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Testimonio de Martín Mora: ‘Una alta capacidad es además una necesidad educativa’

En Ambato, Martín vive con su madre, María de Lourdes. Tiene una buena relación con su padre. Foto: Modesto Moreta / EL COMERCIO

Martín Sebastián Mora Erazo tiene casi 22 años. Su cociente intelectual es 162, que corresponde al percentil 99,999 o superdotación intelectual profunda, según el autor. Eso dice su más reciente evaluación, en el 2020, realizada con la Escala de Inteligencia Wechsler para Adultos (WAIS). Por ello es miembro de Mensa International, The High IQ Society

‘Mis amigos me dicen que no saben cómo hago para seguir tres carreras universitarias a la vez (Medicina en la PUCE, Psicología en la UTPL y Leyes en la Central), si ellos no avanzan ni con una. Pero yo me he organizado; a finales de este mes empezaré la cuarta y también estudio alemán; hablo inglés, francés, italiano, chino mandarín y latín; algo de portugués y ruso.

Ellos saben que tengo altas capacidades, desde cuando éramos compañeros en el Colegio Atenas, en Ambato. No podía desaparecer de la noche a la mañana, sabían que me gradué dos años antes que ellos.

El Ministerio de Educación permitió la aceleración, así después de pasar el primero de bachillerato, rendí los exámenes de segundo y tercero y me incorporé en julio del 2016. Debían permitirlo antes, pero por la burocracia y cambios en la legislación educativa, todo se postergó.

Cuando me gradué tenía 16 años, nací el 9 de septiembre de 1999. Mi mamá, María de Lourdes, recibió un llamado de los profesores del preescolar. A los 4 me aburría y le recomendaron que me sometiera a una evaluación psicopedagógica. Poco se hacía por la superdotación y los psicólogos le recomendaron que me incluyera en diferentes actividades.

Siempre fui el más pequeño en natación, tenis, equitación, andinismo, origami, ajedrez, pintura, robótica… Y en el conservatorio, en donde aprendí a tocar violín, un poco de guitarra y piano. Soy scout. Tengo un emprendimiento, Punto Caramelo, desde los 14; es de pastelería de vanguardia y cocina molecular.

No he vivido dificultades para hacer amigos; los he hecho en cada actividad. Pero particularmente me he sentido cómodo hablando con personas mayores. No me pongo mal cuando me dicen genio. Si se asocia a la genialidad con la creatividad, siento una responsabilidad de hacer cosas para el beneficio común.

Mi caso fue de los primeros de aceleración educativa. Y por eso considero que encaré un trámite engorroso. No había una normativa clara. La idea original fue que saltara varios años en el colegio, pero se fue postergando y recuerdo que de pronto me exigieron dejar el particular Atenas para pasar al fiscal Bolívar, en lo administrativo. En ese plantel me tomaron los exámenes.

Para la aceleración, es decir para saltar los años, tuve que amanecerme estudiando. Recuerdo que un lunes a las 14:00 le dijeron a mi mamá que me preparara para rendir a las 08:00, del martes, el examen de matemática, que me permitiría ser promovido de primero a segundo de bachillerato. Cada día de la semana me tomaron un examen. Y luego las demás pruebas para superar tercero.

Me tenían que entregar un temario para estudiar, pero no. En el Atenas pedí unos libros. Ahora que pienso en todo lo que viví, obviamente el sistema era antipedagógico.

Luego de los exámenes tuve que hacer en una semana la monografía. El ministro de Educación de entonces, Augusto Espinosa, me presentó disculpas. Dejó el cargo y su reemplazo, Freddy Peñafiel, emitió un instructivo para tratar los casos de aceleración por altas capacidades.

Tenía solo 16, así que me incliné por la vida religiosa. Dejé opciones de estudiar carreras universitarias en Portugal y otros países de Europa. Estuve en Italia, hasta que regresé al Ecuador para la Navidad del 2019. Vino la pandemia por la covid-19 y decidí quedarme y cambiar de planes.

Busqué información y me inscribí en Medicina en la Universidad Católica. La Ley de Educación Superior no menciona las altas capacidades. Hay un reglamento de régimen académico del CES, que habla de adaptaciones curriculares, para necesidades educativas asociadas o no a la discapacidad. Pero en la PUCE, desde el 2019, hay un instructivo para estos casos. Me reuní con bienestar estudiantil, el subdecano, el secretario abogado y el coordinador de la carrera.

La opción fue pasar de primero a quinto semestre (son 10), ya que desde ese hay más prácticas. Finalmente viví la misma historia que en el colegio; pasó el tiempo, no me enviaron los sílabos para prepararme para los exámenes como acordamos. Luego me explicaron que el decano no estuvo de acuerdo. Decidieron que saltara el primero, pero para cuando rendí las pruebas, ya lo había pasado.

En todo caso, paso a tercer semestre de Medicina (quisiera ser cirujano cardiotorácico); y a cuarto de Psicología a distancia en la UTPL; curso el primero en Derecho, en la Central. Y a fines de este mes comenzaré Relaciones Internacionales en la Hemisferios. Todo se complementa con mi afán de ayudar y de sacar adelante legislación para chicos como yo.

Quisiera que se entienda que tener altas capacidades implica vivir con una necesidad educativa como la discapacidad. Requerimos adaptaciones curriculares o intervenciones (aceleraciones). Lo contrario causa frustración. Espero poder hacer un cambio, abrir el camino; necesitamos becas y más oportunidades”.

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