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Los destellos de luz en la cumbre Biden-Putin

El presidente de EE.UU. Joe Biden, y de Rusia, Vladimir Putin, tuvieron su primera cumbre el miércoles pasado, en Ginebra. Foto: EFE

Las delegaciones de Estados Unidos y de Rusia llegaron a la cumbre de sus dos presidentes, Joe Biden y Vladimir Putin, con sus propias botellas de agua. No podría haber mayor gesto de desconfianza. En estos eventos, en donde la seguridad alcanza dimensiones extraordinarias y en un país neutral como Suiza, resulta difícil imaginar que hasta el agua pueda ser objeto de sospecha.

Si de gestos se trata, esta cumbre tuvo otro que indicaba los niveles de alta tensión entre Rusia y Estados Unidos. El que los presidentes hayan decidido dar separadamente su conferencia de prensa era otra señal de que nada se podía pasar por alto. En la Casa Blanca -contaban los medios estadounidenses- no querían dar lugar a ninguna suspicacia que pudiera haber a partir del lenguaje corporal de un presidente cuando el otro hablaba.

Pero la hubo. Para muchos, Biden había asentido cuando le preguntaron si confiaba en Putin. Pero la Casa Blanca inmediatamente mandó un comunicado: lo había hecho en medio de la confusión de múltiples preguntas de los periodistas.

Nunca las cumbres entre los líderes de Moscú y Washington fueron simples. Todos los presidentes de Estados Unidos han tenido una cita con los que fueron líderes de la Unión Soviética y luego de la Federación de Rusia.

Tal vez por necesidad mediática la calificaron como la más tensa luego de la crisis de los misiles, de 1962. Fue el mismo Putin el que reconoció que estos son los momentos más bajos en la relación entre ambos países. Biden incluso lo había calificado de “asesino”.

En declaraciones al diario argentino Clarín, Ivan Dienev, experto en seguridad internacional y relaciones con la OTAN y Rusia, dijo que es posible que “estemos volviendo al espíritu de los años 1985 y 1989 durante las cumbres Reagan-Gorbachov y George HW Bush-Gorbachov”.

Los contextos eran distintos y los escenarios aún más conflictivos. La cumbre de Reagan y Gorbachov, que también ocurrió en Ginebra, fue durante uno de los momentos críticos de la Guerra Fría. Ya no era Cuba el pretexto de las tensiones, sino la proliferación de armas nucleares.

Tanto el estadounidense, un acérrimo anticomunista, como el ruso, que hacía poco había asumido como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética y llevó al país a una mayor apertura y que devino en el fin del socialismo, buscaron la forma de reducir la carrera armamentística.

En ambos había “el conflicto de ese sentimiento de estar en el filo de la navaja (de la guerra), pero al mismo tiempo los obligó a comprometerse regularmente para limitar el potencial de la guerra nuclear”, dice Jussi Hanhimaki, profesor de Historia y Política Internacional en el Instituto Universitario de Estudios Internacionales y de Desarrollo de Ginebra y citado por Swissinfo.

Tal como ocurrió con Biden y Putin, entre Reagan y Gorbachov no hubo coincidencias, pero sabían que en el caso de una guerra nuclear no habría vencedores. Y así se llegó a crear equipos de alto nivel que, con el paso del tiempo, se logró la firma del INF, el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio.

El tema armamentístico ha sido uno de los más complejos en la relación de ambos países. De la cita Richard Nixon – Leonid Brezhnev, ya se firmó un primer tratado para limitarlas.

Para incrementar la tensión contemporánea, Estados Unidos se retiró del INF en el 2019. Fue una de las tantas salidas abruptas de los pactos internacionales durante la administración del republicano Donald Trump. Pero en la cumbre Biden-Putin, se llegó al punto común de seguir avanzando en las conversaciones para lograr “la estabilidad estratégica” y extender el pacto nuclear que se mantiene a cuenta gotas.

Era de esperarse que la cumbre del miércoles no tuviera resultados inmediatos. Duró casi tres horas, menos de lo que se esperaba, y dejó una declaración mayormente retórica. Pero lo que había que evaluar era la actitud de ambos mandatarios.

En Estados Unidos, al menos, se recordaba con cierto horror en encuentro de Trump con Putin en el 2018. Incluso para algunos republicanos, la actitud de Trump fue vergonzosa. Se negó a condenar la injerencia rusa en la política estadounidense. Y es que el ruso supo cómo había que manejar al magnate inmobiliario: llenarlo de elogios y halagos. Bastaba eso para ser su amigo y aliado.

Biden se encontró con Putin luego de haberse reunido con el G7 y la OTAN. De allí partió a Ginebra con su mejor carta de presentación en política internacional. “Convenció a sus aliados que Estados Unidos está de regreso y para bien; los unió en una causa común ante el crecimiento de China y estableció líneas rojas para Putin”, dice un análisis del influyente diario The New York Times.

La ciberseguridad y la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses, los derechos humanos y Ucrania fueron los temas más duros. Biden, según contó en la rueda de prensa, le dijo que si prosiguen los ciberataques o si muere en prisión el opositor ruso Alexéi Navalni, habrá “consecuencias”.

A Putin esto no le gustó para nada. Ante la prensa se defendió atacando. Decía que en EE.UU. también hay persecución política y se refirió a las detenciones de los que participaron en el asalto al Capitolio, el 6 de enero pasado. Y sostuvo que en realidad EE.UU. lidera la lista de los ciberataques. Por lo menos dijo que vio “destellos de luz” para mejorar las relaciones, aunque la confianza sea algo imposible de lograr.