso por mantener vivo un arte que incomoda al poder.
Guarderas sostiene que el clown le enseñó a reírse de sí misma y a quitarle peso a las cosas. “Perder la vergüenza y el miedo al ridículo es una terapia para la vida”, afirma. Para ella, el humor iguala a todos y funciona como una licencia para decir lo que otros callan, una cualidad que, asegura, “a los políticos les incomoda”.
En su experiencia, perder la vergüenza no es solo un recurso escénico, sino una habilidad útil para la vida cotidiana. “Nos tomamos demasiado en serio y eso hace más pesada la existencia. El humor desarma y crea puentes”, reflexiona.
Durante 30 años, Las Marujas sumó más de 3 000 funciones. Guarderas recuerda que nunca fue aburrido repetir el espectáculo, porque “cada función es distinta; cada público es un toro que hay que torear”. La conexión inmediata con los espectadores y la posibilidad de improvisar hicieron que la obra se mantuviera vigente por décadas.
Ahora, protagoniza La Casa, comedia negra escrita y dirigida por Salomé Velasco, que narra la historia de cuatro generaciones de mujeres —bisabuela, abuela, madre e hija— atravesadas por secretos y mitos familiares. La puesta en escena se caracteriza por una escenografía de dos pisos que funciona como un personaje más.
La actriz evita la exposición farandulera y cultiva un vínculo basado en el afecto y la proximidad. “Aprendí a almacenar el cariño del público como una fuente de amor”, aunque en mucho es por sus personajes de humor, señala Juana Guarderas. Ese contacto, asegura, es una de las razones por las que sigue en escena con la misma pasión.
Recuerda incluso funciones difíciles, como aquella en la que un grupo de adolescentes no prestó atención a Las Marujas. “Al final, les dimos un sermón que sus profesores no podían darles”, dice entre risas.
Guarderas cree que el teatro, el clown y el humor ofrecen algo más que entretenimiento: brindan una forma de ver el mundo. “En escena puedo decir lo que pienso, incomodar y provocar reflexión. Esa es mi libertad”, afirma. Y esa libertad, asegura, nace de la misma idea que ha guiado su carrera: nunca tener miedo al ridículo.