3 de mayo de 2020 00:05

El traje los blinda, no los vuelve héroes

Una médica chequea a un paciente en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Sotiria, en Atenas, Grecia. Lleva un equipo de protección personal. Foto: Giorgos Moutafis / Reuters

Una médica chequea a un paciente en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Sotiria, en Atenas, Grecia. Lleva un equipo de protección personal. Foto: Giorgos Moutafis / Reuters

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Mariela Rosero
Editora (I)
mrosero@elcomercio.com

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Luego de 18 días de convalecencia, Manuel Jibaja regresó al Hospital Eugenio Espejo, el jueves. La decisión del Jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos no agradó a su esposa e hijos, les parece que se somete a un riesgo innecesario. Él dice que técnicamente ya es un paciente inmunizado frente al covid-19.

El virus -que en el país ya bordea los 30 000 contagiados, registrados desde el 29 de febrero- es visto como un enemigo aún desconocido por el personal sanitario.

En Ecuador, como en el mundo, médicos, enfermeras y más trabajadores de este sector han pasado de una orilla a otra: de estar a cargo de la atención a necesitar cuidados, como otros pacientes.

Hasta el viernes se registraron 2 782 contagiados entre servidores de salud; el 61%, médicos. Y 21 fallecidos, aunque extraoficialmente se habla de varias decenas más.

En estos meses, muchos los llaman héroes. Pero sus dirigentes gremiales no aceptan ese calificativo porque, como el resto, no están libres de infectarse. Corren más riesgos al estar ‘en la primera línea de batalla’ y por eso exigen insumos de protección.

En tiempos de covid-19, el tan mentado ‘juramento hipocrático’, esa suerte de principios que guían el accionar de cada médico en su ejercicio profesional, se pone en debate. ¿Gana el miedo o la convicción de salvar vidas?

Autoridades nacionales han dicho en voz baja que encaran la deserción de varios médicos. Además de las bajas, por contagios.

En titulares de medios internacionales se informa sobre suicidios de doctores y de enfermeras. Están desbordados. Y también son seres humanos, temen contagiarse y llevar el SARS-CoV-2 a sus hogares. Algunos han dejado sus viviendas y permanecen en hoteles, otros se han sentido portadores de una peste por la que vecinos y caseros les han pedido irse lejos.

Manuel Jibaja
, intensivista con 31 años de experiencia de sus 59 de edad, cree que más que nunca aplica la actualización al juramento hipocrático hecha el 2017, por la Asociación Médica Mundial.

En ella se recuerda que los médicos deben cuidar de su propia salud, su bienestar y capacidades para prestar atención al más alto nivel.

En otros países -apunta Jibaja- para asegurarse de que los ‘generales’ de esta batalla contra el covid-19 no resulten enfermos, se hace que los menos experimentados ingresen a cuidados intensivos. Mientras reciben instrucciones vía telemática.

El ejercicio de nuestra profesión no es un acto de heroísmo”, subraya Édgar Samaniego R., médico, investigador, ensayista y exrector de la Universidad Central.

Pero -anota- los galenos son sujetos que maduran una sensibilidad hacia el ser humano de modo exponencial, en la práctica diaria. Por lo que si bien el juramento hipocrático ha sido reemplazado por otros compromisos, repetidos por los muchachos al incorporarse como médicos, algo subsiste: una declaración de fe, que se resume en defender la vida.

Para su hijo, el neurólogo Édgar Samaniego P. hijo, los médicos se forman para tratar a los enfermos. Y en condiciones difíciles, como las del covid-19, tienen la misión de evitar contagiarse.

“Y si nos infectamos, como dijo Camus en ‘La Peste’, el sufrimiento es aleatorio y no tiene sentido, es un absurdo y es lo más cándido que podemos decir del sufrimiento. No somos héroes, somos humanos, que debemos evitar cometer errores. Pero sí nos forman con la idea de que tenemos ese poder de sanar”.

La reflexión la comparte desde el Hospital de la Universidad de Iowa, Estados Unidos, en donde trabaja. Envía una foto con un comentario: “Sí, debemos vestirnos como astronautas”. Lleva una especie de casco, con un protector transparente que le cubre el rostro. Debajo trae mascarilla y gorro.

Esa premisa de defender la vida se siente en Ecuador y en otros lugares del planeta, en donde se ven historias como las de Giampiero Giron. El anestesista, de 85 años, dejó la tranquilidad de la jubilación y volvió a los quirófanos. Su propósito es ayudar a sus colegas en la Italia, golpeada por la pandemia. No son superhéroes, usan trajes especiales para protegerse, y vencen al miedo cada día.

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