

La sociedad humana evoluciona vertiginosamente, gracias al paraguas de las ciencias y las ciencias aplicadas, conocidas como tecnologías. Los aparatos que utilizamos -celulares, computadoras, televisiones, videojuegos– son engendros tecnológicos, que funcionan a base de algoritmos y aplicaciones que ya no nos deslumbran.
La democratización del uso de tecnologías ha sido positiva, por su fácil acceso y precios al alcance de la mayoría. Estos objetos tienen una vida útil relativamente corta, mientras otrora, en el siglo XX, eran producidos para durar. En otros términos, la era del descarte dinamizó la economía, pero también la basura tecnológica que ascendió a niveles nunca antes vistos. ¡Todo es ahora desechable!
Esta reflexión es pertinente porque la ley del descarte alude también a los seres humanos que utilizamos estos adminículos. Son los valores que entran en juego, a través de los comportamientos inducidos por la publicidad y al manejo -léase manipulación- de actitudes que podrían afectar nuestras sensibilidades.
Hace poco apareció una noticia preocupante: cientos de toneladas de desperdicios orgánicos se arrojan a la basura todos los días, cuando, por falta de una cultura ciudadana, no se organiza la basura hogareña y se la traslada sin criterio a los centros de acopio. ¿Qué hacer con la comida que, a veces, nos sobra?
Un tema relacionado tiene que ver con las fundas plásticas y las botellas de agua y gaseosas. Si bien hay proyectos en la línea del reciclaje, el problema de la contaminación con plásticos y micro plásticos constituye un asunto de salud pública. Y también equipos electrónicos en desuso, tabletas, celulares, chips y condensadores obsoletos que no tienen destino seguro.
El descarte es, pues, generalizado. Lo desechable es ahora la norma y no la excepción. Si tomáramos consciencia de este problema, sus causas y peligros, se podrían construir, poco a poco, ciudades cuidadoras y saludables.