22 de abril de 2017 00:00

Ríos, cascadas, aves y tradición en Santa Ana

Santa Ana de la parroquia Madre Tierra, del cantón Mera, esconde un sinnúmero de paisajes, cascadas, flora y fauna en su parque botánico de 360 hectáreas. Fotos: Raúl Díaz, para EL COMERCIO

Santa Ana de la parroquia Madre Tierra, del cantón Mera, esconde un sinnúmero de paisajes, cascadas, flora y fauna en su parque botánico de 360 hectáreas. Fotos: Raúl Díaz, para EL COMERCIO

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Modesto Moreta
Coordinador
mmoreta@elcomercio.com
(F-Contenido Intercultural)

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Al mediodía, en Puerto Santa Ana, algunos lugareños se aprestan a cruzar el torrentoso río Pastaza en una tarabita que cuelga de un cable de acero de más de 350 metros de longitud y 15 metros de altura.

Desde este sitio privilegiado se observa al afluente que baña la selva amazónica. Un paisaje iluminado por el sol brilla en
el horizonte.

La canasta de metal halada por un motor es el principal sistema de comunicación entre las provincias de Pastaza y Morona Santiago. Los vecinos del cantón Palora cruzan a este poblado porque es el camino más corto para sacar a los mercados de Puyo sus productos, como yuca, verde o fréjol.

Zoila Quito, turista de Ambato, se alista a disparar la cerbatana.

Zoila Quito, turista de Ambato, se alista a disparar la cerbatana.

Y, precisamente, Santa Ana de la parroquia Madre Tierra, del cantón Mera, se levanta en las riberas del río. En su extenso territorio esconde un sinnúmero de paisajes, cascadas, flora y fauna en su parque botánico de 360 hectáreas.

Los nativos la conocen como el santuario para el avistamiento de loros, monos y otras especies de animales. Además, en el lugar se pueden encontrar más de 60 plantas medicinales que los nativos shuar y kichwas, que viven en el sector, utilizan en sus rituales.

Esta riqueza natural y cultural unió a las comunidades Yacu Runa (Hombre del Agua), Sinchi Warmi (Mujeres Fuertes), Bosque Protector y Yawa Jee para desarrollar un proyecto de turismo comunitario que ofrece bailes tradicionales.

David Moya y Byron Noteno, guías nativos del sector, ofertan el turismo de convivencia y aventura. Ellos conducen a las turistas Magdalena Moreno y Zoila Quito por los estrechos senderos de esta reserva. Les explican las bondades de las plantas medicinales y sus usos. “Nuestros abuelos nos enseñaron que la selva es nuestro Dios y es nuestro patrimonio, por eso la cuidamos”.

David Moya, nativo shuar, guía a los turistas por las zonas.

David Moya, nativo shuar, guía a los turistas por las zonas.

Tras 20 minutos se arriba a la cascada del churo o Churu Yaku. Este lugar es propicio para un rápido chapuzón o solo refrescarse en su agua cristalina que corre río abajo.

Ya de retorno está la casa de Moya, edificada con madera y techo de paja toquilla. Allí funciona un centro artesanal donde ofrecen collares, brazaletes, aretes y anillos elaborados con semillas secas por las mujeres del pueblo. También, objetos de barro decorados con dibujos elaborados con tinturas naturales.

María Santi, vecina de la comunidad, una de las matronas del asentamiento kichwa, honra a Moreno y a Quito dándoles mates llenos con chicha de chonta. La bebida fermentada refresca y alimenta a los visitantes a 28 grados centígrados de temperatura.

En el centro del pueblo hay dos cabañas para el hospedaje de 45 turistas. Un tour para recorrer las cuatro comunas cuesta USD 35, que incluye alojamiento, alimentación y caminatas por la selva.

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