3 de diciembre de 2020 14:03

Proyecto Violeta vincula a mujeres sobrevivientes de violencia y canes en situación de riesgo

Paola y Oso durante un entrenamiento que se enfoca en su seguridad y el bienestar de su can. El objetivo es desarrollar una terapia asistida con el perro para ella, una sobreviviente de violencia. Foto: Cortesía Fundación Arnuv

Paola y Oso durante un entrenamiento que se enfoca en su seguridad y el bienestar de su can. El objetivo es desarrollar una terapia asistida con el perro para ella, una sobreviviente de violencia. Foto: Cortesía Fundación Arnuv

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Karol Noroña

No son las heridas las que definen a Paola. Es su impulso por sanar, su mirada al futuro y su fortaleza para quebrar los silencios. Ella, una joven de 27 años, decidió levantar su voz y contar el abuso sexual que sufrió por parte de un hombre, que dijo ser su amigo, y que la violentó en el 2017.

Lo hizo en agosto de este 2020, en medio de una pandemia que ha evidenciado de forma dramática la ausencia de acciones para prevenir la violencia contra las mujeres: 101 vidas han sido arrebatadas de enero al 16 noviembre de este año, según el registro de la Alianza para el Monitoreo y Mapeo de Feminicidios. Pero la brutalidad no para; organizaciones sociales visibilizan 106 femicidios hasta el 1 diciembre.

Paola es una sobreviviente. Mientras habla -a través de la pantalla- toma fuerzas para continuar su relato. Entonces, su nuevo compañero irrumpe en la conversación. Ella lo abraza; él, en cambio, se instala en sus brazos.

“Él es Oso”, dice ella, mientras presenta a su perro, el mejor amigo que adoptó en septiembre y que hoy la acompaña en su camino de recuperación. Pero su encuentro no fue una coincidencia; sus historias se unieron para sanarse mutuamente. Paola y Oso son parte de Proyecto Violeta, una iniciativa ideada por la Fundación Arnuv (Acción Rápida NO Violencia) que ofrece una terapia asistida con canes para mujeres sobrevivientes de violencia.

Proyecto Violeta, además, tiene una doble causa: no solo construye una herramienta de seguridad para las mujeres que están superando y rompiendo los círculos de violencia, sino que su principal mecanismo es la adopción de un perro que puede estar en situación de calle, refugio o albergue. Lo cuenta María Fernanda Sandoval, coordinadora de la iniciativa, que arrancó su funcionamiento cuando la emergencia sanitaria se inició en el Ecuador, en marzo último.

Fueron meses complejos, porque el confinamiento no solo significó la restricción de movilidad, sino que encerró a las víctimas con sus agresores durante las 24 horas, los siete días de la semana. Entonces, los canales de conexión con la Fundación Arnuv, dice Sandoval, fueron las redes sociales o se establecieron a través del equipo de psicología que labora en la organización. Así fue como Paola pudo acceder a Proyecto Violeta.

Después de hacer público su caso en redes sociales, la joven recuerda que “estaba saturada de mensajes y de personas que querían apoyarme, incluso de otras víctimas de mi agresor que me contaron lo que tuvieron que sufrir. Yo no sabía bien qué hacer”. Entre esos textos que recibía a diario, Paola leyó uno especial, el de una amiga que fue su compañera durante su época colegial.

“Me comentó que estaba trabajando en Arnuv. Cuando me contó de la iniciativa me gustó mucho. Lo pensé bastante porque yo sentía que no podía hacerme cargo de mí misma, pero ellos te ayudan y hay un seguimiento continuo para saber si el perro está bien. Entonces, decidí hacerlo”.

Sandoval explica que el proceso es personalizado y acompañado por un equipo de profesionales que entrenan al can para que su presencia disuada a un agresor, además de una evaluación psicológica para determinar si la sobreviviente puede hacerse cargo del perro.

Alberto Núñez, director de la Fundación y especialista en Dirección en Seguridad Integral, es quien se encarga del entrenamiento de los perros y marca un principio claro para comprender el objetivo de la terapia: “Nosotros no adiestramos a perros para que sean agresivos. No muerden, no atacan, sino que se convierten en un elemento de disuasión que permite mantener una distancia segura entre agresor y víctima. Así, la usuaria puede buscar ayuda, ponerse a salvo y huir”, afirma.

Oso es un perro activo, cariñoso y su instinto de protección crece. Él fue adoptado por Paola en septiembre de este 2020. Foto: Cortesía Fundación Arnuv

Oso es un perro activo, cariñoso y su instinto de protección crece. Él fue adoptado por Paola en septiembre de este 2020. Foto: Cortesía Fundación Arnuv


Los perros que cumplen este rol, en cambio, son bastante sociables, pero firmes y protectores. Y esta iniciativa precisamente nace de la falta de seguridad que viven las mujeres a diario, aún cuando logran alertar a instituciones de auxilio. Núñez lo dice desde su propia experiencia, pues laboró en el Servicio de Urgencias Médicas de Madrid (112) y en la Dirección Nacional de Operaciones del Servicio Integrado de Seguridad ECU 911. Esa entidad recibe un promedio de 318 alertas diarias de violencia machista, según datos actualizados de enero a noviembre de este 2020.

El conflicto, sin embargo, es el tiempo de respuesta para atender a las víctimas. “Entidades como la Cruz Roja o la Policía Nacional pueden superar hasta 45 minutos cuando se trata de un ataque violento y durante ese período pueden agredirte, asesinarte e incluso huir”, señala Núñez.

El entrenamiento, además, contempla un período de recuperación del can que, debido a su vida en las calles o el abandono de su dueño, puede presentar estrés postraumático, desnutrición y copropagia, es decir, cuando el perro come sus propias heces o las de otro. El objetivo es darle una nueva oportunidad de vida.

Luego del adiestramiento, el perro está listo para llegar a un nuevo hogar e incorporarse a la vida de una sobreviviente para brindar una sensación de seguridad, un apoyo psicológico y compañía, ayuda a reducir el estrés, fortalece el autoestima de la mujer e incrementa la protección frente al agresor.

El camino de recuperación de una sobreviviente es largo y es un proceso personal; se desarrolla paso a paso hasta restablecer el poder sobre su vida. “Nosotros estamos avalados por el Departamento de Psicología de la Universidad de Israel. Los especialistas nos han explicado que puede extenderse entre dos y tres años. Nuestra terapia con perros puede lograr que ese tiempo se acorte, incluso hasta seis meses”, dice Núñez.

Han sido días duros para Paola, pero siente que ya ha escogido un rumbo positivo. Ella dice que no elegió a Oso, sino que fue una suerte de destino el compartir sus jornadas con ese perro mestizo color café, activo y cariñoso. “Él es mi ángel. He tenido miedo, me he sentido mal, sí, pero él me ha despertado un lado protector y materno. Él es mi familia y hoy puedo conversar contigo también porque me ha hecho bien, antes no podría haberlo hecho”, cuenta, la voz firme.

Ella tampoco se arrepiente de haber contado lo que sucedió públicamente. Esa fue su forma de liberarse y de “hacer justicia con mi propia voz y de alertar a las personas. No lo hice para dañar, sino para advertirles. Yo no soy quien debe sentir ninguna culpa, sino él”. Paola intentó interponer una denuncia penal contra su agresor, pero cuando llegó a Fiscalía, ella recuerda que le preguntaron: “¿Cómo estaba vestida? En ese momento supe que no me iban a ayudar. Sus preguntas eran machistas que nos revictimizaban”, relata.

Paola convirtió sus heridas en fortaleza y hoy busca apoyar a otras sobrevivientes de violencia y a las disidencias sexuales que son vulneradas en Ecuador. “Las causas sociales me llenan y trabajar con perros aún más. La idea no es que yo sea una víctima, sino superarlo y ser autosuficiente. En sí, lo que quiero ahora es poder ayudar”, afirma.

En un año donde la violencia contra la mujer se ha recrudecido, Paola envía un mensaje a aquellas que intentar romper el silencio. “Siempre van a sentir que todo va a estar en su contra. No solo la sociedad, sino también puede ser su familia, sus amigos. Pero la única forma de salir de esto es hablarlo, no sentir culpa. Siempre, siempre con la cabeza en alto, sabiendo que muchos nos van a culpar. Si no tienen ayuda en casa, pueden contar con varias organizaciones como Arnuv”, dice.


‘Estamos aquí, pero hace falta presupuesto por parte del Estado’


La asignación de presupuesto para la ejecución de la Ley de Erradicación de Violencia contra la Mujer es un pedido constante por el que las organizaciones feministas han levantado su voz durante este 2020, después de que el Gobierno redujera en un 84% el monto destinado para su aplicación a finales del 2019. En diciembre de ese año, el Ministerio de Finanzas anunció que el presupuesto pasaba de USD 5,4 millones a USD 876 862.

La fiscal General del Estado, Diana Salazar, incluso envió una carta al Ejecutivo el 12 de noviembre último, en la víspera del 25 de noviembre, cuando el mundo conmemora el Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer, en la que planteó cinco medidas concretas que el Estado debe ejecutar. Entre las principales se solicitó que se asigne el presupuesto necesario para que la Ley se aplique en el país, además del diseño de políticas públicas integrales en materia de prevención, atención, sanción y reparación de la violencia de género.

Fundación Arnuv se une al pedido de Salazar. “Es un poco triste. Hemos intentado contactar a la Fiscal o, en su momento, a la exministra Romo. Pero no tuvimos respuesta. Estamos aquí, pero hace falta presupuesto por parte del Estado. Probablemente no seamos la solución, pero sí ofrecemos una herramienta para que las sobrevivientes afronten su futuro con seguridad. Queremos que las autoridades sepan que estamos intentando ayudar en dos problemáticas graves: la violencia machista y el abandono masivo de canes”, indica Núñez.

El corazón de la iniciativa, enfatizan sus impulsores, es tomar acción, hacer algo para frenar esta violencia que ha sido bautizada por ONU Mujeres como una 'pandemia en la sombra'.

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