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Novela de Gonzalo Ortiz Crespo hurga la corrupción

Gonzalo Ortiz Crespo es miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Foto: Archivo/El Comercio

‘Pecunia non olet’ (la plata no huele), la tercera novela de Gonzalo Ortiz Crespo, publicada por la editorial Plaza Grande, es un thriller policial imperdible. La protagonista de la historia es Bernarda Araya, una mujer treintañera que se involucra en el mundo de la corrupción tras entrar al Gobierno. 

Araya es la persona que facilita las ganancias indebidas de otros, pero en medio de esa empresa ella también decide llevarse su parte. Su vida cambia el día en que empieza a recibir amenazas. Aconsejada por su abuela contrata a un investigador privado, que intenta protegerla y averiguar de dónde vienen las intimidaciones.

El autor cuenta que este thriller es un relato policial y, a la vez, una pintura descarnada de un período “miserable y repugnante de la historia de un país”. Añade que en vez de hacer un tratado sociológico, y movido por el deseo de que el lector viva una aventura y sienta intriga y una variedad de emociones, decidió escribir una novela policial. 

“Lo que propongo -dice- es un viaje por una historia policial, con una trama de ficción, pero donde la ficción no es total, porque hay hechos verdaderos y aún más asombrosos que los novelados. En que caben hechos ficticios que la historia no puede respaldar ni negar”. 

La frase del título ‘Pecunia non olet’ está en latín y significa ‘el dinero no huele’ y es usado para identificar que “la plata es plata” y para mostrar que para los “cínicos y corruptos no importa cómo se la obtiene”. 

El origen de la frase se remonta a la Roma del siglo I. El emperador Vespasiano, que sucedió a Nerón al frente del imperio, se encontró con las arcas vacías. Se le ocurrió que una manera de recaudar más dinero era gravar con un impuesto el uso de la orina. Los romanos solían emplear mingitorios públicos y la orina allí reunida servía a los artesanos para curtir el cuero o blanquear las telas.

Tito, hijo de Vespasiano y futuro emperador, le reclamó a su padre por tan indigna ocurrencia. Vespasiano acercó a la nariz de su hijo una de las monedas recaudadas y le preguntó si le desagradaba su olor. Tito tuvo que reconocer que a pesar de su vil origen. La moneda no olía a nada

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