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Mujeres víctimas de violencia encontraron un hogar seguro en casas de acogida

Clases de danza reciben chicas, como parte de su terapia. También sus hijos. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

El maltrato psicológico, la violencia física y sexual o el sentir que pronto se sumarán a la lista de más de 900 mujeres víctimas de feminicidio en Ecuador (2014-2021), las llevó a buscar un nuevo hogar.

A las 07:00 ya se oyen las voces agudas de nueve niños en la Casa de la Mujer. También han sido afectados -directa o indirectamente- por la violencia de género. Se alistan junto a sus madres para el desayuno.

Claudia ocupa una de las habitaciones de la Casa de la Mujer con sus tres hijos. Sobre las camas de ellos hay peluches. Y a unos metros, en la cómoda, destaca el color y las sonrisas de una fotografía de los cuatro.

Los niños son el alma de la casa, ya que ellos motivan a sus madres a salir del círculo de la violencia, cuenta Carmen Elena Hermosa, coordinadora del sitio que se inauguró en enero del 2020 y es un proyecto del Patronato Municipal San José.

El 90% de mujeres que llegan al lugar tiene ese apoyo presencial de familiares y otras como Juliana (nombre protegido) anhelan reencontrarse con sus hijos pronto.

Luego del desayuno empiezan las actividades. Los pequeños reciben una clase de danza. Y sus madres planifican el programa por el Día del Niño.

En una de las oficinas, Violeta (nombre protegido) hace una trenza en el cabello de su hija de un año. La alista para que una funcionaria la lleve a ver al padre. Es parte del régimen cerrado de visitas que, en este caso, dictó la justicia.

Violeta, de 24 años, sufría violencia psicológica. El padre de su hija la controlaba y pasaba incomunicada. Un día, a escondidas, llamó a su mamá, que está en el extranjero, y pudo llegar a la casa de acogida.

Cerca de las 09:00, los niños se dirigen a un aula. Una educadora les ayuda con tareas enviadas en las escuelas en donde cada uno está registrado.

Pamela Chasig se mantiene en contacto con los maestros de los chicos, así que previamente imprime las tareas.

“Profe Pame, ¿tengo que pintar aquí?”, “profe Pame, necesito corrector por favor”, se escucha en el salón.

Cuatro niños se sientan alrededor de la mesa y otro, en un escritorio contiguo. Cada uno trabaja en actividades distintas. Ruth, por ejemplo, pinta fuentes naturales y artificiales de luz; mientras Liliana (nombres protegidos) copia un cuento. Tienen 8 y 7 años, respectivamente.

Mientras tanto, cuatro de ocho mujeres que habitan el lugar empiezan la bailoterapia. Las demás se encuentran en distintas actividades.

Génesis, quien también pide la reserva de su nombre real, cuida de su bebé de apenas 11 meses. Ella tiene 22 años. Ingresó a este espacio de acogimiento tras haber sufrido violencia física por parte del padre de su pequeño.

Lo vivió -recuerda- desde el embarazo y un día sintió que si seguía con su agresor, pronto este la mataría. Así que llamó al 911 y pidió ayuda.

Durante las tardes, Génesis se dedica a realizar tareas. Cursa el bachillerato acelerado, ya que no terminó el colegio.

Este apoyo también ofrecen las educadoras del centro. Además, una trabajadora social arma hojas de vida y las envía a posibles espacios laborales para las mujeres.

El tiempo durante el que pueden quedarse en la casa para el apoyo terapéutico, legal, educativo y personal es de seis meses, aunque se puede extender según cada caso, explica Hermosa, la coordinadora.

Anualmente, este centro recibe un presupuesto municipal aproximado de USD 360 000. Esta es una de las cuatro casas de acogida -de un total de nueve de la red nacional- que no cuenta con ningún convenio para tener apoyo estatal.

En otras casas de acogida, las mujeres víctimas de violencia se encargan de tareas para las que no hay presupuesto disponible. Pero, en la Casa de la Mujer, con las asignaciones recibidas pagan el ‘catering’, la seguridad y a las 12 funcionarias que brindan sus servicios.

Claudia está por terminar la universidad. Tiene excelentes calificaciones. Ha sufrido violencia sexual durante varios años, cuenta, por parte de un familiar cercano. Producto de ello tuvo a sus dos hijos, con quienes permanece en el sitio de acogimiento.

En casos como los de esta chica, de 23 años, se trabaja en lo emocional. La psicóloga de la casa, Abigail Rodríguez, explica que se usa metodología especializada en trauma para no revictimizar a las mujeres. “Si han vivido violencia pueden descargar todas esas experiencias sobre los niños”.

A las 11:00, las mujeres reciben una charla de educación financiera. Cuando les preguntan qué es el endeudamiento responsable, Juliana dice que consiste en pedir prestado dinero, siempre y cuando tenga una fuente de ingresos para pagar. Es parte de la construcción de su proyecto de vida.

Luego del almuerzo hay actividades recreativas para los niños y sus madres, que incluyen ver una película o jugar. Mantener la mente y el cuerpo siempre ocupados permite a las mujeres continuar con sus vidas, junto a sus hijos y lejos de la violencia.

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