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La tecnofatiga es un término relativamente nuevo que se deriva del teletrabajo y la teleeducación, principalmente a raíz de la pandemia. Anteriormente, los expertos hablaban del tecnoestrés en personas adultas y ahora es común en los niños y adolescentes.
Ante la situación mundial y para evitar la propagación del covid-19, se implementó la modalidad virtual para trabajadores y estudiantes. Así, las instituciones educativas se vieron obligadas a dar clases virtuales, lo cual ha afectado a los más pequeños.
La psicóloga educativa Patricia Aguirre indica que no es propiamente una enfermedad, pero que es una condición que afecta negativamente a cualquier persona a causa del uso excesivo de las tecnologías, sobre todo de las pantallas como la televisión, las computadoras, las tabletas y los celulares.
Como consecuencia pueden presentarse malestares físicos y mentales que desencadenan falta de energía o de motivación por estrés emocional. Además, pueden derivarse molestias psicosomáticas y físicas, como dolores de cabeza o musculares en cuello y espalda, entre otras zonas.
La experta ecuatoriana, que también es psicorrehabilitadora y educadora especial, advierte que al requerirse de mucho esfuerzo visual, puede haber dificultad en la memoria y bajar la capacidad de concentración. La tecnofatiga puede ocasionar migrañas y también afecta a la calidad del sueño.
Juliana -una niña de 7 años que tuvo dificultades para aprender a leer y a escribir en esta modalidad- se quejaba de continuos dolores de cabeza y de molestias en su visión, así que fue llevaba por sus padres al oftalmólogo, quien no le diagnosticó ninguna deficiencia. Luego de varios estudios médicos, los expertos lo atribuyeron a una fatiga o cansancio tecnológico.
Aunque en Ecuador se permitirán las clases híbridas desde el siguiente período escolar, es decir, presenciales y virtuales, muchos padres de familia están optando por enviarlos nuevamente a las aulas. Sin embargo, existen otros como Alejandra Ortiz que, por miedo a que su hija se contagie, continuará en el modo virtual.
Para estos casos, la psicopedagoga clínica Paola Rivera Torres recomienda tres aspectos importantes que previenen que los niños y adolescentes padezcan tecnofatiga. La primera tiene que ver con la planificación de tareas y horarios que eviten tiempo innecesario frente a las pantallas.
En segundo lugar está la higiene del sueño y en tercero, los buenos hábitos alimenticios. Menciona que es importante incluir en la dieta fuentes de Omega 3, 6 y 9, para equilibrar y fortalecer el sistema nervioso. Hace énfasis en ingerir grandes cantidades de agua y disminuir los energizantes como café, té y chocolate.
La experta chilena en el tema señala que “preguntarles constantemente cómo se sienten, cómo estuvo la clase y, sobre todo, en qué se les puede ayudar es el apoyo emocional para que generen empatía con el sistema actualmente hostil”.
Alejandro Orbea, un adolescente de 15 años, consultado sobre su experiencia y la de sus hermanas menores con los horarios de las últimas clases virtuales, cuenta que fueron aproximadamente seis horas diarias, al igual que en la modalidad presencial, aunque sí tienen descansos entre horas. Estos espacios sin pantallas deben enfocarse en actividades que permitan al cerebro descansar de la estimulación tecnológica.
Por su parte, Aguirre aconseja restringir el horario del uso de las pantallas mientras se está comiendo y antes de dormir, porque el cerebro se vuelve a activar y no genera un buen descanso reparador.
“Adoptar actividades distintas como el ejercicio físico para eliminar el estrés, dinámicas lúdicas, juegos de mesa y salir los fines de semana a espacios abiertos, como parques o a pasear a la mascota, contribuyen al bienestar de los niños”, añade la experta al respecto.
Recalca que es importante que los padres de familia estén atentos a los comportamientos de sus hijos, conozcan y controlen los horarios de exposición a la tecnología y que solventen sus dudas. Cuando las actitudes de los niños afectan a la dinámica familiar, se debe consultar a un especialista.
