26 de marzo de 2019 00:00

Una tradición autóctona sigue en el pueblo manabita

Los delegados de los pueblos reciben una banda que se coloca frente a la comunidad. Foto: Cortesía Ernesto Pin.

Los delegados de los pueblos reciben una banda que se coloca frente a la comunidad. Foto: Cortesía Ernesto Pin.

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Bolívar Velasco
Redactor
(F - Contenido Intercultural)

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La celebración de San Pedro y San Pablo, en el pueblo montuvio manabita, inspira por años una serie de significados y tradiciones entre propias e introducidas de otras culturas.

Una de esas es la imposición de bandas con las que se establece al representante de dos bandos que marcaban diferencias raciales y étnicas.
Se trata de los presidentes de los negros y blancos, que para los manabitas no necesariamente significa una diferenciación racial, sino un símbolo de unión e integración.

El líder se elige cada año previo a las fiestas de San Pedro y San Pablo, los santos en los que los montuvios y cholos de Manabí depositan su fe.
Según Santiago Pin, seguidor e investigador de esta tradición, todo se remonta a un régimen simbólico de representación civil traído por las primeras generaciones que se asentaron en Manabí.

Pin habla de los habitantes de Barbacoas que llegaron con ese modelo de régimen y que aún se practica, aunque con matices distintos.

Por ejemplo señala que en la parroquia Picoazá, donde todos los años se sigue esta costumbre, se elige a representantes de hombres y mujeres. En otro tiempo solo se designaban a hombres.

El año pasado, la representación de los negros recayó en José Rivas y María Isabel Chila, mientras que por el lado de los blancos fue Ramón Chilán y Josefa Vera.

Su elección sigue un libreto que mezcla la religión y lo pagano. En una misa en honor a San Pedro y San Pablo, los delegados reciben la bendición de un sacerdote y pide que no dejen pasar por alto las buenas acciones a favor de su pueblo.

Luego, en un acto público frente a la iglesia, reciben las bandas que los consagran como los nuevos representantes de sus delegaciones. Santiago Pin explica que estas figuras se constituyen como los priostes de una variedad de actos que alcanzan su punto más alto en junio de cada año.

En Picoazá, donde se concentran los festejos, se activan bandas de pueblo y se queman castillos con fuegos pirotécnicos.

Ese mes es sinónimo de integración y el momento propicio para zanjar diferencias, cuenta Ramón Chilán, del pueblo de los blancos. Una de las formas de hacerlo es a través del intercambio de presentes.

El año pasado, dos familias vecinas volvieron a estrechar lazos de amistad en una degustación de dulces manabitas que habían preparado para la ocasión. Hicieron alfajores y además los sirvieron a los invitados especiales que presenciaron la reconciliación.

La imposición de bandas de este año se organizará desde mediados de mayo.  Un comité organizador evaluará los nombres de los postulantes que son escogidos con base en su activismo a favor de la comunidad.

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